Hoy quería hablaros de que ahora las
cosas no son como antes. Menuda perogrullada, lo sé, pero es que es
así, aunque... tampoco estoy segura del todo..., es que creo que
precisamente están volviendo a ser como antes.
No recuerdo ya desde hace cuánto en
España veníamos disfrutando de una política social que, al menos,
nos permitía hacer todo tipo de trámites relativos a organismos
oficiales o gubernamentales, a la administración pública y demás,
de manera gratuita. Y es que, casi sin darnos cuenta, todas aquellas
personas que habíamos nacido y vivido nuestra infancia en la época
franquista, que hemos sido testigos de una transición y que hemos
gustado el cambio y saboreado la democracia, nos habíamos ido
acostumbrando a vivir con toda naturalidad aquello que, en principio,
nos parecía como una panacea, como un cuento de ficción en un país
de maravillas.
Recuerdo los tiempos en que cualquier
trámite, por pequeño o grande que fuera, no solo te obligaba a
hacer colas interminables, a demorar un tiempo precioso en el que te
iban enviando de un lugar a otro, de una ventanilla a otra y de un
día a otro sin que uno vislumbrara siquiera el final de tales
periplos. A veces aún ocurre, para qué nos vamos a engañar. Pero
no cabe duda de que la informatización de cualquier trámite o
proceso lleva un camino adelantado inimaginable en aquellos tiempos.
Algunas solicitudes incluso las podemos hacer cómodamente sentados
ante nuestro ordenador y, mientras los trámites van llevando su
curso, podemos dedicarnos a nuestras tareas diarias.
Otra de las cosas que aún recuerdo
como pintorescas era lo que había que pagar por cualquier trámite
por mínimo que fuera. Cualquier impreso, papel para formulario,
instancia, sello, timbre, certificación, etc., había que pagarlo.
Uno iba a pedir una información y para que te la pudieran dar debías
rellenar un formulario, que no era más que un papel impreso en el
que responder a unas cuestiones, el cual debías pagarlo. Una vez
pagado lo retirabas de ventanilla, te sentabas a rellenarlo y debías
presentarte en otra ventanilla o mostrador para entregarlo. Para que
constara como entregado debían plasmar en él un sello, y para que
pudieran plasmarlo en tu documento, debías pagar unas tasas. Para
que quedara constancia de que tú habías abonado esas tasas, te
daban (mejor dicho, vendían) otro documento impreso que debías
firmar y entregar en otra ventanilla, pero claro, naturalmente tenías
que pagarlo. Una vez pagado ya lo podías retirar, firmar y entregar
en la siguiente ventanilla, pero, ojo, no te lo podían recoger si no
pagabas otra cantidad en concepto de entregado. Muy bien, tú
pagabas, entregabas ese justificante y cuando creías que ya estaba
todo solucionado, el funcionario o funcionaria correspondiente te
advertía de que no serviría de mucho si tú no guardabas una copia
del mismo, por lo que era necesario adquirir un papelito igual, solo
que éste rosa, que había que pagarlo, por supuesto, y se compraba
en otro mostrador. Después de hacer una nueva cola en el mostrador
donde venden las copias en rosa, debías llevarlo firmado a la
ventanilla anterior y, como es natural, al entregarlo, pagar una
cantidad por ello, si no, por supuesto, no te lo admitían. Bueno, no
había más remedio que pagar porque no se iba uno a dejar el trámite
a medias, pero, ya que estabas pagando la que creías era la última
tasa de la gestión del día, el funcionario o funcionaria te
advertía que era necesaria una copia de color amarillo para enviar a
Madrid, ya que, en su defecto, todo el trámite que habías hecho y
que te había llevado una mañana entera desde las 8 hasta bien
entrada la hora de comer, no tendría validez alguna y era como si no
hubieras entregado el papel blanco relleno y sellado ni te hubieras
llevado la copia rosa; el amarillo era el que definitivamente te
permitiría acceder a tramitar tu solicitud, sea cual fuere.
Así que no quedaba otra que aguantar
un poco el hambre, volver a hacer otra cola, ésta en el mostrador de
instancias dirigidas a la central, o sea, la capital, o sea, Madrid,
comprar un sobre en el estanco de enfrente, volver a hacer cola para
entregar el sobre y que el empleado introdujera tu papelito amarillo
dentro, y pagar unas tasas que incluían los sellos de correos, el
diez por ciento del sueldo del empleado de la oficina que debía
echar el sobre en el buzón, el cafelito del empleado de correos al
que le tocara manipular la saca donde se incluía tu sobre, las
dietas del empleado del ministerio que debía hacerse cargo de la
recogida y distribución de las instancias una vez en Madrid y un
tanto por ciento del abrigo de pieles que el ministro de finanzas le
regalaría a su señora esposa el día 14 de febrero, día de la
festividad de San Valentín.
