Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada
Mostrando entradas con la etiqueta Lenguaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lenguaje. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de febrero de 2013

A Risto Mejide



A Risto Mejide

-desde mi más sincera opinión-





El otro día, haciendo zapping, caí en uno de esos programas que casi nunca suelo seguir, se trataba de Tú sí que vales. Reconozco que pudo ser el morbo lo que me mantuvo sin pasar de cadena por un buen rato, la expectación del rifirrafe que las secuencias previas prometían. Y eso fue lo que me perdió y ojalá haya aprendido la lección y me sirva de escarmiento.

Entre otras cosas, no me gusta nada el conjunto del programa, ni el presentador (aunque hace lo que puede, lo reconozco, el terreno no da para más), ni la ambientación, ni el backstage, ni el jurado en ninguna de sus modalidades, nada de nada. Y los concursantes, si acaso hay alguno con un mínimo de calidad, se pierde entre tanta mamarrachada.

Reconozco que soy una morbosa por pararme a verlo y que me dejé llevar por el pique. No, si yo prefiero lo de los cuerpos embarazosos, pero es que ya están todos tan vistos... Pero al final tuve mi merecido porque la actuación de Risto consiguió sacarme de mis casillas.

Sinceramente, no entiendo mucho de los entresijos televisivos y no estoy segura de si un miembro de un jurado actúa desde sí mismo o interpreta un papel dentro de un guión o simplemente sigue las pautas de un personaje creado. Y digo esto porque, a estas alturas, no sé si Risto es como aparenta ser o interpreta un personaje. Ahora, lo que sí sé es que no hay derecho que justifique la humillación de un o una concursante. Porque, señor Mejide, una cosa es una crítica constructiva que, como usted pretende, pueda ayudar al artista a evolucionar y otra cosa muy diferente es humillar y avergonzar a la persona delante de un público en el plató y de unas cámaras que representan a un público mucho más amplio.

Bochornosa me pareció la actuación de Risto que, a mi juicio, metió la pata hasta el fondo con una concursante que provenía de Cuba y cantaba a dúo con un chico nicaragüense, creo, que la acompañaba a la guitarra, Leydanis y Will, y que estoy segura de que hasta el día de su intervención en el programa Tú sí que vales no habría imaginado que pudieran existir personas como Risto, y he de suponer que tendrá experiencia con otros españoles y españolas y no habrá llegado a la conclusión de que en España somos así, pero, encima de que manifestó sentir esa responsabilidad y ese miedo que le causaba actuar ante un público español, fue Risto y hurgó en su herida. A mí que no me digan, pero la intención de Risto para mí fue claramente la de humillarla, ¿por qué? solo él lo sabrá. Para mí fue evidente el ensañamiento verbal que consiguió hundir a la persona, con la excusa, ¡qué risa!, de que como artista se encontraría a lo largo de su carrera con situaciones o críticas de ese tipo con las que debería aprender a lidiar y la harían reconocer sus errores.

Pues no, Risto Mejide, sí que existe gente como usted, y existe gente que actúa con maldad, y existe gente que inflige dolor solo por placer, y sí, claro, por supuesto que tropezarse con una de esas personas es algo didáctico para la vida, pero nada tiene eso que ver con una crítica de arte, con una crítica de una actuación en un escenario. Y un artista que actúa en un escenario está interaccionando con un público, existe una relación directa y recíproca artista-público público-artista, y lo normal y lógico es que un artista intente congraciarse con su público, crear un clima de complicidad entre ambos, y usted debería saber que el carácter de los cubanos o de los latinoamericanos en general es mucho más afable, expresivo y exteriorizable que el nuestro, y para qué decir que el suyo. Y usted, Risto Mejide, confunde la sinceridad con la malasombra y se considera seguramente a sí mismo como alguien muy sincero, porque dice lo que piensa, lo que no se da cuenta es de que lo que piensa son la mayoría de las veces aberraciones producto de una personalidad prejuiciosa y paranoica como es la suya.

Usted llamó de forma gratuita “falsa” a una señora que cantó como mejor supo, o pudo, llevada por los nervios de la responsabilidad que para ella suponía esa actuación, ese debut en una cadena de una televisión española, actuación para llegar a la cual había pasado un casting; una persona que para mi gusto, si bien tuvo ciertos fallos durante su interpretación, es una cantante nata y una artista nata, y tiene un potencial bestial con su voz y tiene un talento que quizás deba pulir pero que no se puede negar que lo tiene, y quiso interactuar con el público porque eso es lo que hace un artista sobre el escenario, y me parece que los aplausos que consiguió salieron del público espontáneamente y para nada porque ella lo manipulara con su supuesta falsedad. Y estoy segura, señor Risto Mejide, que usted no se atrevería a llamar falsos a un Raphael o a una Isabel Pantoja...

En todo caso debería haberle explicado a Leydanis ese concepto de la falsedad que usted tiene, de la falta de sinceridad en un escenario, y que evidentemente ella no entendió ni se sintió identificada en manera alguna, lo único que sintió fue una humillación gratuita que consideraba que no merecía para nada. Estoy convencida de que a juicio de ella misma lo último que se sentía era falsa y así lo manifestó desde lo profundo de su persona. Ella era auténtica, real, era así, como ella misma dijo, y que alguien le espetara lo contrario solo lo podía interpretar como un insulto y una falta de respeto. A mi modo de ver (ahora que he encontrado el vídeo de esa actuación y lo he revisado), creo que usted confundió la falta de sinceridad sobre el escenario con una cierta pérdida de papeles, una cierta sobreactuación que yo creo que fue por causa de los nervios.

Y me da rabia, señor Mejide, mucha rabia, pensar que usted estaría a buen seguro sintiendo un placer inmenso al ver la imagen de la chica descomponerse, al ver el negro de su maquillaje de ojos resbalar por sus mejillas al no poder contener unas lágrimas que brotaban de sus ojos sin poder impedirlo, por mucho que ella, estoy segura, trataba de mantenerlas a raya y mantener el tipo mientras usted, ¡hipócrita y falso Risto!, se justificaba pensando que le hacía un favor a ella con su sabia crítica, porque, una inteligencia como la suya no tiene rival y usted sabe perfectamente lo que le conviene a cada uno de los concursantes a los que debe enjuiciar.

