“Una casa en las
afueras”
Interesante, a mi juicio, este
film español que tuve ocasión de ver hace unos días en la tele,
Una casa en las afueras,
del año 1995, porque creo que hay alguna peli más con ese mismo
título. Ésta, dirigida por Pedro Costa y protagonizada por Juan
Echanove, Emma Suárez y la niña Tania Henche, una delicia de
criatura que hace un papel fundamental en la obra, narra una historia
basada en hechos reales.
Comencé a verla sin conocer nada en absoluto sobre esta cinta, sin
antecedentes previos, además la pillé ya empezada y perdí las
primeras escenas, con cierta expectación pero también con algo de
reticencia por mi parte, pues, no suelen gustarme esas películas
cuyos guiones, basados en truculentas historias que normalmente
tienen que ver con circunstancias relativas al pasado, con hechos
criminales sucedidos entre las cuatro paredes de una vivienda que, al
parecer conserva cierto embrujo o memoria energética de lo sucedido
allí dentro en otros tiempos, tienen mucho que ver con eventos o
entidades del más allá, con fantasmas del pasado adheridos a las
paredes de la casa y ese tipo de temas entre esotéricos y
fantásticos que, si no son muy bien tratados, corren el peligro de
resultar en auténticos bodrios, aunque reconozco que también las ha
habido bastante buenas en la historia del cine.
Pero, a medida que me metía en la trama del film pude comprobar que
ésta no, ésta no aludía a seres fantasmagóricos ni a
manifestaciones del pasado que se hicieran tangibles en los muros de
la vivienda. Ni siquiera se trataba de una alusión a un tema
candente de actualidad como pudiera ser la “burbuja inmobiliaria”
ni tampoco el de los penosos desahucios. Si acaso, algo de fantasmas
del pasado sí que acechaban, pero se trataba más bien de esos
fantasmas internos que todos tenemos en mayor o menor medida y que el
protagonista de este film, un hombre un tanto desequilibrado, los
llevó hasta sus últimas consecuencias.
Esta casa no estaba habitada por fantasmas, ésta casa era nueva y,
si bien ya tenía sus cimientos al comienzo de la peli, la vemos
construirse casi ladrillo a ladrillo, ir tomando forma y consistencia
hasta convertirse en una vivienda, pero ¿y en un hogar?. Lo cierto
es que, esta casa, un solitario chalet de moderna construcción,
totalmente nueva, a estrenar por los protagonistas de la peli, sus
habitantes, sí que podría perfectamente dar lugar en siguientes
secuelas (ignoro sí ya existe alguna) a nuevas historias con nuevos
protagonistas, nuevos habitantes de sus estancias, que pudieran
sufrir las consecuencias, provenientes desde un más allá, de los
hechos acaecidos dentro de esta inhóspita vivienda que, en un
principio, prometía ser un maravilloso, cómodo, acogedor, alegre y
moderno hogar, aunque, eso sí, en un entorno solitario, árido y
lúgubre que ya presagiaba alguna desgracia.
Después
de preguntarme qué clase de misterio escondería esa casa, qué
vicisitudes esperaban a esa pareja de enamorados que, por
circunstancias de la vida, comienzan a conocerse, entablan una
relación y deciden que son idóneos para unirse y formar una
familia, comencé a adentrarme en la película. Ella, Yolanda, es una
joven madre soltera que trabaja en lo que le sale y tiene una niña
pequeña a la que mantener, una mujer que lucha por sacar adelante su
vida y la de su hija, y él, Daniel, un ejecutivo, un tipo de esos
con dinero y posición, de los que una a primera vista no se
enamoraría pero que tiene un aspecto y un carácter bonachón de los
que te hacen sentir protegida; además, como no es muy agraciado
físicamente, ha desarrollado otros valores personales y es un hombre
cortés, cariñoso, atento y detallista. Daniel está ansioso por
tener una familia y sabe como engatusar a Yolanda, una mujer que
cumple sus nada exigentes ni complicadas expectativas y que pretende
que sustituya a su antigua novia, Blanca, la cual supuestamente murió
y con la que había hecho planes de vida en común en esa casa
que no llegó a construir. Daniel sabe cómo conquistar a Yolanda, y
ella, que no ha tenido mucha suerte en el amor, se deja llevar, como
lo demuestran esos pasos de baile que vemos a ambos dar en unas
clases de danza a las que asisten. Por otra parte, la hija no parece
tampoco ser un obstáculo, más bien todo lo contrario, pues, al
parecer, a Daniel le gusta la idea de ocuparse de las dos, de
llevarlas a formar parte de su vida, y muestra cierta debilidad por
la niña, Patricia, a la que sabe atraer con su cariño y sus regalos
y está decidido a considerar como una hija propia.
