Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada

viernes, 1 de marzo de 2013

Pagar a cambio de nada



Hoy quería hablaros de que ahora las cosas no son como antes. Menuda perogrullada, lo sé, pero es que es así, aunque... tampoco estoy segura del todo..., es que creo que precisamente están volviendo a ser como antes.

No recuerdo ya desde hace cuánto en España veníamos disfrutando de una política social que, al menos, nos permitía hacer todo tipo de trámites relativos a organismos oficiales o gubernamentales, a la administración pública y demás, de manera gratuita. Y es que, casi sin darnos cuenta, todas aquellas personas que habíamos nacido y vivido nuestra infancia en la época franquista, que hemos sido testigos de una transición y que hemos gustado el cambio y saboreado la democracia, nos habíamos ido acostumbrando a vivir con toda naturalidad aquello que, en principio, nos parecía como una panacea, como un cuento de ficción en un país de maravillas.

Recuerdo los tiempos en que cualquier trámite, por pequeño o grande que fuera, no solo te obligaba a hacer colas interminables, a demorar un tiempo precioso en el que te iban enviando de un lugar a otro, de una ventanilla a otra y de un día a otro sin que uno vislumbrara siquiera el final de tales periplos. A veces aún ocurre, para qué nos vamos a engañar. Pero no cabe duda de que la informatización de cualquier trámite o proceso lleva un camino adelantado inimaginable en aquellos tiempos. Algunas solicitudes incluso las podemos hacer cómodamente sentados ante nuestro ordenador y, mientras los trámites van llevando su curso, podemos dedicarnos a nuestras tareas diarias.

Otra de las cosas que aún recuerdo como pintorescas era lo que había que pagar por cualquier trámite por mínimo que fuera. Cualquier impreso, papel para formulario, instancia, sello, timbre, certificación, etc., había que pagarlo. Uno iba a pedir una información y para que te la pudieran dar debías rellenar un formulario, que no era más que un papel impreso en el que responder a unas cuestiones, el cual debías pagarlo. Una vez pagado lo retirabas de ventanilla, te sentabas a rellenarlo y debías presentarte en otra ventanilla o mostrador para entregarlo. Para que constara como entregado debían plasmar en él un sello, y para que pudieran plasmarlo en tu documento, debías pagar unas tasas. Para que quedara constancia de que tú habías abonado esas tasas, te daban (mejor dicho, vendían) otro documento impreso que debías firmar y entregar en otra ventanilla, pero claro, naturalmente tenías que pagarlo. Una vez pagado ya lo podías retirar, firmar y entregar en la siguiente ventanilla, pero, ojo, no te lo podían recoger si no pagabas otra cantidad en concepto de entregado. Muy bien, tú pagabas, entregabas ese justificante y cuando creías que ya estaba todo solucionado, el funcionario o funcionaria correspondiente te advertía de que no serviría de mucho si tú no guardabas una copia del mismo, por lo que era necesario adquirir un papelito igual, solo que éste rosa, que había que pagarlo, por supuesto, y se compraba en otro mostrador. Después de hacer una nueva cola en el mostrador donde venden las copias en rosa, debías llevarlo firmado a la ventanilla anterior y, como es natural, al entregarlo, pagar una cantidad por ello, si no, por supuesto, no te lo admitían. Bueno, no había más remedio que pagar porque no se iba uno a dejar el trámite a medias, pero, ya que estabas pagando la que creías era la última tasa de la gestión del día, el funcionario o funcionaria te advertía que era necesaria una copia de color amarillo para enviar a Madrid, ya que, en su defecto, todo el trámite que habías hecho y que te había llevado una mañana entera desde las 8 hasta bien entrada la hora de comer, no tendría validez alguna y era como si no hubieras entregado el papel blanco relleno y sellado ni te hubieras llevado la copia rosa; el amarillo era el que definitivamente te permitiría acceder a tramitar tu solicitud, sea cual fuere.
Así que no quedaba otra que aguantar un poco el hambre, volver a hacer otra cola, ésta en el mostrador de instancias dirigidas a la central, o sea, la capital, o sea, Madrid, comprar un sobre en el estanco de enfrente, volver a hacer cola para entregar el sobre y que el empleado introdujera tu papelito amarillo dentro, y pagar unas tasas que incluían los sellos de correos, el diez por ciento del sueldo del empleado de la oficina que debía echar el sobre en el buzón, el cafelito del empleado de correos al que le tocara manipular la saca donde se incluía tu sobre, las dietas del empleado del ministerio que debía hacerse cargo de la recogida y distribución de las instancias una vez en Madrid y un tanto por ciento del abrigo de pieles que el ministro de finanzas le regalaría a su señora esposa el día 14 de febrero, día de la festividad de San Valentín.
Una vez abonadas todas las tasas, completados todos los trámites, entregados todos los papelitos, firmados todos los documentos, después de haber aguantado todas las colas pertinentes, ya podías irte a tu casa con esa agradable sensación del deber cumplido y las cosas bien hechas, y qué bien te sentaba el cocido después del desgaste de energía sufrido con tanto ir y venir del mostrador a la ventanilla, de la ventanilla al estanco y del estanco al mostrador. Ya podías echarte a dormir una buena siesta después con la conciencia tranquila.

