Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada

miércoles, 30 de enero de 2013

Propuestas de palabras neutras


 
Propuestas de palabras neutras

-Otro enfoque sobre el género de las palabras-


Yo, sinceramente, sigo pensando que me parece más justo, racional y práctico utilizar una misma palabra para designar a la persona que ejerce una profesión, pues, la profesión en sí, me parece a mí que es la misma tanto si la practica un hombre como si la practica una mujer, aunque difiera en ciertos matices de estilo.

Ahora bien, es cierto, como comentaba en un post anterior, que por lo general los femeninos se “forman” a partir del masculino, lo cual me hace pensar que esto es algo que habría que solucionar pues, no es de extrañar que las personas que abogan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, entre las cuales me incluyo, piensen que es una injusticia nombrar a una mujer como médico, abogado, juez, bombero, soldado, etc. Sin embargo yo, como ya vengo haciendo saber, no estoy de acuerdo con esa modalidad que se está dando actualmente de convertir el masculino de las profesiones en femenino, cambiando la terminación por a, simple y llanamente, creando así esa “cojera” gramatical que implica que queden por ahí pululando palabras como taxista, periodista o psiquiatra, que por el hecho de terminar en a, ya valen tanto para masculino como para femenino.

Pienso yo, en mi ideal de reforma de la gramática de la lengua española, que se impone entonces hallar un término que tanto sirva para el masculino como para el femenino, anulando o suprimiendo el que sería antiguo masculino, pero sin necesidad de crear femeninos chapuceros sobre la marcha y de esta manera no ofender a nadie y sí dejar regulado un sistema gramatical que se adapte a esa deseable igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Claro que soy consciente de que esto supondría cierta complicación hasta que los ciudadanos de a pie lográramos acostumbrarnos a la novedad, pero no me parece, sin embargo, que vaya a ser más complicado que lo de feminizar los masculinos. Si se establecen nuevas normas, procuremos que sean eficientes y puedan cumplir su cometido.

Me atrevo aquí a proponer algunas sugerencias, siendo consciente, por supuesto, de que no tengo conocimientos suficientes acerca de la etimología de las palabras, ni he estudiado filología ni estoy capacitada para tal fin, pero, bajo mi punto de vista, sí que puedo proponer y luego, los que realmente tengan autoridad en la materia, que dispongan, pero, por favor, eso sí, que los hombres se abstengan de imponer.

He pensado que tal vez podríamos probar con las terminaciones en l para los antiguos masculinos en o resultando por ejemplo, de abogado abocal, de médico medical, etc. El plural, que acogería a los dos sexos, sería les abocals, les medicals.

Para los antiguos masculinos terminados en ero, cuyo femenino resultaba en era, como cartero, cocinero, enfermero, peletero..., cuyos femeninos hasta hoy han sido cartera, cocinera, enfermera, peletera, podríamos tener ahora carter, cociner, enfermer, peleter. De donde resultaría la carter, el cociner, o en plural les enfermers.

Para los que terminaban en a y valían lo mismo para el masculino que para el femenino, siendo, a mi entender, palabras femeninas por excelencia pero empleadas de manera válida para expresar el masculino, podrían ahora sustituirse por ciertos neutros que resultarían de la siguiente manera: de taxista taxist, de artista artist, de periodista periodist, de economista economist, de oculista oculist...

Para las terminaciones en tra, como psiquiatra, pediatra, ególatra, propondría psiquiatrense, pediatrense, egolatrense. Plural: les psiquiatrenses, les pediatrenses, les egolatrenses. Claro que esto me recuerda a la ya existente castrense y me da un mal rollo... Me pregunto por qué esta palabra terminará en ense, como jijonense, complutense o cisterciense, palabras que opino que ya están actualizadas, pues, si la universidad es complutense y no complutensa, si el monje es cisterciense y no cistercienso y si los ciudadanos y las ciudadanas de Jijón son jijonenses y no jijonensos ni jijonensas, me parecen términos que ya llevan un gran camino adelantado. Lo que me sigue inquietando es lo de castrense..., ¿se llamará así para no confundirse con castrado o castrada?