Todo parece suceder de un forma tan ideal y natural, como si fluyera
por su propia inercia, que el espectador, inevitablemente, se dice a
sí mismo que no puede ser, que en la vida real las cosas no son así,
y una comienza a elucubrar sospechas y temores.
Yolanda se ha dejado seducir completamente y la niña también le ha
tomado cariño a Daniel y está contenta con la idea de tener un
papá.
Es curiosa la escena en la que Yolanda queda para comer con su madre
y su hermana para presentarles a Daniel y éste exhibe unas
formalidades, una parafernalia y unos ademanes que resultan
desfasados hoy día, fuera de lugar, excesivos o demasiado ensayados
pero que, sin duda han sido estudiados para caer bien a una futura
suegra, a una señora de cierta edad a la que se supone que las
buenas maneras, la corrección en las formas y una actitud que
recuerde a las buenas costumbres de su época, lograrán conquistar.
Ese detalle, que como era de esperar complace tanto a Yolanda como a
su madre, choca con la mirada crítica de la hermana, que encuentra
sospechosa la actitud de su futuro cuñado y se crea unos temores que
no puede obviar y se siente obligada a prevenir a su hermana. Pero,
ni Yolanda ni su madre son capaces de detectar peligro alguno, al
contrario, se sienten satisfechas con la decisión de la pareja de
contraer matrimonio y, para colmo, Patricia lo adora y se siente
afortunada de comenzar una nueva vida en una nueva casa, con un papá
que la quiere, la mima y se ocupa de todas sus necesidades, como su
educación, llevarla todos los días al colegio, prepararle el
desayuno, leerle cuentos antes de dormir, etc., y un fiel perro,
Tinto, que será su mascota y su compañero inseparable de juegos al
mismo tiempo que cuidará de una casa tan solitaria y apartada del
mundanal ruido como lo es esta “casa en las afueras”, tan única
y tan en las afueras, que en ella Yolanda, que se queda prácticamente
la totalidad del día sola, va perdiendo poco a poco todo contacto
con el entorno, con la realidad, con la sociedad y hasta con su
madre, su hermana y sus amistades.
No
quisiera pecar de indiscreta y desgranar un guión o una trama de una
película que tal vez el lector o lectora tenga algún interés por
ver, mi intención no es la de cargarme la intriga de
un
argumento y menos de un desenlace, sin embargo puede que en cierto
modo lo escrito a continuación revele ciertas cosas que tiren por
tierra el suspense creado en este film, pero necesito hacerlo para
llegar a mis conclusiones sobre el tema que para mí es central y en
el que baso mis conjeturas.
De
manera que, a partir de aquí, quien haya visto la película o no le
importe conocer ciertos detalles que le desarmarán la trama, tiene
mi permiso para seguir leyendo, pero quien tenga interés por verla y
le gusten las sorpresas, lo mejor es que se abstenga de seguir
leyendo. Quien
avisa no es traidor.
A
partir de aquí, contiene
SPOILERS:
Una vez han formado pareja, familia, mejor dicho, pues Daniel se
siente o manifiesta sentirse como una verdadero padre para Patricia,
de la que dice que se le parece cuando Yolanda le enseña por primera
vez una foto de la niña, ese trato cariñoso, atento, caballeroso y
protector de Daniel hacia Yolanda lo va cambiando poco a poco por
otro posesivo, manipulador, despótico, desagradable, al mismo tiempo
que la va apartando de las demás personas, la va acorralando,
cercando, tanto física como psíquicamente, imponiéndole sus
gustos, sus criterios, sus órdenes, y derribando los gustos de ella,
sus expectativas sobre el hogar y la familia, sus ilusiones, sus
deseos de trabajar y realizarse; desprestigiando lo que ella hace por
embellecer la casa, cerrándole puertas y vedándole la entrada a
ciertas habitaciones, hasta que termina por no dejarla salir para
nada de la casa, impidiéndole siquiera pasear por los solitarios
alrededores. Al mismo tiempo la va convenciendo para cambiar su look,
de manera que la va transformando, casi sin que ella misma lo
advierta, en otra persona, remodelándola a su gusto, convirtiéndola
en un objeto de su propiedad, realizando una auténtica labor de
dominio.