Y es que, Risto, no nos engañemos, no se engañe usted, pero no es la primera vez que le he visto reaccionar de manera paranoica ante un gesto, un simple gesto, una mueca, una leve sonrisa, malinterpretados por usted, de alguno de los artistas a los que, como a esta sensible mujer cubana, ha faltado al respeto, sí, ese que ella misma le pidió que le devolviera, no porque, como usted dijera, “el respeto no se exige, el respeto se gana”, sino porque el respeto es algo a lo que todas las personas, como seres humanos, nos debemos unos a otros. Y es que usted confunde los términos y se queda tan pancho, porque usted está tan pagado de sí mismo que siempre siempre sus opiniones prevalecerán por encima de las de los demás. Si es que es tan sencillo... Risto, usted le faltó al respeto y ella le hizo esa advertencia o esa petición porque no se sentía merecedora de ello, y no hay más. Y usted va y pretende darle la vuelta a la tortilla y manifestar que era ella quien debía demostrar que merecía un respeto. Perdone que me ría a pesar de mi indignación. Es como si un asesino que mata a otra persona porque se le antoja que no merece seguir viviendo alegara en su defensa que la mató porque ella se lo buscó, que para continuar con vida tiene cada cual que demostrar que así lo merece. O sea, como que la vida no es un derecho inalienable de todas las personas sino que han de hacer méritos para que así sea. Sí, esa es su postura, Risto Mejide, esa chica no se había hecho respetar porque, según usted, era “falsa no, lo siguiente”. Me quedo sin palabras.

El respeto, dice usted, Risto, que es lo que ha ejercido levantándose por la mañana, yendo al plató, mirando el ensayo de la pareja varias veces y escuchando su actuación sin interrupción por su parte. Jajaja, hasta ahí podíamos llegar... Ese es su trabajo, nada tiene que ver con lo del respeto. Sin embargo usted sí que ha interrumpido a Leydanis cuando ella, desde su ingenuidad, relataba su experiencia de venir a España buscando oportunidades y usted ha cortado su alegato con una sarcástica carcajada y un comentario sobre lo poco acertado de venir a nuestro país con ese propósito. Pero eso no es faltar al respeto. Sin embargo después, cuando ella ha hecho una pequeña interrupción al sentirse ofendida o desconcertada por sus palabras, unas palabras dirigidas a ella personalmente y que le parecían injustificadas, entonces era ella la que le estaba faltando al respeto a usted por esa breve interrupción. Que me lo expliquen...

Pero el colmo ya fue cuando, seguramente, intuyó que había metido la pata y se había pasado unos cuantos pueblos con esa mujer y para “arreglarlo”, como premio de consolación va y le concede un “tú sí que vales” que ese sí que era más falso que los paraguas de un bazar chino. ¿Acaso pretendía usted desagraviarla...? porque, no sé, de verdad que no lo sé, si usted era consciente de estar humillándola más aún o es que de psicología sabe lo que yo de física nuclear. Me pregunto cómo le llama usted a esa actuación suya de, después de lo sucedido, otorgarle el voto de “tú sí que vales”. ¿Eso se llama falsedad o ensañamiento? A estas alturas me da igual su respuesta, es usted un impresentable. Yo, no solo no lo compro (por cierto, creo que eso sería esclavitud) sino que tampoco me lo quedo ni regalao.

V. E.

domingo, 10 de febrero de 2013

Ada Coalu versus Sanchez Dragó



Ada Colau versus Sánchez Dragó



Vergüenza ajena, rabia, dolor profundo y una extraña sensación de no pertenencia al mundo, a nuestro planeta tierra, una sensación de plantearme ¿pero qué es la humanidad?, rara e indescriptible, me produce cada vez que veo por televisión imágenes de desahucios de viviendas, con una violencia extrema por parte de las fuerzas del orden tratando como criminales, peor incluso, porque ni los criminales merecen ese trato, a personas cuyo único delito cometido ha sido fiarse de instituciones que nos pintan como de gran ayuda para el desenvolvimiento normal de nuestro día a día, cuando en realidad son instituciones impuestas, y no por la necesidad de tener a buen cobijo nuestro dinero sino porque hoy día, si no es que vivimos en una isla desierta y perdida en medio del océano, como un Robinson Crusoe cualquiera, estamos obligados, porque así nos lo impone nuestra adaptada vida social, porque así nos lo demanda cualquier empresa que nos suministre un servicio, a tener abierta una cuenta en un banco.

Tal vez el papel de los bancos cuando empezaron a surgir era el de proteger nuestro dinero, pero, si bien poco a poco fue convirtiéndose en negocio, al fin ha llegado a ser una forma de crimen organizado, una mafia extorsionadora de ciudadanos de a pie, con el beneplácito y absoluto consentimiento de las autoridades gubernamentales.



La señora Ada Colau, portavoz de la PAH (plataforma de afectados por la hipoteca) ha creado un gran revuelo y escándalo y ha sido conminada a retractarse de sus palabras porque se ha atrevido a llamar a las cosas por su nombre, y es que, si alguien comete un crimen, resulta que es un criminal.

No me había fijado antes en esta mujer hasta que no ha surgido como noticia su atrevimiento en el Congreso y los medios nos han bombardeado con su imagen temblorosa, indignada, emocionada, conteniendo la rabia y alegando que si se había reprimido y no había lanzado su zapato era porque le parecía mucho más importante poder decir lo que tenía que decir.

Me parece que Ada hizo bien en lo de contenerse con su zapato, tal vez yo no habría sido capaz, y es que, gracias a ese esfuerzo de dominio de sí, hemos podido escucharla y creo que era y es tan importante lo que tenía que decir... Es tan importante que tomemos conciencia de lo que está sucediendo en nuestro país... Es tan importante que haya personas que se atrevan a llamar a las cosas por su nombre...

Cuando veo ciertas imágenes por televisión no puedo evitar sentir recordar otras muy parecidas de tiempos pasados de dictadura y no puedo evitar darme cuenta de la total, pura y dura represión que se está ejerciendo sobre las personas, sobre la ciudadanía. Como si fueran secuencias de una película de Ciencia Ficción de temática distópica, así me llegan las imágenes televisivas que nos muestran a las fuerzas del orden desalojando de sus viviendas a pobre gente desesperada que se aferra a sus escasos metros de protección entre cuatro paredes, que les están desprendiendo, como si les arrancaran las uñas, de un derecho básico de la persona, con una violencia que raya en el ensañamiento, ya sean ancianos o niños, no importa, e igualmente esas otras en las que los ciudadanos o ciudadanas, de cualquier edad, incluso niños o niñas o adolescentes que pasaban por allí a la salida de clase, que coincidían en algún punto de la calle con algún tipo de manifestación, probaban en sus cuerpos la violencia gratuita ejercida con el ánimo, para mí no es otro, de la represión, para mí no es otro que el de crear miedo, el de amedrentar a la gente para que no luche por lo que es suyo, para conseguir evitar que la sociedad escuche, porque, tal y como están los tiempos, es mejor mantener los oídos de la gente sordos y los ojos ciegos.