Otras como sargento resultarían en sargent. El sargent, la sargent o les sargents. Igual para teniente, tenient. Para coronel, capitán o almirante ya lo iré pensando... Es que no entiendo mucho de graduaciones militares.

De alcalde y alcaldesa, sobre cuya problemática ya hablé en un post anterior, podría solucionarse usando el término común alcalder. El alcalder o la alcalder y les alcalders.

Ese término que tantas risas provocó, que tantos quebraderos de cabeza produjo o que tanta polémica suscitó, cuando Bibiana Aído, por primera vez en público, según parece, se atrevió a pronunciar como miembros y miembras, lo cual tiene su razón lógica de ser si está aceptado y aconsejado médica, abogada, jueza o bombera, vendría a tener su contrapartida en mi propuesta de neutralidad manifestando tal cualidad o desempeño en una palabra común que podría ser membrer, cuyo plural membrers (aunque suene un tanto anglosajón) acogería a los miembros y a las miembras de cualquier asociación o entidad española.

Y así sucesivamente deberían ir revisándose todas las palabras que hagan referencia a profesiones, actividades, cualidades y demás características que puedan ser aplicadas a hombres y mujeres de manera que ningún significado implique la idea de discriminación, inferioridad, desprecio, ridiculez ni nada por el estilo y que, por supuesto, no propicie la lucha de sexos. Como se suele decir coloquialmente: “ni pa ti ni pa mí”, lo que se pretende es que haya igualdad y que todes quedemos conformes.

En cuanto a pederasta, espero que no haya que reformar este término porque tal especie tienda a desaparecer.

V. E.

Psicópatas camaleónicos



Psicópatas camaleónicos


-Fauna humana-


Compruebo, no sin cierta reticencia a la credulidad, que abundan hoy día por Internet páginas, blogs, textos, comentarios, testimonios y toda clase de escritos de los que tienen cabida en estos espacios cibernéticos, a saber, todos lo que uno pueda imaginar, sobre psicópatas.

El psicópata hasta hace no muchos años era tenido por un criminal y de los peores, generalmente asesino, violador o ambas cosas a la vez. Un psicópata era un ser capaz de las mayores truculencias, de las mayores crueldades, realizadas en la persona de sus víctimas, un "ser humano" cruel, despiadado y sanguinario que solía hacer daño por placer; y es cierto, ese tipo de personas son psicópatas. Por suerte creo que no abundan mucho los psicópatas de esta especie, lo cual no quiere decir que no ocurran homicidios o incluso asesinatos a diario, amén de otros crímenes como las violaciones, los robos, las estafas, los secuestros, etc, que no necesariamente han de estar perpetrados por psicópatas.

Pero existen otro tipo de psicópatas, los integrados en la sociedad, aquellos individuos que caminan por la vida con una máscara puesta, aquellos que tienen buen cuidado en ocultar su verdadera naturaleza y se confunden y entremezclan en ambientes normales con gente normal sin que cualquiera pueda distinguir esta “anomalía” de su personalidad.

Afortunadamente parece que se habla cada vez más de ellos y digo afortunadamente porque no creo que sea porque estén proliferando sino porque están siendo descubiertos, están siendo desenmascarados. Cada vez se dan más las puestas en común de personas que alguna vez o de alguna manera han sido víctimas de un o una psicópata.

Me parece a mí que este tipo de personalidad lo ha habido siempre, en todas las épocas, en todas las culturas y en todas las sociedades, pero han estado tan bien camuflados, tan bien mimetizados con el entorno, tan perfectamente ocultos, que hasta ni sus propias víctimas han sido capaces de detectarlos o, en caso de haberlo hecho, no han podido siquiera testimoniarlo porque el psicópata se escudaba en falsos valores sociales como la autoridad, el prestigio, un cargo público relevante, una eminencia en alguna disciplina o rama del saber. En fin, igual que el escorpión encuentra una piedra donde poder esconderse, camuflarse y acechar a su víctima ideal y clavarle su aguijón por sorpresa, el psicópata se esconde, se camufla y observa el panorama para salir en el momento oportuno en el que, con total libertad e impunidad, puede lanzarse sobre su víctima y conseguir de ella lo que se proponga.