Su carácter hacia ella lo va volviendo poco a poco más agrio
desaprobando cada vez más todo lo que ella hace, desea o le gusta,
en un intento de hacerla sentir culpable por no saber complacerlo,
por no acertar con lo que se supone se espera de una esposa. Pero, a
u vez, va creando una distancia entre ella y su hija, a la que trata
casi como si él la hubiera parido, a la que quiere por encima de
todo y de la que se ocupa más que si de él mismo se tratara.
Prácticamente se va ocupando cada vez más de todas las tareas
referentes a la niña, aislando así a su madre, desprestigiándola y
haciéndola pasar a ocupar un segundo lugar en la relación con ella,
como si fuera una inútil o simplemente una figura innecesaria. Pero
al mismo tiempo vamos dándonos cuenta de cómo la niña para él se
convierte en un objeto de su posesión, un objeto manipulable y
moldeable a su antojo. Daniel parece estar chiflado por la niña,
parece quererla más que a nada ni a nadie en el mundo, pero la
triste realidad, la que el espectador ya ha comenzado a ver, es que
esta preciosa niña es sólo una muñeca, un juguete en las manos de
Daniel.
Un buen día, Yolanda está loca de contenta porque ve truncada su
impuesta soledad por la visita sorpresa de su madre y su hermana
acompañadas por una antigua amiga de la protagonista a la que hacía
mucho tiempo que no veía. Cuando llega Daniel ella está súper
ilusionada y ha decidido hospedar a tan extraordinarias huéspedes,
pues, en ese magnífico caserón hay sitio más que de sobra. Pero la
inesperada reacción de Daniel consigue dejar a todos helados y con
los pelos de punta y las visitantes se preguntan por qué razón son
tan mal recibidas en esa casa y por ese hombre del que tenían
noticias de ser tan atento, gentil y educado. Realmente ninguna es
capaz de entender esa reacción tan sumamente inesperada y grosera.
La situación se va haciendo insostenible y Yolanda comienza a
investigar el pasado de su marido y a rebelarse a sus imposiciones,
con lo que se busca que él comience a maltratarla incluso ya
físicamente.
Como muchos ya habréis llegado a suponer, Daniel es un psicópata o
al menos esa es la deducción que yo saco del personaje. Para mí
Daniel reúne todas las características de la típica personalidad
del psicópata de libro.
No me quiero extender mucho más en detalles de la trama de la
película y sin embargo quería comentar algo que desvelará por
completo datos que se cargarán definitivamente el suspense del film
pero que considero importantes para poder desenmascarar las
motivaciones que pueden llegar a llevar a un psicópata a la
consecución de unos fines y su manera de llevarlos a cabo. Así que
vuelvo a hacer advertencias:
SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS...
Como habréis podido sospechar los que habéis leído hasta aquí,
después de ir convirtiendo a la persona de Yolanda en un ser
totalmente inútil para él, en un cero a la izquierda, cuya
presencia ya se ha vuelto molesta y es más cómodo y aconsejable
prescindir de ella puesto que ya ha comprobado que ella se niega a
hacer lo que él pretende y a ser como él quiere, sin más la mata e
incluso le pide a la niña, que se ha convertido en su ojito derecho
y en su ingenuidad quiere muchísimo a ese hombre, al que considera
su padre y su benefactor, que la ayude a enterrarla trayéndole
piedras para cubrir su improvisada tumba en el terreno aledaño a la
puerta de la casa. Estos hechos, que la niña por su corta edad no es
capaz de asimilar o comprender, él pretende manipularlos en la
inexperta mente de ella, convenciéndola de que su madre se ha ido y
haciéndole entrar esa idea por la fuerza en su infantil cabecita,
castigándola o pegándole cuando ella se muestra dubitativa o
insegura acerca de los hechos que han llevado a la desaparición de
su madre, hasta convencerla de que su “mamá se ha ido”.
Desaparición que él, con un cinismo pasmoso y valiéndose de las
circunstancias que le resultan aprovechables para que las cosas
parezcan lo que él quiere que parezcan, trastoca y manipula ante los
atónitos y desconcertados ojos de la madre y la hermana y los
suspicaces de la policía que investiga el caso.