No puedo evitar pensar, cuando veo ese tipo de imágenes que nos muestran a gente inocente herida, conmocionada, sangrando, siendo recogida por ambulancias, recibiendo palizas, golpes, empujones, y no precisamente gente joven y fuerte capaz de plantar cara sino, qué casualidad, los más débiles, los que no han sido capaces de correr y huir a tiempo, que esas aparentes fuerzas del orden no son más que mercenarios pagados para disolver manifestaciones que resultan sumamente incómodas para gobernar a capricho, hombres sedientos de violencia, entrenados para tal fin.

Hay cosas que no me entran en la cabeza... Hay cosas que me dicen que lo que estamos viendo no es lo que aparenta. Hay cosas que me indican que el gobierno actual, el del PP de Mariano Rajoy es un gobierno que ejerce la represión, es un gobierno al servicio de los más ricos y poderosos, es un gobierno que oprime al débil y esto, por mucho que haya sido elegido en las urnas, dista mucho de ser una democracia.



Para terminar, y se me habrá notado que estas palabras mías de hoy no contienen pizca de humor ni visos de ironía, vaya mi indignación contra Fernando Sanchez Dragó que, lo siento por él pero me da la sensación de que está chocheando. Es cierto que Sanchez Dragó es un hombre sin etiquetas, y eso me gusta, pero es que a estas alturas está tan desprovisto de cualquier tipo de etiqueta que ya no lleva ni la de la talla ni la de instrucciones de lavado; en definitva, Sanchez Dragó es tan ambiguo que me parece que se acerca en cada momento a la estufa que más calienta.

A Fernando yo le seguía en otros tiempos cuando veía en él un hombre culto y representante de la cultura, cuando me parecía que tenía mucho que enseñar y yo mucho que aprender de él, cuando nos presentaba, en aquellos programas de la 2, libros o temas interesantísimos capaces de abrir nuestra mente retrógrada y confusa de aquellos años, cuando nos proponía todas aquellas formas de vida diferentes, aquella visión sobre las cosas que nos abría horizontes mucho más allá de nuestras fronteras de pensamiento, hasta que comencé a intuir su fraude, hasta que comencé a darme cuenta de su machismo enmascarado (o descarado), hasta que acabó abandonado esas filas en las que otrora luchara por defender ciertos derechos para manifestar abiertamente que daba su voto al PP.

Ahora no puedo menos que confirmar que Sanchez Dragó se ha salido de madre cuando, en el programa de Tele 5 El Gran Debate, se ha dirigido a Ada Colau, a la que ha llamado Ana, no por una equivocación al hablar, algo que nos puede pasar a cualquiera, sino porque parecía no haberse informado del nombre de la persona cuya actuación iba a criticar, para advertirle, en plan tutorial, que debería llevar cuidado con su lenguaje porque era proferir un insulto eso de llamar “criminal” a alguien y más cuando nada parecía indicar que los dirigentes de banca fueran criminales y, en fin, con una pasmosa postura conformista-capitalista, ha intentado tirar por tierra la brillante y valiente actuación de Ada, defendiendo los intereses tanto de gobierno como de banca en un discurso que yo pienso que ni él mismo se creía.

Y es que a mí, la sensación que me da ese hombre que se cree estar por encima de todo y de todos, que aparenta estar de vuelta e inundado por la paz de quien no se deja inmutar por nadie ni por nada, cuando lo único que hace es salir al encuentro de quien sea con su punta de flecha apuntándole, es la de disfrutar de la provocación directa hacia quien, como Ada, es vehemente y se toma la vida en serio y es capaz de partirse el pecho por defender aquello en lo que cree. Claro, es la ventaja de quien, a estas alturas de la vida, ya no cree en nada y se puede permitir jugar con las creencias de los demás y lo que es peor, con los derechos de quienes sufren la injusticia.

A mi modo de ver, Dragó, lo mismo podía haber estado sentado a la derecha que a la izquierda de Ada, lo mismo podía haber expuesto una opinión a favor que en contra de Ada; a él todo eso le trae sin cuidado, lo único que pretende es provocar, y si el interfecto o la interfecta se presta a ello, ya ha encontrado su campo de acción ideal. A Dragó le gustan las emociones fuertes y bajo esa apariencia de dominio absoluto de sí disfruta como un niño jodiendo a quien le toque en la ocasión.

Pero espero que no me hayan malinterpretado cuando dije eso de la “estufa que más calienta”, no es que el pobrecito tenga frío, que va, es que lo que busca es quemarse.

¿Acaso Fernando se despistó y no sabía que Ada era Ada y no Ana?... Yo creo que lo sabía perfectamente..., pero así, de entrada, ya tenía un as en su manga para juguetear con los nervios de la chica e intentar que se descentrara. Pero no lo consiguió, creo que Ada sabe lo que se hace, sabe lo que defiende y obra en conciencia, algo que me parece que Sanchez Dragó dejó abandonado hace tiempo en alguno de sus viajes por todo lo ancho y largo de este mundo.


V. E.


domingo, 3 de febrero de 2013

Soy una niña y tengo pene



“Soy una niña y tengo pene”

-La ciencia de los sexos-


“Hola, me llamo Josie, mi cumpleaños es el 16 de abril, ummm soy... una... niña, y... tengo... pene”. Así comienza el testimonio de un ser humano de unos 8 años de edad en un vídeo que algunas personas pudimos seguir hace ya cierto tiempo en el programa La noche temática titulado “La ciencia de los sexos”.

Si no recuerdo mal, este vídeo, además del testimonio de Josie, se componía de varios apartados o testimonios más, entre ellos uno sobre los llamados hijra, también el caso de un “hombre” que en el ejército descubre que tenía genitales internos femeninos y la experiencia del doctor Tiger Howard Devore. “La ciencia de los sexos” y otro vídeo titulado “Mi aventura intersexual” componían el programa correspondiente a una de tantas noches temáticas. Y el tema en sí valía la pena seguirlo, pienso, por lo desconocido y porque, como tal, se presta a que seres humanos que existen en la realidad, sean discriminados totalmente en el conjunto de la sociedad formando parte de una minoría invisible. Ellos, los hermafroditas o intersexuales o los transexuales, sí que son invisibles. No obstante hay culturas minoritarias en las que, como los hijra de la India y Pakistán, los mahu de Hawai, los fa' afafine de Samoa y otras semejantes, ocupan un lugar aparte en la sociedad, como una especie de “élite” a la que pertenecen individuos que son distinguidos por cierto tipo de caracteres que los hacen diferentes al resto de la población y viven reunidos como en gettos o comunas donde desarrollan su propio estilo de vida.