Decía al principio de mi post que observo este fenómeno no sin cierta incredulidad por mi parte y ello es debido a que, si bien es verdad que por un lado, hoy, gracias a la información, a los medios y a la predisposición de las personas a dar testimonio sin avergonzarnos de lo que nos acontece, tenemos muchas más posibilidades de conocer y por ello estar prevenidos contra este tipo de fenómenos sociales que llegan a ser importantes lacras, también creo que existe una postura bastante laxa que, sin ningún pudor, comedimiento o criterio más o menos objetivo, se dedica a encasillar a todo hijo de vecino, por alguna salida de tono en que lo hayan pillado in fraganti, en esta especie de subgénero humano que es la psicopatía. Creo que en esto como en muchas otras cosas, “por un perro que maté, mataperros me llamaron”.

Pero aquí a lo que vamos es a dejarnos caer sobre los auténticos psicópatas, esos psicópatas que llevan puesta su ropa de camuflaje y que son auténticos depredadores que, para colmo, haciendo el daño que hacen y por el gusto de hacerlo, permanecen impunes por varias razones, como la de que es difícil demostrar sus desmanes, o hacen un daño soterrado, más bien de carácter moral, sin que llegue a ser considerado delito, o cometen varias pequeñas estafas mediante engaño, de manera que en apariencia resultarían consentidas y además no queda constancia de haber estafado grandes sumas de dinero u otros bienes materiales cuyo valor alcance el carácter de delito.

Pero lo peor en todo caso no sería ese tipo de cosas, lo peor es el daño psicológico que logran causar a personas que precisamente han confiado en ellos y les han concedido bienes de un gran valor moral o espiritual creyendo que eran merecedores de ello cuando el resultado les ha hecho darse cuenta de que han sido estafadas moral, psíquica o emocionalmente por alguien sin escrúpulos que se ha burlado de sus sentimientos, de su buena predisposición y, para más inri, se ha aprovechado de la debilidad humana, en muchos casos no de una debilidad natural de la persona de la víctima sino de una debilidad temporal debida a las circunstancias concretas por las que atravesaba dicha persona, circunstancias que la hacían más vulnerable y susceptible de ser engañada, generalmente, habiendo tendido trampas, lanzado anzuelos o creado señuelos propios de verdaderos expertos cazadores humanos, sabiendo qué terreno pisar y en qué campos de acción pueden tener más posibilidades de éxito.

Su agudeza, sus dotes de observación, su inteligencia, son características que saben aprovechar al máximo, que manejan con gran destreza, de manera que son ases de la prestidigitación, magos capaces de hacernos ver lo que ellos quieren que veamos y han planeado tan jodidamente bien el escenario en el que van a actuar, que una llega y, parece todo tan natural, tan casual, tan inesperado y tan providencial, que, sin dudarlo cae en la trampa. Y pasará mucho, mucho tiempo hasta que esa pobre víctima se dé cuenta de que está atrapada, presa, indefensa, en una trampa mortal para su frágil psique, y cuando por fin lo descubra, estará tan debilitada que prácticamente le será imposible escapar.

Me considero una persona con suerte, después de todo, y estoy agradecida a esa información que decía que pulula por Internet, a las personas que, obviando su vergüenza, han denunciado y testimoniado sobre estos abusos de “psicópatas de andar por casa”, como yo les llamo, y de esa manera han alertado a otras personas que, como yo, estaban siendo víctimas de este tipo de depredadores humanos que, es cierto, por mucho que nos cueste creerlo, pero existir existen. Imagino que quizás puede tratarse de algo así como el tema de los extraterrestres, que uno tiene sus dudas, le parece algo más bien de ficción, en conclusión, si te preguntan, no crees que existan o, si acaso, te imaginas uno de esos encuentros en la tercera fase, te inclinas a verlo como algo espectacular, grandioso, llamativo, inmensurable. Pues no, mis queridos amigos y amigas, en este caso, los extraterrestres están entre nosotros y, aparentemente, no se diferencian en nada de los humanos. ¿Os acordáis de aquella serie de televisión?... (bueno, los que tenéis cierta edad no la habéis conocido). Me refiero a Los Invasores; en ella, una raza de alienígenas vivía en nuestro planeta Tierra y se confundía con los humanos ya que su apariencia era idéntica a la nuestra hasta que eran descubiertos. Pero, mientras tanto, solo se les podía distinguir por una pequeña marca diferenciadora, aunque había que ser observador y hacer caso de las pequeñas intuiciones para comprobar que realmente sus dedos meñiques los delataban.

