De caracolas y alcaldesas
-Más sobre las palabras y
los géneros-
Yo sigo con mi obsesión... No paro de
darle vueltas en mi cabeza a la cuestión de las palabras, del
masculino y femenino, de los significados, de los malentendidos...
Mirando un poco por encima y a la
ligera, lo confieso, he llegado a algunas conclusiones que quiero
poner en común en éste, mi blog de cuestionamientos y
perogrulladas.
Se me plantea en esta ocasión la duda
sobre la formación de ciertos femeninos, aunque debería decirse
femeninas, además de que
deberían estar ya creados de serie, pues parece que el origen de
todo es el masculino y a partir de esa palabra se forma el femenino,
como lo de la creación de Eva, vamos, partiendo de una costilla de
Adán. En fin, que no entiendo por qué hay palabras en femenino
cuando ya la misma palabra
es en sí femenina.
Esto es como lo de ¿por qué todo junto
se escribe separado y separado
se escribe todo junto? Paradojas del lenguaje.
Mi
dilema esta vez se centra en palabras que en masculino terminan en o
o en e, cuyo femenino
creo que no está muy claro, como tigre,
del que yo aprendí en el colegio como su femenino tigresa,
o de vampiro
vampiresa, resultando
en unos significados en ambos casos que suelen ser aplicados a
mujeres haciendo referencia a cierto carácter sexual. Parece ser
que, en la actualidad, para evitar ese tipo de referencias, se acepta
o aconseja tigra y
vampira, aunque me
parece que el DRAE no lo ha hecho oficial. Y es por eso que me
inquieta pensar en cómo deberíamos llamar a la mujer
que desempeña un cargo público al frente de la administración
política de una ciudad, municipio o pueblo,
lo que venimos conociendo como alcaldesa.
Tal
y como están los tiempos me parece que deberían llamarse alcalda;
bastante
tienen con la que cae.
Entre otras cosas,
digo yo que menos mal que a nadie se le ocurrió llamarnos hombra
u hombresa; creo que, afortunadamente somos mujeres y
con eso ya queda marcada una gran diferencia, la cual, pienso, puede
favorecernos prácticamente en la misma medida que puede
perjudicarnos. Y es que, me parece a mí, que la intencionalidad
radica en el pensamiento, y que la palabra, por mucho que exista para
expresarlo, puede dar lugar a equívocos. Porque es cierto que siendo
hombres y mujeres, todos los seres humanos y las seras humanas
tenemos nuestro lugar en el mundo (aunque creo que las mujeres
ganamos por mayoría) con un nombre que nos designa a cada cual según
su naturaleza sin que nada indique una derivación de una con
respecto del otro (como lo que decía de la costilla de Adán o la
formación del femenino gramaticalmente hablando). Hasta aquí todo
fenomenal. Pero es que luego vienen los hombres y, por el arte de
birlibirloque, se les ocurre decir que el hombre es un ser superior a
la mujer, que debe estar por encima de ella y, dicho y hecho,
opresión al canto, discriminación, yugo, obediencia,
inferioridad...
Por eso es que
opino que las palabras no arreglan nada.
Pero, si acaso se
produjera un inesperado consenso a nivel mundial -por cierto, yo
abogo por el esperanto- y se decidiera entre todos una
solución válida para conseguir, por medio del lenguaje, la igualdad
entre hombres y mujeres de una vez por todas, tal vez deberíamos
indagar en la forma de nombrar las profesiones según sean
desempeñadas por hombres o por mujeres. Así, si el hombre es hombre
y la mujer mujer, si lo masculino es masculino y lo
femenino femenino, no tenemos por qué llamar a los oficios o
profesiones desempeñados por mujeres con una palabra derivada del
masculino para convertirla en femenina, simplemente deberíamos
crearla sin más.
Se me han ocurrido
sobre la marcha algunos ejemplos. Espero que me perdonen los
estudiosos y las estudiosas de filología, evidentemente eso no es lo
mío.
Resultaría, pues,
el ejercicio de la ciencia médica, en médicos y fédicas,
por ejemplo. Los médicos serían hombres y las fédicas mujeres. La
disciplina ejercida en este campo por una mujer sería entonces la
Fedicina.
Si la especialidad
en la que trabajan es la psiquiatría, la mujer sería la psiquiatra
y el hombre el loquero.¿Por qué? Pues porque la palabra
psiquiatra ya en sí es femenina (aunque en su día nos la usurparan
los hombres, que ni siquiera tuvieron la decencia de ponerle una o
final, aunque solo fuera para disimular.
Así, las taxistas,
como su nombre indica, serían mujeres y los conductores
de taxi, o simplemente taxiconductores, hombres, que
también podrían ser denominados taxihombres, taxistas
masculinos, machotaxistas, penetaxistas o taxistas penados, etc.,
hay una amplia gama de posibilidades.
Los abogados
serían los hombres que ejercen el derecho, la defensa de la justicia
(palabra femenina por excelencia, aunque tal vez por ello le cueste
tanto la subsistencia), y las mujeres que lo hacen se podrían llamar
defensoras de la justicia o simplemente justidefensoras o
femijusticieras.
Por supuesto que
todo esto no tiene ni pies ni cabeza, solo pretendo con ello expresar
mis reflexiones que irremediablemente me llevan a la conclusión de
lo absurdo o infructuoso que me resulta este pifostio del género de
las palabras en defensa de la igualdad.
Suerte que, según
parece, en el futuro todos y todas seremos hermafroditas..., es lo
que siempre he oído que se dice del caracol, que ya nos lleva muchos
años de adelanto en eso, pero entonces ¿quién es la caracola?.
V. E.
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