Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada

lunes, 18 de marzo de 2013

LA PSICOPATÍA EN EL CINE (III)


La piel que habito”

-Las dos caras de la psicopatía-



Con un abordaje diferente, ya os hablé hace unos días sobre La piel que habito en mi blog Adictos en serie”, tras un visionado por televisión en el canal 1. Hoy mi enfoque se centra en el tema de la Psicopatía en el cine, sección a la que vengo dedicando un pequeño espacio en este otro,“Inmersos en la vida diaria”.

Aviso: Este texto podría contener SPOILERS para quienes no hayan visto la película


Paradoja y falsas apariencias

La piel que habito es para mí la película de las mil paradojas y las falsas apariencias. En este film Almodóvar, como tantas otras veces, juega al juego de mostrar lo que no es bajo la apariencia de lo que es o desenmascarar lo que se esconde bajo la apariencia de lo que no es. En el fondo todos llevamos un hombre o una mujer dentro aunque seamos respectivamente mujer u hombre, y todos llevamos también una bestia aunque nuestra apariencia sea de lo más civilizada o angelical. Todos podemos ser a la vez Bella y Bestia, Ann y King Kong, Pigmalión y Galatea, María Vargas y el Conde Vincenzo Torlato Favrini, el Dr. Jekill y Mr. Hyde.

El refranero popular español intenta convencernos de que “el hábito no hace al monje” o de que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y en parte estos dos refranes tienen razón pues uno conserva en lo más profundo de su ser la esencia de lo que en realidad es; sin embargo, esa esencia, ese sentir particular de cada uno, lo expresa de forma tácita en su atuendo, en su estilo, en sus tendencias a la hora de vestir, en la forma en que se muestra ante los demás o, más aún, ante el espejo. Como alega el lema de un reciente spot publicitario: “tu ropa eres tú” (y Norit te la cuida). Aprendemos el arte de vestir igual que podemos aprender el arte de desnudarnos. Podemos sentirnos Inés de la Fressange o podemos identificarnos con Gilda. Podemos enfundarnos en un “terciopelo azul” o sentir la libertad al desvestirnos graciosa y sensualmente al ritmo de “You can leave your hat on”.

Pero nadie mejor para jugar a este juego de las apariencias que un psicópata. El psicópata es un verdadero actor en la vida real. Adquiere el aspecto que le conviene y se imbuye en el disfraz que desea mostrar.

Parece que el, por el momento, penúltimo film de Almodóvar está envuelto en un clima que podría llamar psicopático. A Marilia (Marisa Paredes), el ama de llaves del Dr. Ledgard (Antonio Banderas), le gusta vestir el uniforme que la hace sentir cómoda, el sobrio uniforme que la identifica consigo misma, aquél que le recuerda su cualidad servil, porque ella, ante todo, ha nacido para servir a los demás, en especial a Robert, y ese uniforme “la acerca más a él”. Marilia, pobrecita ella, en realidad viste el atuendo de la desgracia, luce el disfraz de la tragedia. Como ella misma comenta en un momento dado de la cinta, lleva la “semilla de la locura” en su vientre, y es que ella ha parido dos hijos que, cada uno dentro de una tipología diferente, son auténticos psicópatas.

Robert Ledgard, el protagonista de La piel que habito es uno de esos psicópatas integrados que, por circunstancias de la vida, ha llegado a un estatus social importante y tiene un trabajo, una posición y un estilo de vida por encima de la media, con una reputación como eminente científico y cirujano.
Zeca (Roberto Álamo), sin embargo, vivió su infancia fuera de las fronteras españolas, lejos de su madre, y se crió en un ambiente de los bajos fondos brasileños, entre delincuentes y drogadictos, dedicándose al trapicheo con la droga desde muy niño.
Ambos son hijos de Marilia, de padres diferentes, y ellos ni siquiera saben que son hermanastros.

Robert y Zeca, son auténticos criminales desalmados, pero, mientras que Zeca es como una especie de bestia humana que no se corta un pelo a la hora de realizar la fechoría que le venga en gana, ya sea robo, violación u homicidio, Robert se dedica a otro tipo de fechorías más sofisticadas, más soterradas o encubiertas.