Hay muchos estudios en la actualidad sobre la psicopatía, muchos testimonios, muchas clasificaciones, muchos compendios de su sintomatología, muchas advertencias y muchos consejos para cuando alguien se tropieza en su devenir con un espécimen de esta dañina raza, pero, si os fijáis en su “dedo meñique” seréis capaces de distinguirlos antes de que logren haceros daño.
A saber, este dedo meñique de los psicópatas es su facilidad para mentir y para manipular. Y ¿cómo distinguir esto antes de que sea demasiado tarde? Por supuesto hay que tener los ojos bien abiertos, no confiar en nadie en principio por muy buena apariencia que tenga. Creedme que este tipo de gente suele ser lobos con piel de cordero. Cuanto más pretendan mostraros sus bondades, creed menos en ellas. “Por sus frutos los conoceréis”, que no os valga lo que puedan deciros, que vaya siempre avalado por las actitudes y los hechos. Y, una vez que hayáis comprobado que alguien os miente, ya nunca volváis a confiar en esa persona.

Si vuestra intuición os indica que la persona a la que estáis conociendo tiene rasgos psicopáticos, huid de ella como de la peste; vuestra intuición no os engaña, no os preocupéis que no estáis dejando escapar ninguna joyita.

Es cierto que hay personas que tienen la costumbre de decir mentiras piadosas, es cierto también que hay otras que tienen tendencia a manipular a los demás, pero, si aprendéis a distinguir los motivos, las tendencias, los campos de acción, los fundamentos o el fondo de tales cuestiones, creo que sabréis distinguir al verdadero psicópata de una de estas personas que pueden cometer ciertos errores a causa de sus debilidades emocionales, su inmadurez, su inseguridad, etc. Pero pronto seréis capaces de distinguir a una de estas especies del auténtico psicópata. El psicópata miente siempre en su provecho, manipula siempre en su provecho, incluso a veces parece hacerlo por el simple y puro placer de reírse de ti aunque a ti te parezca que lo que va a conseguir es una nimiedad por la que no valía la pena arriesgarse a que te pillen en una mentira. Ah, amigo o amiga, pero es que a ellos les trae sin cuidado que se les pille en una mentira, disfrutan todavía más jugando a las ambigüedades.

Y por último, si te preguntas, cuando has llegado a descubrir que la persona que creías que te amaba por encima de todo o de la que te sientes locamente enamorado o enamorada, te ha estado engañando, ha creado una fábula alrededor vuestro con la única intención de pasarlo bien, de aprovechar en toda la medida que podía todo aquello que tú eres capaz de ofrecer y de darle, cómo no se siente avergonzado por ello, cómo no le duele haberte hecho daño a ti precisamente, cómo no es capaz de sentir el más mínimo remordimiento sino que, por el contrario, todavía disfruta alardeando de ello y regodeándose en lo que ha sido capaz de hacer, no lo dudes ya ni por un segundo, esa persona es un o una PSICÓPATA .

V. E.

domingo, 27 de enero de 2013

De caracolas y alcaldesas


De caracolas y alcaldesas

-Más sobre las palabras y los géneros-


Yo sigo con mi obsesión... No paro de darle vueltas en mi cabeza a la cuestión de las palabras, del masculino y femenino, de los significados, de los malentendidos...