Estos individuos pertenecerían a un tercer género, visto según el tipo de sociedad cultural en la que estén integrados o, por el contrario, no integrados, y su diferencia básica de las demás personas vendría dada por una peculiaridad de su organismo que los excluye de la pertenencia en exclusiva tanto al sexo masculino como al femenino, cuando, en realidad, su cuerpo participa de los dos, es decir, que tiene caracteres primarios de los dos sexos binarios que normalmente consideramos y en los que nos basamos para marcar una diferencia de género, o también puede ocurrir que tengan una anatomía sexual definida pero que mentalmente se autoconsideren como de otro sexo.

Antes de continuar quisiera aclarar estas diferencias. Hay hombres o mujeres cuyos caracteres básicos sexuales los sitúan en un género opuesto al que ellos o ellas se consideran identificados, como pueden ser los transexuales, y éste, si no lo he entendido mal, parece ser el caso de Josie, cuyos genitales son de macho de la especie humana pero la zona de su cerebro donde radica la identificación sexual le indica que es hembra. Así Josie, lucha por lograr ser reconocida como una niña, tal y como ella se siente plenamente. También existen los que llegan a identificarse con los dos géneros o con ninguno, como los travestis, drag, genderqeer, géneros fluidos, etc. Cualquiera de estas tipologías tiene su razón de ser y ocupa un lugar en el mundo por lo que los individuos pertenecientes a alguna de ellas son acreedores a los derechos humanos de cualquier persona.

Pero quería distinguir además el caso de los intersexuales, también llamados hermafroditas, como Phoebe Hart (Mi aventura intersexual), esas personas que nacen con genitales conformados por caracteres no definidos de los dos sexos que conocemos como normales y que difícilmente encuentran un lugar en las sociedades occidentales. Difícil y controvertida se presenta la vida para uno de estos seres humanos que nacen con este tipo de genitales, empezando por la preocupación de sus padres, el rechazo consiguiente, la clasificación dentro de lo irregular, patológico o monstruoso, que a muchos de ellos los ha llevado a una castración física y tratamiento hormonal invasivo en el intento de corregir a la naturaleza y hacer de este ser una persona de sexo masculino o femenino según la conveniencia o criterios de no se sabe muy bien quién, en el intento de adaptarlos a uno de los dos géneros reconocidos de manera oficial y procurando “normalizar” su vida, teniendo que padecer un sufrimiento psicológico desde muy pequeños al no encontrar su sitio en los jardines de infancia o en la escuela, creciendo en un mundo irreal para ellos, convirtiéndose en adolescentes de lo más conflictivos y viéndose forzados a realizar un trabajo enorme de adaptación a los roles de uno de los dos géneros considerados normales.

Estas personas “diferentes” normalmente ocultan su naturaleza sexual camuflándose entre la masa homogénea de hombres y mujeres. A menudo puede ser que nos crucemos con alguna de ellas y lo normal es que no nos demos cuenta, no apercibamos su diferencia y sin embargo, según estudios llevados a cabo, su prevalencia en la sociedad viene a ser aproximadamente como de un uno por 250, lo que vendría a equivaler a la tasa de personas pelirrojas auténticas que hay en el mundo.

Hasta hace pocos años, cuando nacía una criatura de estas características, lo procedente era, mediante cirugía, ayudarla a “normalizarse” dentro de los caracteres propios de uno u otro sexo. Pero, desde hace poco, estudios realizados por algunos médicos o psicólogos, entre los que se encuentra el doctor Tiger Howard Devore, psicólogo especializado en terapia sexual, que ha dedicado su trabajo, estudios y vida a comprender y ayudar a personas que nacieron sin un sexo definido, como le ocurrió a él mismo, proponen que esas peculiares características no obedecen a ninguna anomalía y podríamos estar impidiendo el normal desarrollo de individuos pertenecientes a un tercer sexo.

Es por ello que cada vez más hay seguidores que apoyan esta teoría por lo que lo pertinente sería el reconocimiento de estas personas, poseedoras de dos tipos de genitalidad en un mismo cuerpo o una genitalidad de doble faz o ambigua, simplemente diferente a la mayoría, como pertenecientes a un tercer género, puesto que como individuos, no reúnen las características adecuadas al masculino o al femenino, sino que, participando de ambos, conforman una tercera modalidad que debería estar reconocida y que trastocaría el convencional funcionamiento de tantas y tantas cosas con la consiguiente necesidad de reforma y adaptación. No obstante, el doctor Devore opina que no hay dos ni tres sino una variedad de posibles sexos diferenciados en la especie humana y mi opinión particular, después de ponerme al día con el tema, es la de que cualquier persona tiene total derecho a la elección de un rol sexual en la vida.

A personas como Phoebe y su hermana -nacieron con el SIA (síndrome de intolerancia a los andróginos)-, su propia naturaleza añadida a las circunstancias que rodearon su infancia y a su aspecto físico las convirtieron en personas del género femenino, su rol sexual es el de mujeres, pero a lo largo de su vida han tenido que librar una gran batalla para encontrar su lugar en el mundo y llegar a sentirse bien con ellas mismas. En su aventura intersexual Phoebe conoce a varias personas intersexuales y unas de ellas han adquirido el rol masculino, con un aspecto más cercano al del hombre, mientras que otras tienen un aspecto más afín al de una mujer, por mucho que en su infancia no hubiera sido así. Pero también hubieran podido elegir desempeñar un rol diferente, más justo y próximo a su naturaleza si no fuera porque nuestra idea generalizada acerca de la diferenciación sexual de las personas las sitúa dentro de una clasificación binaria.