Paradójicamente Robert no se esconde bajo ninguna máscara visible para cometer sus crímenes, como hace Zeca, que asalta bancos cubierto al estilo de los cacos, aunque las cámaras de vigilancia lo descubren en un acto criminal manifiesto, por lo que mata a uno de los vigilantes, y, al ser perseguido por la policía, se ve obligado a esconderse bajo la piel de un disfraz de tigre salvaje. Pero ese disfraz de tigre no hace sino resaltar las cualidades de bestia humana de las que Zeca hace alarde. Zeca actúa, por así decirlo, a pecho descubierto, escondiéndose después donde puede y como puede, y refleja en sus atuendos la clase de persona que es. Robert, por el contrario, actúa desde la ocultación, desde la simulación, encubierto por una reputación de persona importante, de científico que realiza experimentos en bien de la humanidad, y para ello no necesita de ninguna otra máscara adicional, él puede mostrar su rostro con total libertad y sus fechorías quedan encubiertas tras la fachada de la medicina o la investigación científica. La apariencia de Robert, en oposición a la de Zeca, es elegante y depurada y viste de manera convencional acorde a su trabajo y a su estatus social.

Sin embargo, hay un momento de la película en que Robert, para poder llevar a cabo sus planes, necesita actuar por la fuerza, utilizar la violencia, como si el acto de secuestro que lleva a cabo no fuera perpetrado por él sino por algún esbirro, para lo cual se fabrica una especie de máscara que le desfigura sus facciones y lo hace, en cierto modo, irreconocible, actuando con nocturnidad.


El amor del psicópata

Como ya he dejado entrever en otras ocasiones, el psicópata no ama de una manera convencional, en el sentido de albergar sentimientos hacia otra persona que implicarían alguna forma de empatía. En todo amor erótico hay implícito un factor de posesión, en mayor o menor grado según la persona que es sujeto del mismo; conlleva también una atracción sexual, pero no tiene por qué implicar unos sentimientos de deseo del bien para la otra persona, no tiene por qué mover a la entrega hacia el otro ni a la empatía.

En el amor de pareja se supone que lo ideal es la entrega mutua, un intercambio de sentimientos amorosos, de darse a sí mismo y de deseo, de necesidad del otro y generalmente, a pesar de ciertos desacuerdos provocados por los respectivos egos, es de esa manera como la gente normal se plantea una relación de pareja o un matrimonio. “Yo te quiero para mí, te deseo físicamente, deseo compartir mi vida o mi tiempo contigo y deseo para ti todo el bien posible, quiero tu felicidad”, podría ser éste el resumen de la idea genérica que las personas tenemos sobre el amor.

Pero, por lo que llevo observado de los psicópatas, ellos o ellas sí que son capaces de enamorarse y hasta de dedicar una faceta de exclusividad al ser amado. Sin embargo habría que tener en cuenta que ese amor, esa exclusividad estaría enfocada en la posesión, la persona amada sería como el bien más preciado del psicópata, ya sea cónyuge, hijos, familia, en definitiva. Pero, para el psicópata, esos seres queridos que son de su posesión no alcanzan el estatus de igualdad sino que para él son meros objetos, por valiosísimos que estos sean.

Para el psicópata, su mujer, su novia, su amada, es su posesión. La quiere bella, la quiere perfecta, pero sobre todo la quiere para su pertenencia, para su orgullo y para su satisfacción. Si el psicópata sufre por un mal causado en la persona amada no es tanto por la idea de que su amada sufra sino porque ello supone una gran ofensa para él. Si alguien hiere al objeto de su amor, es un agravio hacia él porque le han deteriorado una pertenencia, quizás la más importante; si alguien mata a la persona amada, no puede haber mayor ofensa para el psicópata porque le han arrebatado su bien más preciado.