Mirando un poco por encima y a la ligera, lo confieso, he llegado a algunas conclusiones que quiero poner en común en éste, mi blog de cuestionamientos y perogrulladas.

Se me plantea en esta ocasión la duda sobre la formación de ciertos femeninos, aunque debería decirse femeninas, además de que deberían estar ya creados de serie, pues parece que el origen de todo es el masculino y a partir de esa palabra se forma el femenino, como lo de la creación de Eva, vamos, partiendo de una costilla de Adán. En fin, que no entiendo por qué hay palabras en femenino cuando ya la misma palabra es en sí femenina. Esto es como lo de ¿por qué todo junto se escribe separado y separado se escribe todo junto? Paradojas del lenguaje.

Mi dilema esta vez se centra en palabras que en masculino terminan en o o en e, cuyo femenino creo que no está muy claro, como tigre, del que yo aprendí en el colegio como su femenino tigresa, o de vampiro vampiresa, resultando en unos significados en ambos casos que suelen ser aplicados a mujeres haciendo referencia a cierto carácter sexual. Parece ser que, en la actualidad, para evitar ese tipo de referencias, se acepta o aconseja tigra y vampira, aunque me parece que el DRAE no lo ha hecho oficial. Y es por eso que me inquieta pensar en cómo deberíamos llamar a la mujer que desempeña un cargo público al frente de la administración política de una ciudad, municipio o pueblo, lo que venimos conociendo como alcaldesa. Tal y como están los tiempos me parece que deberían llamarse alcalda; bastante tienen con la que cae.

Entre otras cosas, digo yo que menos mal que a nadie se le ocurrió llamarnos hombra u hombresa; creo que, afortunadamente somos mujeres y con eso ya queda marcada una gran diferencia, la cual, pienso, puede favorecernos prácticamente en la misma medida que puede perjudicarnos. Y es que, me parece a mí, que la intencionalidad radica en el pensamiento, y que la palabra, por mucho que exista para expresarlo, puede dar lugar a equívocos. Porque es cierto que siendo hombres y mujeres, todos los seres humanos y las seras humanas tenemos nuestro lugar en el mundo (aunque creo que las mujeres ganamos por mayoría) con un nombre que nos designa a cada cual según su naturaleza sin que nada indique una derivación de una con respecto del otro (como lo que decía de la costilla de Adán o la formación del femenino gramaticalmente hablando). Hasta aquí todo fenomenal. Pero es que luego vienen los hombres y, por el arte de birlibirloque, se les ocurre decir que el hombre es un ser superior a la mujer, que debe estar por encima de ella y, dicho y hecho, opresión al canto, discriminación, yugo, obediencia, inferioridad...
Por eso es que opino que las palabras no arreglan nada.

Pero, si acaso se produjera un inesperado consenso a nivel mundial -por cierto, yo abogo por el esperanto- y se decidiera entre todos una solución válida para conseguir, por medio del lenguaje, la igualdad entre hombres y mujeres de una vez por todas, tal vez deberíamos indagar en la forma de nombrar las profesiones según sean desempeñadas por hombres o por mujeres. Así, si el hombre es hombre y la mujer mujer, si lo masculino es masculino y lo femenino femenino, no tenemos por qué llamar a los oficios o profesiones desempeñados por mujeres con una palabra derivada del masculino para convertirla en femenina, simplemente deberíamos crearla sin más.

Se me han ocurrido sobre la marcha algunos ejemplos. Espero que me perdonen los estudiosos y las estudiosas de filología, evidentemente eso no es lo mío.

Resultaría, pues, el ejercicio de la ciencia médica, en médicos y fédicas, por ejemplo. Los médicos serían hombres y las fédicas mujeres. La disciplina ejercida en este campo por una mujer sería entonces la Fedicina.

Si la especialidad en la que trabajan es la psiquiatría, la mujer sería la psiquiatra y el hombre el loquero.¿Por qué? Pues porque la palabra psiquiatra ya en sí es femenina (aunque en su día nos la usurparan los hombres, que ni siquiera tuvieron la decencia de ponerle una o final, aunque solo fuera para disimular.