Se prestaría, por tanto, esta circunstancia que comienza a abrir paso en la sociedad a personas que hasta ahora eran consideradas como anormales o que se veían obligadas a ocultar su verdadera naturaleza por no encontrar su sitio en el mundo y adaptarse a un rol de género que sería ficticio, impuesto o simplemente antinatural, a ser tenida en cuenta y a propiciar su integración, evitando cualquier tipo de discriminación, por lo que, a mi modo de ver, volviendo al tema del lenguaje, pienso que lo correcto sería descartar la dualidad genérica y considero éste un motivo más para proponer la neutralidad de las palabras que hacen referencia a la diferenciación de géneros.

V. E.

Como creo que esos dos vídeos de los que he hablado son realmente interesantes y vale la pena chequearlos de principio a fin, aunque hay que tener en cuenta su duración, de alrededor de los 60 min. cada uno de ellos, para tomarlo con tiempo, los emplazo aquí para que los tengáis a mano cuando les podáis dedicar algo del vuestro. Mención especial me merece el realizado por la misma Phoebe, el dedicado a su "aventura intersexual", una emocionante aventura y un ejemplo de humanidad. Un corto que muestra un largo camino hasta la aceptación plena de unas vidas, todavía cortas, a las que les espera una larga vida por vivir.





viernes, 1 de febrero de 2013

El arca de Noé de las palabras



El arca de Noé de las palabras


Hoy me nace escribir en serio. Por esta vez abandono mi tono jocoso acostumbrado y en su lugar quiero mostrar la seriedad de un tema que realmente me preocupa y al que creo que no se le está dando el enfoque adecuado o quizás se le esté viendo desde puntos de vista tan concretos que hacen que resulte una visión muy parcial del mismo, obviando esas otras caras que se mantienen ocultas o simplemente son tratadas dentro de otras problemáticas, lo cual hace que, en esto del lenguaje, se pierda una visión más global y completa a mi modo de entender, dejando el problema irresuelto.

En mi preocupación por cómo utilizar, en mi día a día, el lenguaje para que no resulte sexista no estando como no lo estoy de acuerdo con ciertas propuestas que pululan por ahí y que parecen ser las hechas por los grupos más progresistas y que, por ende, defienden a ultranza los derechos igualitarios, me vienen a la cabeza no pocas dudas, conjeturas, pros y contras acerca de ésta problemática.

Yo, he de decirlo, no estoy tan segura de que haciendo una distinción en cuanto al género de las palabras, más concretamente en relación a las profesiones, oficios, cualidades y demás características que hagan referencia a hombres o a mujeres y su lugar en la sociedad, estemos ayudando a crear un mundo menos sexista, más igualitario y más justo ni que se consiga con ello hacer visibles a mujeres invisibles o que viven en una marcada inferioridad de condiciones.

Como ya vengo proponiendo en algunos de mis posts, no convencida del efecto positivo del uso en femenino de ciertas palabras, optaría por lo que me parece más justo y es la creación de un lenguaje que incluya sin diferenciación tanto a hombres como a mujeres, un vocabulario neutro, innovado, que evite contener términos que hagan referencia al masculino en profesiones, tal y como estamos acostumbrados a oír y decir desde hace ya mucho tiempo. No me parece que lo adecuado sea “sacar la costilla” de esas palabras y convertirlas en su “pareja” en femenino como si fuésemos a salvar a la humanidad metiendo en una hipotética “arca de Noé” a parejas de médico y médica, abogado y abogada, bombero y bombera, alcalde y alcaldesa, presidente y presidenta, maestro y maestra, juez y jueza, etc.

Y es que todo esto me suscita un gran dilema. Si las mujeres hemos sido y todavía lo somos en alguna medida o en gran medida en algunos ambientes, sociedades o culturas, las grandes perjudicadas en relación a los hombres ¿no ocurre igual con los negros, los homosexuales, los intersexuales (sobre los que se está proponiendo que sean considerados como un tercer sexo, lo cual complicaría todavía más esta diferenciación del género de las palabras y los relevaría aún más a una posición de total y absoluta discriminación) y todos esos colectivos de la sociedad que por el motivo que sea están discriminados?.

Me pregunto cómo resultaría visto por ciertos sectores o entidades que se empezara a crear una diferenciación de raza en el lenguaje para “hacer visibles” a las personas de color negro en la sociedad. Pongamos por ejemplo el caso de un abogado que es de piel negra; estaría muy mal visto que dijésemos de él tanto el abogado negrata como el abogado negrito, y sin embargo, no querríamos que pasara desapercibido en un mundo de blancos. Entonces deberíamos buscar un término x que lo distinguiera sin discriminar. Habría entonces una palabra para designar a los hombres blancos que se dedican a la abogacía, otra para designar a las mujeres blancas que se dedican a la abogacía, otra para designar a los hombres negros que se dedican a la abogacía, otra para designar a las mujeres negras que se dedican a la abogacía y así sucesivamente, hasta poder incluir religión, ideología y demás diferenciaciones.

¿No sería más justo no hacerlas?, ¿no sería más justo no otorgarle importancia ni al género ni al color de piel de una persona que disfruta del derecho a ejercer su profesión o, sencillamente, a ser persona y a vivir como tal en un mundo plural en el que todos los seres humanos por el hecho de serlo tengan cabida y tengan derecho a ser considerados y a ser tratados por igual?

¿Por qué hacer visibles a las mujeres?, ¿por qué hacer visibles a las personas negras?, ¿por qué hacer visibles a los gays? ¿No es más justo que todos tengamos el mismo peso específico en la sociedad? ¿no sería lo ideal conseguir que nadie, por razón de sexo, raza, inclinación sexual, religión, etc. tuviera necesidad de “hacerse visible” sino que cada cual fuera visible en el lugar que ocupe por el hecho de ser individuo dentro de una sociedad?

Me cabe aquí también hablar sobre la discriminación positiva... Para mí cualquier tipo de discriminación es discriminación, sea positiva o sea negativa, y de entrada la rechazo. Las compensaciones a destiempo no me valen y las actitudes machistas enmascaradas tampoco. Que un hombre me abra la puerta y me deje pasar primero me está dando a entender que no soy capaz de abrirme la puerta yo sola. Que me acerque la silla para sentarme a comer me está dando a entender que yo no sé hacerlo. Y que me den alguna ventaja en un competición por el hecho de ser mujer me está queriendo decir que soy de alguna manera inferior a los hombres. En cambio, tener un detalle de ese tipo con una mujer cuando se admite que sea recíproco o que esa reciprocidad sea aceptada a un nivel social, sí que es algo deseable por mi parte. Ofrecer ventajas (en apariencia) en términos políticos a las mujeres a cambio de antiguas discriminaciones, me parece fuera de lugar. En vez de discriminación positiva ¿por qué no llamar a las cosas por sus nombre y reconocer que las mujeres tienen derecho a optar por cualquier puesto en la sociedad en justicia y no porque un gobierno se las dé de generoso ofreciendo discriminación positiva?