Una vez abonadas todas las tasas,
completados todos los trámites, entregados todos los papelitos,
firmados todos los documentos, después de haber aguantado todas las
colas pertinentes, ya podías irte a tu casa con esa agradable
sensación del deber cumplido y las cosas bien hechas, y qué bien te
sentaba el cocido después del desgaste de energía sufrido con tanto
ir y venir del mostrador a la ventanilla, de la ventanilla al estanco
y del estanco al mostrador. Ya podías echarte a dormir una buena
siesta después con la conciencia tranquila.
Al cabo de unos tres meses,
aproximadamente, recibías una carta, con un llamativo sobre color
crema, con membrete oficial del Ministerio, que te traía a la puerta
de tu casa un cartero con gorra y uniforme azul marino y que te pedía
que firmaras un impreso, ya que el documento venía certificado, pero
no lo podías abrir hasta que no pagaras el importe de la
certificación; hasta entonces el cartero no soltaba el sobre de su
mano. Una vez abonado el importe y echada la firmita, el cartero se
iba y tú corrías a por un cuchillo (que siempre se suele encontrar
alguno antes que un abrecartas en una casa) para abrir el sobre con
la expectación lógica por conocer la respuesta a tu solicitud,
aquella que en su día te costó tanto sudor.
Uffff, noooo, desgraciadamente, tu
solicitud había sido denegada porque tenías que haber acompañado
la documentación de un papel verde que, era más caro, pero te
aseguraba que tu solicitud fuera aceptada y te hubieran concedido la
posibilidad de presentar otro informe más exhaustivo que casi casi
te garantizaba el acceso a formar parte de unos archivos de los
cuales tus datos pasarían a formar parte para, en el día de mañana,
optar por acceder a la información sobre una de esas ayudas posibles
que el gobierno tenía previsto poner en marcha, si alcanzaban los
presupuestos del estado, y cuya concesión dependería de los hijos
que hubieras tenido hasta entonces y que no hubieran cumplido los 21
años y, por supuesto, que estuvieran vivos y bautizados en la fe
católica.
Ahora, con el gobierno de Rajoy, no sé
si volverán a obligarnos a profesar la fe católica, aunque tampoco
creo que Rajoy pretenda ser más papista que el Papa, y si el
susodicho dimite ¿por qué no vamos a poder dimitir nosotros?, pero,
por el momento, ya nos están haciendo pagar por entregar
solicitudes, demandas de ayudas y papeleos o trámites de ese tipo.
Es decir, que tal y como nos están planteando la vida a los
ciudadanos de a pie, a los que creíamos pertenecer a esa mayoritaria
clase media, que ahora ya se encuentra camino del tercermundismo, la
mendicidad o la vagabundería, que nos estamos viendo obligados a
solicitar ayudas gubernamentales para poder sobrevivir en una
sociedad que se está empobreciendo a pasos agigantados, ayudas que
sabemos, porque la ingenuidad en estos tiempos es mala consejera, que
no nos concederán porque el dinero blanco escasea mientras que el
dinero negro ha volado de nuestras fronteras, resulta que debemos
pagar por ello; o sea, que hemos de hacer un desembolso a cambio de
nada, pagar por un servicio que es ficticio, virtual en el más puro
significado del término, es decir, que pretenden hacernos caer en el
antaño famoso timo de la estampita.
Así, por entregar
una solicitud de ayuda económica ante una situación de urgente
necesidad a la que el ciudadano no puede hacer frente porque su
precaria economía no le alcanza, deberá pagar 20€, los cuales,
como la lógica debe hacernos pensar, son a fondo perdido, es decir,
que se trata de un desembolso a cambio de nada, porque sabemos que si
nos están pidiendo dinero por entregar un papel es porque no hay
para esa ayuda que pretendemos. Vamos, como si un pordiosero en la
puerta de Mercadona te extiende su mano farfullando que necesita una
ayuda para comer y tú le dices que te adelante 10 € para ver si
le puedes dar algunos alimentos de los que compres y, cuando sales
con tu bolsa llena le espetas que lo sientes mucho pero que no has
tenido bastante para comprar nada para él, que todo lo que llevas en
tu bolsa es para tu casa y que tu dinero no te alcanzaba y has tenido
que echar mano de sus 10€.
V. E.
Después de escribir este artículo, de denuncia pero en un tono jocoso con el que intentaba desdramatizar la situación que estamos viviendo actualmente en España, me entero de un nuevo suicidio, ocurrido en mi localidad, de una persona a la que, encontrándose en una situación de extrema necesidad familiar, los Servicios Sociales han denegado ayuda. ¡Imposible desdramatizar!
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