Así, las taxistas, como su nombre indica, serían mujeres y los conductores de taxi, o simplemente taxiconductores, hombres, que también podrían ser denominados taxihombres, taxistas masculinos, machotaxistas, penetaxistas o taxistas penados, etc., hay una amplia gama de posibilidades.

Los abogados serían los hombres que ejercen el derecho, la defensa de la justicia (palabra femenina por excelencia, aunque tal vez por ello le cueste tanto la subsistencia), y las mujeres que lo hacen se podrían llamar defensoras de la justicia o simplemente justidefensoras o femijusticieras.

Por supuesto que todo esto no tiene ni pies ni cabeza, solo pretendo con ello expresar mis reflexiones que irremediablemente me llevan a la conclusión de lo absurdo o infructuoso que me resulta este pifostio del género de las palabras en defensa de la igualdad.

Suerte que, según parece, en el futuro todos y todas seremos hermafroditas..., es lo que siempre he oído que se dice del caracol, que ya nos lleva muchos años de adelanto en eso, pero entonces ¿quién es la caracola?.

V. E.


sábado, 26 de enero de 2013

El género de las palabras



A colación sobre las palabras que designan profesiones que pueden ser desempeñadas tanto por hombres como por mujeres, a saber: todas, a menudo se me presentan no pocas dudas. Siempre he pensado que no es ninguna deshonra para cualquier mujer que se precie que se diga la médico, la abogado, la ingeniero, la soldado... Pero al parecer las corrientes que hoy día abogan por situar a las mujeres en el lugar que nos corresponde no solo están de acuerdo sino que lo viven como una exigencia el pretender que se diga abogada, médica, ingeniera, jefa, etc., modos que al parecer no solo están permitidos por la RAE sino que los designan como correctos, es decir, que otra cosa al respecto sería incorrecta.

Varias son entonces las objeciones que me vienen a la cabeza, si las mujeres, como tales, deberíamos exigir que se cumpla esta diferenciación, lo cual parece ser que implica ponernos en nuestro lugar, creo que no deberíamos entonces conformarnos con que a una cantante de ópera se diga de ella que es soprano así como tampoco una “top model”, término aceptado en España en cuanto a la jerga de la moda, debería consentir que se la llame modelo.

Y si de moda hablamos, al parecer hoy día ya está admitida por la RAE la palabra modisto para representar a un hombre que se dedica al diseño y/o confección de prendas de ropa, mientras que modista sigue siendo común a los dos géneros (como taxista y periodista).

Dice la Wikipedia, a propósito de este tema: “El modista acuerda con su cliente el tipo de ropa que va a confeccionar concretando los detalles de la misma referidos a formas, colores, material, acabados, etc. Toma medidas establecidas (según el estudio de este oficio) del cuerpo para establecer las dimensiones que adoptarán las prendas, desarrolla la moldería, corta la tela , cose una toile, (denominada así por los modistas franceses) y resuelve con su cliente las terminaciones del diseño”.
He subrayado los términos modista y cliente para observar cómo son empleados como palabras neutras, que pueden referirse tanto al femenino como al masculino.

En principio no es que me parezca mal que, según de qué forma, se corrija nuestro idioma, siempre que con ello se contribuya a favorecer la igualdad de las mujeres, con lo que no estoy de acuerdo es con las chapuzas, con los cambios realizados sobre la marcha y a la ligera creyendo que estamos haciendo un bien en pro del feminismo cuando estamos dejando hilos sin rematar que lo único que pueden hacer es crear enredos.

Pienso que, si lo correcto es decir médica o abogada, se impone corregir otros términos que indican profesiones y que acaban en a porque, me parece a mí, nos están perjudicando de igual manera. Por ejemplo, si decimos de alguien que es psiquiatra o pediatra, debemos anteponerle el artículo, masculino o femenino, para diferenciar si hablamos de un hombre o una mujer, e igualmente sucede si nos referimos a un taxista o una taxista. ¿Qué ocurre entonces? que las mujeres que se dedican a estas profesiones estarán en inferioridad de condiciones que las que diferencian la terminación según se refiera al masculino o al femenino. Podría suceder igualmente que los hombres protestaran y al ver que a una mujer se le dice que es médica, exigieran, con toda razón, llamarse taxistos, psiquiatros, artistos, periodistos, etc., igual que ha sucedido con los modistos.