El deseo de venganza, la superioridad y la omnipotencia

En cierto modo, todos, psicópatas o no, compartimos esa forma de sentimiento. Si nos matan a un ser querido, sentimos un gran dolor porque nos arrebatan algo muy preciado para nosotros y eso desencadena un sentimiento de odio hacia la persona o personas que nos hayan arrebatado la vida del ser querido y, en consecuencia, nace en nosotros una necesidad de venganza, que no necesariamente ponemos en práctica a nuestro antojo, pues podemos canalizarla de muy diversas formas y, generalmente, apelamos a la justicia como la forma más civilizada de resarcir el dolor causado.

El psicópata ni más ni menos sufre la pérdida, la agresión o el deterioro de la persona amada, de quien se considera dueño y señor. Por eso él es el más agraviado u ofendido cuando alguien agrede o mata al objeto de su amor. Por eso, también, hay psicópatas que no tienen el menor inconveniente en cargarse a su pareja, a su cónyuge o incluso a sus hijos; como son sus pertenencias, se puede deshacer de ellas en el momento que quiera. Si estos seres no son como el psicópata quiere o le gusta que sean, tiene todo el derecho de quitárselos de en medio porque no le sirven para su satisfacción. Pero si es otro quien decide por voluntad propia agredir, violar o matar a la persona amada de un psicópata, entonces toda la fuerza de la venganza caerá sobre él o ella porque se ha atrevido a agredir de esa forma a un todopoderoso ser que está por encima de todos los demás, que tiene más derechos que nadie y que se merece mucho más que cualquier otro ser y, por tanto, se puede permitir y se permite tomarse la justicia por su mano y devolver el daño hecho incluso multiplicado puesto que la categoría del agredido (el psicópata) está por encima de cualquier otra categoría.

El psicópata ha nacido para ser dueño y señor de todo y de todos los que le rodean, ha nacido para hacer única y exclusivamente su voluntad. Tanto Robert como Zeca se sienten dueños de todo lo que quieren o desean y se creen con el total derecho de hacer lo que les plazca con las demás personas y de considerarlas a todas como en una escala inferior, en una escala de servidumbre. Los demás existen en función del psicópata. Esto es algo que Robert y Zeca han aprendido desde bien pequeños con Marilia, si bien sus tácticas de persuasión son muy diferentes. Zeca, a lo bruto, como es él, como el “tigriño” de su madre cuando era pequeño, hasta mostrándole su culo. Robert, como corresponde a su reputación, de manera más sofisticada, educada y provista de correcta hipocresía. Pero ambos, mostrando esa faceta infantil de entre dominio, dependencia y desprotección hacia Marilia, que la hacen ser necesitada y que los conecta con su cualidad de madre.


La culpabilidad de los otros

Tened en cuenta también, como creo ya haber escrito en algún otro de mis posts, que el psicópata nunca se considera culpable o responsable de nada; como él está por encima de todo y de todos y a él se debe todo respeto, cortesía o sumisión porque es un ser superior, él se arroga a sí mismo el derecho de la omnipotencia, mientras que siempre será el otro quien se convierta en reo de culpabilidad.

Cuando Robert, en un momento del sepelio de su hija, le da sus quejas al psiquiatra que se ha encargado del caso de Normita interpelándole sobre por qué la dejó salir para ir a la fiesta, éste, con toda razón, le responde que cómo iba a imaginar él que yendo acompañada por su padre pudieran violarla.


Robert Ledgard

Expuestas estas premisas paso a analizar el rol de Robert Ledgard, el psicópata protagonista de La piel que habito, encarnado por un Antonio Banderas que, para mi gusto, supo abordar con extrema sensibilidad su interpretación, sin llegar a hacer huso de recursos estereotipados ni exagerados, como podrían ser al estilo de Hannibal Lecter, por poner un ejemplo. El psicópata integrado ejerce su psicopatía como la cosa más normal del mundo, simplemente obedece a su naturaleza, y el doctor Ledgard es un eminente científico que lleva a cabo experimentos sofisticados y progresistas en función de un buscado bien para el ser humano, por mucho que para ello se salte todo tipo de reglas deontológicas y convierta a personas en cobayas humanas. Pero Albert Ledgard no es un vulgar delincuente perseguido por la justicia, como lo es Zeca, su contraparte en esta película o la otra cara de la psicopatía, no, él es un científico reconocido y respetado, por mucho que sus experimentos sean abortados oficialmente por un comité que no los considera éticos.