Otra cosa sería que alguien, hombre o mujer, me sostuviera la puerta si es que voy cargada, o me acercara la silla si es que llevo un brazo escayolado. Y otra también muy diferente es crear ventajas u ofrecer ayudas a personas discapacitadas, que padecen algún tipo de deficiencia que las coloca realmente en una posición de inferioridad en relación al resto. En estos casos sí que se tercia crear sistemas de ayuda para facilitarles la integración social y el apoyo para que puedan funcionar al mismo nivel que las personas que tienen la ventaja de funcionar al máximo de sus facultades. Considero oportuno en estos casos, por ejemplo, el uso del alfabeto braille, el lenguaje por signos para sordomudos, etc., pero no la utilización de palabras que diferencien a estas personas en el ejercicio de su profesión.

Por tanto, mi conclusión es la siguiente: ¿Cambios en el lenguaje? Sí. ¿Inclusión de todos los seres humanos en cualquier ámbito de la vida sin excepciones? Sí. ¿Tendencia al empleo en el idioma de palabras que sean incluyentes y no excluyentes? Sí. ¿Diferenciación de géneros en el lenguaje? No.

V. E.

miércoles, 30 de enero de 2013

Propuestas de palabras neutras


 
Propuestas de palabras neutras

-Otro enfoque sobre el género de las palabras-


Yo, sinceramente, sigo pensando que me parece más justo, racional y práctico utilizar una misma palabra para designar a la persona que ejerce una profesión, pues, la profesión en sí, me parece a mí que es la misma tanto si la practica un hombre como si la practica una mujer, aunque difiera en ciertos matices de estilo.

Ahora bien, es cierto, como comentaba en un post anterior, que por lo general los femeninos se “forman” a partir del masculino, lo cual me hace pensar que esto es algo que habría que solucionar pues, no es de extrañar que las personas que abogan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, entre las cuales me incluyo, piensen que es una injusticia nombrar a una mujer como médico, abogado, juez, bombero, soldado, etc. Sin embargo yo, como ya vengo haciendo saber, no estoy de acuerdo con esa modalidad que se está dando actualmente de convertir el masculino de las profesiones en femenino, cambiando la terminación por a, simple y llanamente, creando así esa “cojera” gramatical que implica que queden por ahí pululando palabras como taxista, periodista o psiquiatra, que por el hecho de terminar en a, ya valen tanto para masculino como para femenino.

Pienso yo, en mi ideal de reforma de la gramática de la lengua española, que se impone entonces hallar un término que tanto sirva para el masculino como para el femenino, anulando o suprimiendo el que sería antiguo masculino, pero sin necesidad de crear femeninos chapuceros sobre la marcha y de esta manera no ofender a nadie y sí dejar regulado un sistema gramatical que se adapte a esa deseable igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Claro que soy consciente de que esto supondría cierta complicación hasta que los ciudadanos de a pie lográramos acostumbrarnos a la novedad, pero no me parece, sin embargo, que vaya a ser más complicado que lo de feminizar los masculinos. Si se establecen nuevas normas, procuremos que sean eficientes y puedan cumplir su cometido.

Me atrevo aquí a proponer algunas sugerencias, siendo consciente, por supuesto, de que no tengo conocimientos suficientes acerca de la etimología de las palabras, ni he estudiado filología ni estoy capacitada para tal fin, pero, bajo mi punto de vista, sí que puedo proponer y luego, los que realmente tengan autoridad en la materia, que dispongan, pero, por favor, eso sí, que los hombres se abstengan de imponer.

He pensado que tal vez podríamos probar con las terminaciones en l para los antiguos masculinos en o resultando por ejemplo, de abogado abocal, de médico medical, etc. El plural, que acogería a los dos sexos, sería les abocals, les medicals.

Para los antiguos masculinos terminados en ero, cuyo femenino resultaba en era, como cartero, cocinero, enfermero, peletero..., cuyos femeninos hasta hoy han sido cartera, cocinera, enfermera, peletera, podríamos tener ahora carter, cociner, enfermer, peleter. De donde resultaría la carter, el cociner, o en plural les enfermers.

Para los que terminaban en a y valían lo mismo para el masculino que para el femenino, siendo, a mi entender, palabras femeninas por excelencia pero empleadas de manera válida para expresar el masculino, podrían ahora sustituirse por ciertos neutros que resultarían de la siguiente manera: de taxista taxist, de artista artist, de periodista periodist, de economista economist, de oculista oculist...

Para las terminaciones en tra, como psiquiatra, pediatra, ególatra, propondría psiquiatrense, pediatrense, egolatrense. Plural: les psiquiatrenses, les pediatrenses, les egolatrenses. Claro que esto me recuerda a la ya existente castrense y me da un mal rollo... Me pregunto por qué esta palabra terminará en ense, como jijonense, complutense o cisterciense, palabras que opino que ya están actualizadas, pues, si la universidad es complutense y no complutensa, si el monje es cisterciense y no cistercienso y si los ciudadanos y las ciudadanas de Jijón son jijonenses y no jijonensos ni jijonensas, me parecen términos que ya llevan un gran camino adelantado. Lo que me sigue inquietando es lo de castrense..., ¿se llamará así para no confundirse con castrado o castrada?

Otras como sargento resultarían en sargent. El sargent, la sargent o les sargents. Igual para teniente, tenient. Para coronel, capitán o almirante ya lo iré pensando... Es que no entiendo mucho de graduaciones militares.

De alcalde y alcaldesa, sobre cuya problemática ya hablé en un post anterior, podría solucionarse usando el término común alcalder. El alcalder o la alcalder y les alcalders.

Ese término que tantas risas provocó, que tantos quebraderos de cabeza produjo o que tanta polémica suscitó, cuando Bibiana Aído, por primera vez en público, según parece, se atrevió a pronunciar como miembros y miembras, lo cual tiene su razón lógica de ser si está aceptado y aconsejado médica, abogada, jueza o bombera, vendría a tener su contrapartida en mi propuesta de neutralidad manifestando tal cualidad o desempeño en una palabra común que podría ser membrer, cuyo plural membrers (aunque suene un tanto anglosajón) acogería a los miembros y a las miembras de cualquier asociación o entidad española.