Como suelen hacer los psicópatas cuando han creado una mentira que
llega a hacerse insostenible, crean una complicada trama en la que
unos argumentos van superponiéndose a otros, desdiciéndose,
trastocándolo todo hasta crear un enredo del que no hay forma humana
de salir.
La cosa se complica sobremanera cuando el perro intenta descubrir la
tumba de Yolanda y comienza a escarbar sobre las piedras, en una
inquietante escena en la que la niña intenta por todos los medios
impedir que esto suceda y que Daniel se aperciba de ello, como así
ocurre, así que, de mala manera, ordena a la niña que aleje de allí
al perro. Pero, lógicamente, el animal ya ha olfateado el sitio y le
tiene querencia, tiene puesto en marcha ese instinto que es inherente
a la naturaleza del perro y del cual no se puede desprender, lo que
le cuesta también la vida al can.
La niña, en principio, ante la desaparición del animal, cree que se
ha ido, y el sufrimiento que ha empezado a padecer desde la
desaparición de su madre, acrecentado por el trato de Daniel, que se
ha vuelto confuso para ella y que comienza a hacerla sentir
totalmente desprotegida y sola, se vuelve insoportable para Patricia
cuando su único amigo, Tinto, ya tampoco está, hasta que termina
comprendiendo que el animal ha corrido la misma suerte que su madre.
La pequeña ya desconfía de Daniel y comienza a sumirse en un pozo
sin salida y a requerir el consuelo y la compañía de su abuela y de
su tía, las cuales intentan descubrir la verdad con la ayuda de la
policía y recuperar el contacto con la niña, contacto que él les
deniega y hace todo lo posible por mantenerlas alejadas.
Llegados a este punto en el que Daniel se siente acorralado, el
espectador teme lo peor, que termine cargándose a la niña.
Ahora, por favor, los valientes que hayáis leído hasta aquí pero
que no queráis conocer el final hasta no haber visto la peli de
principio a fin, cerrad ya vuestro ordenador, o pasad de página de
inmediato. Necesito dialogar con los que la han visto sobre un final
que, en principio, me resultó algo confuso pero que analizándolo a
posteriori creo que logré entender.
SPOILERS,
SPOILERS, SPOILERS !!!
Hasta aquí hemos llegado a un punto de máxima tensión, de
inusitado desconcierto, de latidos del corazón acelerados, de terror
en el alma, de inquietud extrema, en que vemos a Daniel alcanzar a la
niña, que huía de la casa después de haber logrado soltarse de las
ataduras y la mordaza que él le había puesto para que la policía
no la descubriera, ya que la había sacado del colegio y la mantenía
encerrada en la casa como una posesión más.
Aprovechando la visita de un policía al que ha de atender Daniel, la
pequeña logra soltarse y escapar. Pero, por aquellos terrenos
desérticos, áridos y llanos, difícilmente podría ocultarse, de
manera que Daniel no tarda en descubrirla y sale tras ella. Aquí
llega la escena cumbre en la que, juntos ambos, Daniel y Patricia, en
el ocaso del día, en medio del extenso descampado, tienen un bis a
bis que pone los pelos de punta, con el hombre apuntando con su negra
pistola a la sien de la niña, y una se hace la composición de
lugar, preparándose para lo peor, intentando desdramatizar,
distanciarse, de que lo que va a suceder ya es esperado y no tiene
vuelta de hoja, y cuanto antes lo acepte una menos sufrirá ante tal
escena.
Así, preparándome para lo peor estaba yo cuando, sorprendentemente,
Daniel aparta su pistola y le dice a la niña que huya, que se aleje
de allí lo más deprisa que pueda, que corra, que se vaya y no
vuelva nunca. Mientras Patricia corre campo a través, él permanece
pensativo imaginando a la pequeña contar toda la verdad de lo
sucedido, descubriendo todos los detalles, desenmascarando la
personalidad de quien decía ser su padre.
Confieso que este final me sorprendió y me hizo dudar de que Daniel
fuera un verdadero psicópata. ¿Por qué? Pues porque para una
persona normal, ante una situación de éstas, se suele desencadenar
un sentimiento de empatía, de manera que, al identificarnos con el
hombre que ha dejado escapar a la niña, con el verdugo que ha
concedido la libertad a su víctima, identificamos un sentimiento de
misericordia, de compasión o de arrepentimiento. Eso fue lo que me
confundió y me hizo dudar...