Ledgard posee una bella mujer, Gal y una hija, Norma (Blanca Suárez) y, por mor de aquellos enredos almodovarianos, muy bien contados en La piel que habito y sobre cuyos pormenores no me voy a detener, las pierde a ambas. Las dos mueren por medio del suicidio, si bien sus muertes se habían empezado a gestar en sendos momentos anteriores de sus correspondientes historias a consecuencia de las actuaciones, en cada caso, de dos hombres sobre los que Ledgard deja caer el peso de su venganza por considerarlos culpables, por mucho que él mismo también hubiera formado parte de la trama y, en cierto modo, tuviera su grado de responsabilidad para con ellas. Estos dos hombres son Zeca, a quien mata después de violar salvajemente a Vera (Elena Anaya), aunque en realidad lo culpa, con más saña si cabe, de un hecho anterior que tuvo horribles consecuencias, y Vicente (Jan Cornet), en cuya persona realiza una maquiavélica transformación.


La venganza y el acto psicopático

Como ya analicé en alguna de mis entradas anteriores sobre el tema, una de las obsesiones más comunes de los psicópatas es la venganza, resarcirse del agravio recibido en su persona directamente o en relación a sus pertenencias, y otra, la puesta en marcha de sus actos psicopáticos en un despliegue de medios sofisticados correspondientes a un plan trazado cuyo cumplimiento supone para el psicópata una gran satisfacción porque implica jugar a un juego en el que mueve las fichas a su gusto y en el que obliga a otros a jugar al ritmo que él les marca.

En cierto modo el psicópata es un justiciero, erigido por él mismo. Él tiene el poder suficiente para considerarse juez, jurado y verdugo, y decidir quién puede vivir y cómo, de qué manera, o quién debe morir, y para ello no tiene ningún inconveniente en ser el ejecutor del castigo.

Recordemos en El cabo del miedo cómo Max Cady ponía en marcha su plan de venganza urdido en sus años de prisión con el que dar su merecido al abogado Sam Bowden, utilizando para ello a las personas a las que éste más quiere, su mujer y su hija adolescente. O recordemos también la venganza tramada por Ted Crawford en Fracture, o tantas venganzas cuya puesta en marcha hemos podido saborear los aficionados a la serie Mentes Criminales, en las que hemos visto asesinos en serie repetir una y otra vez sus mismos rituales macabros en los que infligían dolor a víctimas inocentes, personas que nada tenían que ver con ellos pero en las que se ensañaban por el simple hecho de identificarlas de alguna manera o en alguna medida con su agresor, generalmente en su infancia.

Estos crímenes repetitivos que para ser llevados a cabo implican una parafernalia complicada y llamativa mediante la cual el psicópata se erige en actor, mago, sacerdote o demiurgo y toma en sus manos la vida y el devenir de su víctima, es, en cierto modo, una especie de reclamo, de búsqueda de un público que lo admire y le aplauda. De manera que, considero que en un acto criminal psicopático normalmente coinciden esos dos componentes: el de dar rienda suelta a su necesidad o su derecho de venganza y el de la puesta en escena de su singular actividad, como si de un artista se tratase, para la que necesita un público, unos espectadores; como permitiéndose llevar a cabo o hacer reales sus más íntimas o disparatadas fantasías, en las que el otro ser humano no es más que un títere en sus manos. Esa venganza puede ser tanto directa como indirecta, según se realice en la persona que el psicópata considera su agresor o en otra que haga las veces, que sustituya, por ejemplo, a una madre que no lo quiso cuando niño, a un padre maltratador, a una maestra que le hizo la vida imposible, a un compañero que se burló, etc., cuyo acto criminal vengativo resultaría como en un acto de catarsis.