Y así sucesivamente deberían ir revisándose todas las palabras que hagan referencia a profesiones, actividades, cualidades y demás características que puedan ser aplicadas a hombres y mujeres de manera que ningún significado implique la idea de discriminación, inferioridad, desprecio, ridiculez ni nada por el estilo y que, por supuesto, no propicie la lucha de sexos. Como se suele decir coloquialmente: “ni pa ti ni pa mí”, lo que se pretende es que haya igualdad y que todes quedemos conformes.

En cuanto a pederasta, espero que no haya que reformar este término porque tal especie tienda a desaparecer.

V. E.

domingo, 27 de enero de 2013

De caracolas y alcaldesas


De caracolas y alcaldesas

-Más sobre las palabras y los géneros-


Yo sigo con mi obsesión... No paro de darle vueltas en mi cabeza a la cuestión de las palabras, del masculino y femenino, de los significados, de los malentendidos...

Mirando un poco por encima y a la ligera, lo confieso, he llegado a algunas conclusiones que quiero poner en común en éste, mi blog de cuestionamientos y perogrulladas.

Se me plantea en esta ocasión la duda sobre la formación de ciertos femeninos, aunque debería decirse femeninas, además de que deberían estar ya creados de serie, pues parece que el origen de todo es el masculino y a partir de esa palabra se forma el femenino, como lo de la creación de Eva, vamos, partiendo de una costilla de Adán. En fin, que no entiendo por qué hay palabras en femenino cuando ya la misma palabra es en sí femenina. Esto es como lo de ¿por qué todo junto se escribe separado y separado se escribe todo junto? Paradojas del lenguaje.

Mi dilema esta vez se centra en palabras que en masculino terminan en o o en e, cuyo femenino creo que no está muy claro, como tigre, del que yo aprendí en el colegio como su femenino tigresa, o de vampiro vampiresa, resultando en unos significados en ambos casos que suelen ser aplicados a mujeres haciendo referencia a cierto carácter sexual. Parece ser que, en la actualidad, para evitar ese tipo de referencias, se acepta o aconseja tigra y vampira, aunque me parece que el DRAE no lo ha hecho oficial. Y es por eso que me inquieta pensar en cómo deberíamos llamar a la mujer que desempeña un cargo público al frente de la administración política de una ciudad, municipio o pueblo, lo que venimos conociendo como alcaldesa. Tal y como están los tiempos me parece que deberían llamarse alcalda; bastante tienen con la que cae.

Entre otras cosas, digo yo que menos mal que a nadie se le ocurrió llamarnos hombra u hombresa; creo que, afortunadamente somos mujeres y con eso ya queda marcada una gran diferencia, la cual, pienso, puede favorecernos prácticamente en la misma medida que puede perjudicarnos. Y es que, me parece a mí, que la intencionalidad radica en el pensamiento, y que la palabra, por mucho que exista para expresarlo, puede dar lugar a equívocos. Porque es cierto que siendo hombres y mujeres, todos los seres humanos y las seras humanas tenemos nuestro lugar en el mundo (aunque creo que las mujeres ganamos por mayoría) con un nombre que nos designa a cada cual según su naturaleza sin que nada indique una derivación de una con respecto del otro (como lo que decía de la costilla de Adán o la formación del femenino gramaticalmente hablando). Hasta aquí todo fenomenal. Pero es que luego vienen los hombres y, por el arte de birlibirloque, se les ocurre decir que el hombre es un ser superior a la mujer, que debe estar por encima de ella y, dicho y hecho, opresión al canto, discriminación, yugo, obediencia, inferioridad...
Por eso es que opino que las palabras no arreglan nada.

Pero, si acaso se produjera un inesperado consenso a nivel mundial -por cierto, yo abogo por el esperanto- y se decidiera entre todos una solución válida para conseguir, por medio del lenguaje, la igualdad entre hombres y mujeres de una vez por todas, tal vez deberíamos indagar en la forma de nombrar las profesiones según sean desempeñadas por hombres o por mujeres. Así, si el hombre es hombre y la mujer mujer, si lo masculino es masculino y lo femenino femenino, no tenemos por qué llamar a los oficios o profesiones desempeñados por mujeres con una palabra derivada del masculino para convertirla en femenina, simplemente deberíamos crearla sin más.

Se me han ocurrido sobre la marcha algunos ejemplos. Espero que me perdonen los estudiosos y las estudiosas de filología, evidentemente eso no es lo mío.

Resultaría, pues, el ejercicio de la ciencia médica, en médicos y fédicas, por ejemplo. Los médicos serían hombres y las fédicas mujeres. La disciplina ejercida en este campo por una mujer sería entonces la Fedicina.

Si la especialidad en la que trabajan es la psiquiatría, la mujer sería la psiquiatra y el hombre el loquero.¿Por qué? Pues porque la palabra psiquiatra ya en sí es femenina (aunque en su día nos la usurparan los hombres, que ni siquiera tuvieron la decencia de ponerle una o final, aunque solo fuera para disimular.

Así, las taxistas, como su nombre indica, serían mujeres y los conductores de taxi, o simplemente taxiconductores, hombres, que también podrían ser denominados taxihombres, taxistas masculinos, machotaxistas, penetaxistas o taxistas penados, etc., hay una amplia gama de posibilidades.

Los abogados serían los hombres que ejercen el derecho, la defensa de la justicia (palabra femenina por excelencia, aunque tal vez por ello le cueste tanto la subsistencia), y las mujeres que lo hacen se podrían llamar defensoras de la justicia o simplemente justidefensoras o femijusticieras.

Por supuesto que todo esto no tiene ni pies ni cabeza, solo pretendo con ello expresar mis reflexiones que irremediablemente me llevan a la conclusión de lo absurdo o infructuoso que me resulta este pifostio del género de las palabras en defensa de la igualdad.

Suerte que, según parece, en el futuro todos y todas seremos hermafroditas..., es lo que siempre he oído que se dice del caracol, que ya nos lleva muchos años de adelanto en eso, pero entonces ¿quién es la caracola?.

V. E.


sábado, 26 de enero de 2013

El género de las palabras



A colación sobre las palabras que designan profesiones que pueden ser desempeñadas tanto por hombres como por mujeres, a saber: todas, a menudo se me presentan no pocas dudas. Siempre he pensado que no es ninguna deshonra para cualquier mujer que se precie que se diga la médico, la abogado, la ingeniero, la soldado... Pero al parecer las corrientes que hoy día abogan por situar a las mujeres en el lugar que nos corresponde no solo están de acuerdo sino que lo viven como una exigencia el pretender que se diga abogada, médica, ingeniera, jefa, etc., modos que al parecer no solo están permitidos por la RAE sino que los designan como correctos, es decir, que otra cosa al respecto sería incorrecta.