Otro problema que observo es que últimamente hay cierta reticencia por parte de las mujeres que escriben poesía en ser llamadas poetisas. Esto me viene dando vueltas en la cabeza desde hace cierto tiempo y, según algo que leí, al parecer es debido a que esa feminización de la palabra poeta que la convierte en poetisa, resulta en un término que suena despectivo y las mujeres que reivindican sus derechos prefieren que se las designe como poetas, lo cual me lleva al mismo punto de antes. ¿Cómo diferenciarnos entonces las poetas de los poetas? Pues, no me queda más que la opción de llamar a los hombres poetos.

En cuanto a las palabras que no terminan ni en a ni en o, como las acabadas en e o en consonante, sigo encontrando también dilema. ¿El femenino de jefe es jefa?, ¿el de cliente es clienta?, ¿el de presidente, presidenta? Yo pensaba que esas palabras acabadas en e hacían referencia a un neutro que vale lo mismo para hombre que para mujer. No veo problema en hablar de la cliente ni de la jefe, ni de la juez o de la alférez. ¿Por qué hemos de pensar que que estos términos implican masculinidad? Pero si de todas formas antiguamente la alcaldesa era la mujer del alcalde...

¿Por qué existen animales que pueden ser nombrados de manera diferenciada si son machos o si son hembras y en cambio hay otros que no, que es necesario especificar si es macho o hembra? Podemos decir león o leona, perro o perra, gato o gata, tigre o tigresa... ¿Deberíamos quizás referirnos a la mujer que compra en una tienda como clientesa? No nos referimos a la señora que ejerce la alcaldía como alcalda sino como alcaldesa. Volviendo a los animales ¿por qué la jirafa, la cebra, la hiena o la rana machos están discriminados?

Para mí la cuestión es clara, o se reforma nuestra lengua española en busca de una igualdad en la que queden claramente diferenciados los términos que hacen referencia al masculino de una profesión de los que hacen referencia al femenino, o tiramos por el camino de en medio y creamos palabras neutras o comunes que valgan tanto para designar a hombres como a mujeres, es decir, a seres humanos (¿y seras humanas?), a personas (¿y personos?). Me queda, así pues, esa otra opción de permitir que la médico sea una mujer que ejerce la medicina y la taxista sea una mujer que conduce un taxi y nos traslada de un lugar a otro. Para mí, se impone una revisión de toda la lengua para ser adaptada a los tiempos que corren, las chapuzas no me gustan, porque, de continuar en el punto que estamos, se corre el riesgo de ser juzgados mal, de ser malinterpretados, según empleemos un término u otro.

Por otra parte, a mi modo de ver, ¿qué más da que quien revise nuestra salud o nos extienda una receta sea hombre o mujer, que quien nos defienda en un juicio sea hombre o mujer, que quien nos traslade en su taxi sea hombre o mujer, que quien esté por encima de nosotros en un trabajo sea hombre o mujer, que quien esté al frente de un gobierno sea hombre o mujer...? lo importante es que tenga la capacidad suficiente para ejercer correctamente su profesión y esto, creo que hoy día ya no tiene vuelta de hoja y, si alguien cree que sí, que se enmiende y aprenda; creo que está suficientemente demostrado que una mujer puede ejercer cualquier profesión igual que un hombre, aunque no por ello cualquier mujer puede ejercer cualquier profesión igual que cualquier hombre no puede ejercerla tampoco. Creo que las personas, por el hecho de serlo, independientemente de nuestro sexo, tenemos unas capacidades que podemos desarrollar a lo largo de nuestra vida, unas tendencias en lugar de otras, unos talentos y no otros, y esos son los que debemos fomentar, y nada tiene que ver esto con ser mujer o ser hombre.

V. E.