Cuando ese derecho a la venganza se gesta durante la primera infancia al haber desprovisto al niño pre-psicópata de un ser tan querido como pueda ser una madre y realizado ante sus ojos actos del todo sanguinarios, mediante los cuales le haya sido arrebatada su más valiosa posesión -no olvidemos que el niño, en una de las primeras etapas de su infancia, es, ante todo, un ser eminentemente posesivo- puede dar lugar a psicópatas del tipo de Dexter, el protagonista de la famosa serie televisiva, que es selectivo a la hora de poner en marcha su venganza, permitiéndose matar solamente a asesinos inconvictos o criminales cuyos actos depravados los ejecuten contra niños o niñas. Dexter, mediante la puesta en escena de su particular ejecución de justicia, de alguna manera venga la muerte o la injuria de víctimas inocentes cuyas fotografías muestra al reo antes de morir.

Igualmente Robert Ledgard, uno de los hermanos psicópatas de Almodóvar, ejerce en su genial obra de complejo cambio de identidad un acto psicopático de venganza, con los ingredientes necesarios para convertirlo en una gran obra artística, aunque el método sea ejecutado más que por técnicas pictóricas o escultóricas, por experimentos científicos, y más que por medio del pincel o el cincel, por medio del bisturí, y en lugar de hacer desaparecer al culpable mediante su ejecución mortal, lo hace desaparecer convirtiéndolo en otra persona, anulando su identidad, eliminando a Vicente, escenificando así un singular acto de magia con el que demuestra un poder que lo coloca por encima de las demás personas.

Como Dexter, Ledgard hace saber a su víctima el porqué de su ejecución. Durante el acto preliminar o preparatorio, así como Dexter muestra a sus víctimas las fotografías de las que a su vez lo fueron a manos de ellos, Ledgard le refiere a Vicente que todo lo que está haciendo con él se debe a la violación, perpetrada por él, en la persona de su hija, una frágil adolescente que sufre de problemas psíquicos a consecuencia de haber contemplado la tragedia de los estragos causados en la piel de su madre en un incendio debido al efecto de las llamas y su posterior suicidio, la cual, pocos días después de la supuesta violación, se suicida también, como su progenitora, tirándose por la ventana de su habitación.
Para que una venganza adquiera la fuerza de un acto legítimo y pueda servir a su fin es necesario que la víctima de tal venganza conozca la causa de su condena y ejecución.

De todas formas, Ledgard, como todo psicópata, creo que lo que busca en su acto de venganza no es puramente la venganza en sí. Ante todo su principal motivación es la de sentirse omnipotente, la de realizar un acto que nadie más es capaz de realizar, la de permitirse poner sus conocimientos al servicio de una gran creación, de un soberbio espectáculo, la de saber que en sus manos se halla la facultad para decidir entre la vida y la muerte, para, como en el caso de Robert, resucitar a un ser humano que ya estaba muerto, como si de un Dr. Frankenstein se tratase, o poder clonar a su libre albedrío a la persona que se le antoje.

Robert ante todo añora a Gal como su más preciada y bella posesión y, actos vengativos aparte, siente una ineludible necesidad de volver a dar vida a la que tiempo atrás fuera su amante compañera, a la que no se ha resignado a perder. Consciente de que él puede hacer lo que se le antoje, toma prestada la vida de un ser humano que, según su criterio, no merece vivir, y lo convierte en la persona que a él le viene en gana, porque Vera está creada a imagen y semejanza de Gal y ella le ha de servir para crear a su vez ese tipo de piel humana resistente a todo y en especial al fuego con la que podrá proteger y conservar para siempre a esa imagen de mujer que es la ideal para él y que mantiene encerrada en su mansión (recordad Unacasa en las afueras) con la misma cautela y celo que si de una valiosísima joya se tratase dentro de la caja fuerte.

Pero Robert Ledgard no es un psicópata convencional, Robert Ledgard es ante todo un personaje de Pedro Almodóvar y desde esa óptica habría que analizar el personaje que encarna Antonio Banderas y que quedó poseído por el espíritu de Gal. Pero esa ya sería otra cuestión que no tiene cabida aquí y para la que quizás un día de estos encuentre su lugar y momento entre mis páginas.


V. E.

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