Varias son entonces las objeciones que me vienen a la cabeza, si las mujeres, como tales, deberíamos exigir que se cumpla esta diferenciación, lo cual parece ser que implica ponernos en nuestro lugar, creo que no deberíamos entonces conformarnos con que a una cantante de ópera se diga de ella que es soprano así como tampoco una “top model”, término aceptado en España en cuanto a la jerga de la moda, debería consentir que se la llame modelo.

Y si de moda hablamos, al parecer hoy día ya está admitida por la RAE la palabra modisto para representar a un hombre que se dedica al diseño y/o confección de prendas de ropa, mientras que modista sigue siendo común a los dos géneros (como taxista y periodista).

Dice la Wikipedia, a propósito de este tema: “El modista acuerda con su cliente el tipo de ropa que va a confeccionar concretando los detalles de la misma referidos a formas, colores, material, acabados, etc. Toma medidas establecidas (según el estudio de este oficio) del cuerpo para establecer las dimensiones que adoptarán las prendas, desarrolla la moldería, corta la tela , cose una toile, (denominada así por los modistas franceses) y resuelve con su cliente las terminaciones del diseño”.
He subrayado los términos modista y cliente para observar cómo son empleados como palabras neutras, que pueden referirse tanto al femenino como al masculino.

En principio no es que me parezca mal que, según de qué forma, se corrija nuestro idioma, siempre que con ello se contribuya a favorecer la igualdad de las mujeres, con lo que no estoy de acuerdo es con las chapuzas, con los cambios realizados sobre la marcha y a la ligera creyendo que estamos haciendo un bien en pro del feminismo cuando estamos dejando hilos sin rematar que lo único que pueden hacer es crear enredos.

Pienso que, si lo correcto es decir médica o abogada, se impone corregir otros términos que indican profesiones y que acaban en a porque, me parece a mí, nos están perjudicando de igual manera. Por ejemplo, si decimos de alguien que es psiquiatra o pediatra, debemos anteponerle el artículo, masculino o femenino, para diferenciar si hablamos de un hombre o una mujer, e igualmente sucede si nos referimos a un taxista o una taxista. ¿Qué ocurre entonces? que las mujeres que se dedican a estas profesiones estarán en inferioridad de condiciones que las que diferencian la terminación según se refiera al masculino o al femenino. Podría suceder igualmente que los hombres protestaran y al ver que a una mujer se le dice que es médica, exigieran, con toda razón, llamarse taxistos, psiquiatros, artistos, periodistos, etc., igual que ha sucedido con los modistos.

Otro problema que observo es que últimamente hay cierta reticencia por parte de las mujeres que escriben poesía en ser llamadas poetisas. Esto me viene dando vueltas en la cabeza desde hace cierto tiempo y, según algo que leí, al parecer es debido a que esa feminización de la palabra poeta que la convierte en poetisa, resulta en un término que suena despectivo y las mujeres que reivindican sus derechos prefieren que se las designe como poetas, lo cual me lleva al mismo punto de antes. ¿Cómo diferenciarnos entonces las poetas de los poetas? Pues, no me queda más que la opción de llamar a los hombres poetos.

En cuanto a las palabras que no terminan ni en a ni en o, como las acabadas en e o en consonante, sigo encontrando también dilema. ¿El femenino de jefe es jefa?, ¿el de cliente es clienta?, ¿el de presidente, presidenta? Yo pensaba que esas palabras acabadas en e hacían referencia a un neutro que vale lo mismo para hombre que para mujer. No veo problema en hablar de la cliente ni de la jefe, ni de la juez o de la alférez. ¿Por qué hemos de pensar que que estos términos implican masculinidad? Pero si de todas formas antiguamente la alcaldesa era la mujer del alcalde...

¿Por qué existen animales que pueden ser nombrados de manera diferenciada si son machos o si son hembras y en cambio hay otros que no, que es necesario especificar si es macho o hembra? Podemos decir león o leona, perro o perra, gato o gata, tigre o tigresa... ¿Deberíamos quizás referirnos a la mujer que compra en una tienda como clientesa? No nos referimos a la señora que ejerce la alcaldía como alcalda sino como alcaldesa. Volviendo a los animales ¿por qué la jirafa, la cebra, la hiena o la rana machos están discriminados?

Para mí la cuestión es clara, o se reforma nuestra lengua española en busca de una igualdad en la que queden claramente diferenciados los términos que hacen referencia al masculino de una profesión de los que hacen referencia al femenino, o tiramos por el camino de en medio y creamos palabras neutras o comunes que valgan tanto para designar a hombres como a mujeres, es decir, a seres humanos (¿y seras humanas?), a personas (¿y personos?). Me queda, así pues, esa otra opción de permitir que la médico sea una mujer que ejerce la medicina y la taxista sea una mujer que conduce un taxi y nos traslada de un lugar a otro. Para mí, se impone una revisión de toda la lengua para ser adaptada a los tiempos que corren, las chapuzas no me gustan, porque, de continuar en el punto que estamos, se corre el riesgo de ser juzgados mal, de ser malinterpretados, según empleemos un término u otro.

Por otra parte, a mi modo de ver, ¿qué más da que quien revise nuestra salud o nos extienda una receta sea hombre o mujer, que quien nos defienda en un juicio sea hombre o mujer, que quien nos traslade en su taxi sea hombre o mujer, que quien esté por encima de nosotros en un trabajo sea hombre o mujer, que quien esté al frente de un gobierno sea hombre o mujer...? lo importante es que tenga la capacidad suficiente para ejercer correctamente su profesión y esto, creo que hoy día ya no tiene vuelta de hoja y, si alguien cree que sí, que se enmiende y aprenda; creo que está suficientemente demostrado que una mujer puede ejercer cualquier profesión igual que un hombre, aunque no por ello cualquier mujer puede ejercer cualquier profesión igual que cualquier hombre no puede ejercerla tampoco. Creo que las personas, por el hecho de serlo, independientemente de nuestro sexo, tenemos unas capacidades que podemos desarrollar a lo largo de nuestra vida, unas tendencias en lugar de otras, unos talentos y no otros, y esos son los que debemos fomentar, y nada tiene que ver esto con ser mujer o ser hombre.

V. E.