Al cabo de unos tres meses, aproximadamente, recibías una carta, con un llamativo sobre color crema, con membrete oficial del Ministerio, que te traía a la puerta de tu casa un cartero con gorra y uniforme azul marino y que te pedía que firmaras un impreso, ya que el documento venía certificado, pero no lo podías abrir hasta que no pagaras el importe de la certificación; hasta entonces el cartero no soltaba el sobre de su mano. Una vez abonado el importe y echada la firmita, el cartero se iba y tú corrías a por un cuchillo (que siempre se suele encontrar alguno antes que un abrecartas en una casa) para abrir el sobre con la expectación lógica por conocer la respuesta a tu solicitud, aquella que en su día te costó tanto sudor.

Uffff, noooo, desgraciadamente, tu solicitud había sido denegada porque tenías que haber acompañado la documentación de un papel verde que, era más caro, pero te aseguraba que tu solicitud fuera aceptada y te hubieran concedido la posibilidad de presentar otro informe más exhaustivo que casi casi te garantizaba el acceso a formar parte de unos archivos de los cuales tus datos pasarían a formar parte para, en el día de mañana, optar por acceder a la información sobre una de esas ayudas posibles que el gobierno tenía previsto poner en marcha, si alcanzaban los presupuestos del estado, y cuya concesión dependería de los hijos que hubieras tenido hasta entonces y que no hubieran cumplido los 21 años y, por supuesto, que estuvieran vivos y bautizados en la fe católica.

Ahora, con el gobierno de Rajoy, no sé si volverán a obligarnos a profesar la fe católica, aunque tampoco creo que Rajoy pretenda ser más papista que el Papa, y si el susodicho dimite ¿por qué no vamos a poder dimitir nosotros?, pero, por el momento, ya nos están haciendo pagar por entregar solicitudes, demandas de ayudas y papeleos o trámites de ese tipo. Es decir, que tal y como nos están planteando la vida a los ciudadanos de a pie, a los que creíamos pertenecer a esa mayoritaria clase media, que ahora ya se encuentra camino del tercermundismo, la mendicidad o la vagabundería, que nos estamos viendo obligados a solicitar ayudas gubernamentales para poder sobrevivir en una sociedad que se está empobreciendo a pasos agigantados, ayudas que sabemos, porque la ingenuidad en estos tiempos es mala consejera, que no nos concederán porque el dinero blanco escasea mientras que el dinero negro ha volado de nuestras fronteras, resulta que debemos pagar por ello; o sea, que hemos de hacer un desembolso a cambio de nada, pagar por un servicio que es ficticio, virtual en el más puro significado del término, es decir, que pretenden hacernos caer en el antaño famoso timo de la estampita.

Así, por entregar una solicitud de ayuda económica ante una situación de urgente necesidad a la que el ciudadano no puede hacer frente porque su precaria economía no le alcanza, deberá pagar 20€, los cuales, como la lógica debe hacernos pensar, son a fondo perdido, es decir, que se trata de un desembolso a cambio de nada, porque sabemos que si nos están pidiendo dinero por entregar un papel es porque no hay para esa ayuda que pretendemos. Vamos, como si un pordiosero en la puerta de Mercadona te extiende su mano farfullando que necesita una ayuda para comer y tú le dices que te adelante 10 € para ver si le puedes dar algunos alimentos de los que compres y, cuando sales con tu bolsa llena le espetas que lo sientes mucho pero que no has tenido bastante para comprar nada para él, que todo lo que llevas en tu bolsa es para tu casa y que tu dinero no te alcanzaba y has tenido que echar mano de sus 10€.


V. E.


Después de escribir este artículo, de denuncia pero en un tono jocoso con el que intentaba desdramatizar la situación que estamos viviendo actualmente en España, me entero de un nuevo suicidio, ocurrido en mi localidad, de una persona a la que, encontrándose en una situación de extrema necesidad familiar, los Servicios Sociales han denegado ayuda. ¡Imposible desdramatizar!
 

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