Pero, sinceramente, recapacitando me doy cuenta de que nada más
lejos. ¿Por qué permite Daniel que Patricia escape y se queda
dándole vueltas a unas palabras que, puestas en boca de la niña, a
buen seguro lo van a delatar? No olvidemos que Daniel es un psicópata
y un psicópata no deja de serlo por arte de magia, porque se le
ablande el corazón, porque sienta lástima o porque de repente le dé
un cargo de conciencia. En absoluto. El psicópata nunca actúa así
y esto debemos tenerlo muy claro y no olvidarlo nunca. Lo recalco
para aquellas personas que todavía crean en una posible redención,
en algún momento de arrepentimiento, sentimiento de culpa o deseo de
cambio. No os engañéis, por favor, el psicópata es psicópata y no
puede ser de otra manera.
El psicópata suele elaborar planes que le sirvan de satisfacción y
es lo único que busca. A veces se ve obligado a improvisar o cambiar
sus planes sobre la marcha puesto que, una vez traspasada la barrera
de lo legal, prácticamente no puede sostener su trama, sus
coartadas, sus alegaciones, sin caer en manos de la justicia. Cuando
un criminal psicópata es apresado por la ley, un asesino en serie,
por ejemplo, suele tener tendencia a, en lugar de mostrar
arrepentimiento, alardear de sus fechorías, enorgullecerse de ellas,
se siente por encima de los demás mortales que no son capaces de
traspasar esas barreras, se siente superior, dueño de todo y de
todos, como un dios. Si es apresado le dará la vuelta a la tortilla
y, ante la imposibilidad de cambiar su situación, sí que puede
cambiar las circunstancias, seguir mintiendo y manipulando los hechos
para que, en lugar de parecer lo que son, parezcan lo que él quiere
que parezcan, lo que a él, a su extraordinario ego, le conviene que
parezcan. De esta manera, una vez que Daniel ya comprende que no
tiene escapatoria posible, lo único que le queda es sacar provecho
de esa situación y el testimonio de la niña le ha de servir como
el canto de un juglar que pregona las hazañas de un héroe.
Epílogo:
Hay algo que me gustaría añadir sobre todo para quienes no estén
familiarizados con la actuación de los psicópatas. El psicópata no
cambia a lo largo de una relación, no es que al principio se enamore
de verdad, dé rienda suelta a unos sentimientos y después se canse,
se aburra o se trastoquen esos sentimientos por alguna causa o pierda
el interés o la motivación. No, nada de eso, el psicópata es que
nunca ha llegado a tener esos sentimientos, solamente los ha fingido,
han formado parte de la parafernalia de su plan que quizás no
entendamos pero mediante el cual busca de alguna manera su
satisfacción. Pero suelen ser muy buenos actores y muy convincentes
y generalmente en una pareja en que el hombre, por ejemplo, es
psicópata (estadísticamente hay mayor número de psicópatas
hombres que mujeres), la mujer estará totalmente convencida de que
la ama, la respeta y está colado por sus huesos hasta que comienza a
preguntarse qué mosca le ha picado a ese hombre, qué lo está
haciendo cambiar, qué pasa con ella que ya no es capaz de
satisfacerlo y miles de preguntas más que intentará plantear o
plantearse dentro de los límites de lo que para ella es racional.
Pero hemos de saber que un psicópata no piensa, no siente, no
reacciona, no discurre y no actúa como las personas que consideramos
normales. Hemos de imaginar como una especie de alienígena que
viniera del espacio exterior y cuya idiosincrasia, manera de pensar o
de hacer las cosas, su mentalidad y todo su ser sea tan diferente al
nuestro que fuera imposible la comprensión entre ambos.
Cuando, en una relación con un psicópata creemos que nos estamos
entendiendo, que existe reciprocidad, empatía o intercambio
equitativo, nada más lejos, quitémonos esa idea de la cabeza, es
falsa y lo único que puede hacer es que nos dañemos más si es que
hemos caído en las redes de alguna persona de estas características.
Creedme, el psicópata no cambia; finge, imita, actúa, interpreta...
y, sobre todo, manipula y engaña. En sus manos somos objetos
destinados a su satisfacción, jamás nos verán como a iguales y por
lo tanto se pueden permitir hacer lo que quieran con nosotros. Y
tened muy en cuenta que jamás se arrepienten; no os dejéis engañar.
V.
E.

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