Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada

domingo, 27 de enero de 2013

De caracolas y alcaldesas


De caracolas y alcaldesas

-Más sobre las palabras y los géneros-


Yo sigo con mi obsesión... No paro de darle vueltas en mi cabeza a la cuestión de las palabras, del masculino y femenino, de los significados, de los malentendidos...

Mirando un poco por encima y a la ligera, lo confieso, he llegado a algunas conclusiones que quiero poner en común en éste, mi blog de cuestionamientos y perogrulladas.

Se me plantea en esta ocasión la duda sobre la formación de ciertos femeninos, aunque debería decirse femeninas, además de que deberían estar ya creados de serie, pues parece que el origen de todo es el masculino y a partir de esa palabra se forma el femenino, como lo de la creación de Eva, vamos, partiendo de una costilla de Adán. En fin, que no entiendo por qué hay palabras en femenino cuando ya la misma palabra es en sí femenina. Esto es como lo de ¿por qué todo junto se escribe separado y separado se escribe todo junto? Paradojas del lenguaje.

Mi dilema esta vez se centra en palabras que en masculino terminan en o o en e, cuyo femenino creo que no está muy claro, como tigre, del que yo aprendí en el colegio como su femenino tigresa, o de vampiro vampiresa, resultando en unos significados en ambos casos que suelen ser aplicados a mujeres haciendo referencia a cierto carácter sexual. Parece ser que, en la actualidad, para evitar ese tipo de referencias, se acepta o aconseja tigra y vampira, aunque me parece que el DRAE no lo ha hecho oficial. Y es por eso que me inquieta pensar en cómo deberíamos llamar a la mujer que desempeña un cargo público al frente de la administración política de una ciudad, municipio o pueblo, lo que venimos conociendo como alcaldesa. Tal y como están los tiempos me parece que deberían llamarse alcalda; bastante tienen con la que cae.

Entre otras cosas, digo yo que menos mal que a nadie se le ocurrió llamarnos hombra u hombresa; creo que, afortunadamente somos mujeres y con eso ya queda marcada una gran diferencia, la cual, pienso, puede favorecernos prácticamente en la misma medida que puede perjudicarnos. Y es que, me parece a mí, que la intencionalidad radica en el pensamiento, y que la palabra, por mucho que exista para expresarlo, puede dar lugar a equívocos. Porque es cierto que siendo hombres y mujeres, todos los seres humanos y las seras humanas tenemos nuestro lugar en el mundo (aunque creo que las mujeres ganamos por mayoría) con un nombre que nos designa a cada cual según su naturaleza sin que nada indique una derivación de una con respecto del otro (como lo que decía de la costilla de Adán o la formación del femenino gramaticalmente hablando). Hasta aquí todo fenomenal. Pero es que luego vienen los hombres y, por el arte de birlibirloque, se les ocurre decir que el hombre es un ser superior a la mujer, que debe estar por encima de ella y, dicho y hecho, opresión al canto, discriminación, yugo, obediencia, inferioridad...
Por eso es que opino que las palabras no arreglan nada.

Pero, si acaso se produjera un inesperado consenso a nivel mundial -por cierto, yo abogo por el esperanto- y se decidiera entre todos una solución válida para conseguir, por medio del lenguaje, la igualdad entre hombres y mujeres de una vez por todas, tal vez deberíamos indagar en la forma de nombrar las profesiones según sean desempeñadas por hombres o por mujeres. Así, si el hombre es hombre y la mujer mujer, si lo masculino es masculino y lo femenino femenino, no tenemos por qué llamar a los oficios o profesiones desempeñados por mujeres con una palabra derivada del masculino para convertirla en femenina, simplemente deberíamos crearla sin más.

Se me han ocurrido sobre la marcha algunos ejemplos. Espero que me perdonen los estudiosos y las estudiosas de filología, evidentemente eso no es lo mío.

Resultaría, pues, el ejercicio de la ciencia médica, en médicos y fédicas, por ejemplo. Los médicos serían hombres y las fédicas mujeres. La disciplina ejercida en este campo por una mujer sería entonces la Fedicina.

Si la especialidad en la que trabajan es la psiquiatría, la mujer sería la psiquiatra y el hombre el loquero.¿Por qué? Pues porque la palabra psiquiatra ya en sí es femenina (aunque en su día nos la usurparan los hombres, que ni siquiera tuvieron la decencia de ponerle una o final, aunque solo fuera para disimular.

Así, las taxistas, como su nombre indica, serían mujeres y los conductores de taxi, o simplemente taxiconductores, hombres, que también podrían ser denominados taxihombres, taxistas masculinos, machotaxistas, penetaxistas o taxistas penados, etc., hay una amplia gama de posibilidades.

Los abogados serían los hombres que ejercen el derecho, la defensa de la justicia (palabra femenina por excelencia, aunque tal vez por ello le cueste tanto la subsistencia), y las mujeres que lo hacen se podrían llamar defensoras de la justicia o simplemente justidefensoras o femijusticieras.

Por supuesto que todo esto no tiene ni pies ni cabeza, solo pretendo con ello expresar mis reflexiones que irremediablemente me llevan a la conclusión de lo absurdo o infructuoso que me resulta este pifostio del género de las palabras en defensa de la igualdad.

Suerte que, según parece, en el futuro todos y todas seremos hermafroditas..., es lo que siempre he oído que se dice del caracol, que ya nos lleva muchos años de adelanto en eso, pero entonces ¿quién es la caracola?.

V. E.


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