Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada

lunes, 18 de marzo de 2013

LA PSICOPATÍA EN EL CINE (III)


La piel que habito”

-Las dos caras de la psicopatía-



Con un abordaje diferente, ya os hablé hace unos días sobre La piel que habito en mi blog Adictos en serie”, tras un visionado por televisión en el canal 1. Hoy mi enfoque se centra en el tema de la Psicopatía en el cine, sección a la que vengo dedicando un pequeño espacio en este otro,“Inmersos en la vida diaria”.

Aviso: Este texto podría contener SPOILERS para quienes no hayan visto la película


Paradoja y falsas apariencias

La piel que habito es para mí la película de las mil paradojas y las falsas apariencias. En este film Almodóvar, como tantas otras veces, juega al juego de mostrar lo que no es bajo la apariencia de lo que es o desenmascarar lo que se esconde bajo la apariencia de lo que no es. En el fondo todos llevamos un hombre o una mujer dentro aunque seamos respectivamente mujer u hombre, y todos llevamos también una bestia aunque nuestra apariencia sea de lo más civilizada o angelical. Todos podemos ser a la vez Bella y Bestia, Ann y King Kong, Pigmalión y Galatea, María Vargas y el Conde Vincenzo Torlato Favrini, el Dr. Jekill y Mr. Hyde.

El refranero popular español intenta convencernos de que “el hábito no hace al monje” o de que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y en parte estos dos refranes tienen razón pues uno conserva en lo más profundo de su ser la esencia de lo que en realidad es; sin embargo, esa esencia, ese sentir particular de cada uno, lo expresa de forma tácita en su atuendo, en su estilo, en sus tendencias a la hora de vestir, en la forma en que se muestra ante los demás o, más aún, ante el espejo. Como alega el lema de un reciente spot publicitario: “tu ropa eres tú” (y Norit te la cuida). Aprendemos el arte de vestir igual que podemos aprender el arte de desnudarnos. Podemos sentirnos Inés de la Fressange o podemos identificarnos con Gilda. Podemos enfundarnos en un “terciopelo azul” o sentir la libertad al desvestirnos graciosa y sensualmente al ritmo de “You can leave your hat on”.

Pero nadie mejor para jugar a este juego de las apariencias que un psicópata. El psicópata es un verdadero actor en la vida real. Adquiere el aspecto que le conviene y se imbuye en el disfraz que desea mostrar.

Parece que el, por el momento, penúltimo film de Almodóvar está envuelto en un clima que podría llamar psicopático. A Marilia (Marisa Paredes), el ama de llaves del Dr. Ledgard (Antonio Banderas), le gusta vestir el uniforme que la hace sentir cómoda, el sobrio uniforme que la identifica consigo misma, aquél que le recuerda su cualidad servil, porque ella, ante todo, ha nacido para servir a los demás, en especial a Robert, y ese uniforme “la acerca más a él”. Marilia, pobrecita ella, en realidad viste el atuendo de la desgracia, luce el disfraz de la tragedia. Como ella misma comenta en un momento dado de la cinta, lleva la “semilla de la locura” en su vientre, y es que ella ha parido dos hijos que, cada uno dentro de una tipología diferente, son auténticos psicópatas.

Robert Ledgard, el protagonista de La piel que habito es uno de esos psicópatas integrados que, por circunstancias de la vida, ha llegado a un estatus social importante y tiene un trabajo, una posición y un estilo de vida por encima de la media, con una reputación como eminente científico y cirujano.
Zeca (Roberto Álamo), sin embargo, vivió su infancia fuera de las fronteras españolas, lejos de su madre, y se crió en un ambiente de los bajos fondos brasileños, entre delincuentes y drogadictos, dedicándose al trapicheo con la droga desde muy niño.
Ambos son hijos de Marilia, de padres diferentes, y ellos ni siquiera saben que son hermanastros.

Robert y Zeca, son auténticos criminales desalmados, pero, mientras que Zeca es como una especie de bestia humana que no se corta un pelo a la hora de realizar la fechoría que le venga en gana, ya sea robo, violación u homicidio, Robert se dedica a otro tipo de fechorías más sofisticadas, más soterradas o encubiertas.

Paradójicamente Robert no se esconde bajo ninguna máscara visible para cometer sus crímenes, como hace Zeca, que asalta bancos cubierto al estilo de los cacos, aunque las cámaras de vigilancia lo descubren en un acto criminal manifiesto, por lo que mata a uno de los vigilantes, y, al ser perseguido por la policía, se ve obligado a esconderse bajo la piel de un disfraz de tigre salvaje. Pero ese disfraz de tigre no hace sino resaltar las cualidades de bestia humana de las que Zeca hace alarde. Zeca actúa, por así decirlo, a pecho descubierto, escondiéndose después donde puede y como puede, y refleja en sus atuendos la clase de persona que es. Robert, por el contrario, actúa desde la ocultación, desde la simulación, encubierto por una reputación de persona importante, de científico que realiza experimentos en bien de la humanidad, y para ello no necesita de ninguna otra máscara adicional, él puede mostrar su rostro con total libertad y sus fechorías quedan encubiertas tras la fachada de la medicina o la investigación científica. La apariencia de Robert, en oposición a la de Zeca, es elegante y depurada y viste de manera convencional acorde a su trabajo y a su estatus social.

Sin embargo, hay un momento de la película en que Robert, para poder llevar a cabo sus planes, necesita actuar por la fuerza, utilizar la violencia, como si el acto de secuestro que lleva a cabo no fuera perpetrado por él sino por algún esbirro, para lo cual se fabrica una especie de máscara que le desfigura sus facciones y lo hace, en cierto modo, irreconocible, actuando con nocturnidad.


El amor del psicópata

Como ya he dejado entrever en otras ocasiones, el psicópata no ama de una manera convencional, en el sentido de albergar sentimientos hacia otra persona que implicarían alguna forma de empatía. En todo amor erótico hay implícito un factor de posesión, en mayor o menor grado según la persona que es sujeto del mismo; conlleva también una atracción sexual, pero no tiene por qué implicar unos sentimientos de deseo del bien para la otra persona, no tiene por qué mover a la entrega hacia el otro ni a la empatía.

En el amor de pareja se supone que lo ideal es la entrega mutua, un intercambio de sentimientos amorosos, de darse a sí mismo y de deseo, de necesidad del otro y generalmente, a pesar de ciertos desacuerdos provocados por los respectivos egos, es de esa manera como la gente normal se plantea una relación de pareja o un matrimonio. “Yo te quiero para mí, te deseo físicamente, deseo compartir mi vida o mi tiempo contigo y deseo para ti todo el bien posible, quiero tu felicidad”, podría ser éste el resumen de la idea genérica que las personas tenemos sobre el amor.

Pero, por lo que llevo observado de los psicópatas, ellos o ellas sí que son capaces de enamorarse y hasta de dedicar una faceta de exclusividad al ser amado. Sin embargo habría que tener en cuenta que ese amor, esa exclusividad estaría enfocada en la posesión, la persona amada sería como el bien más preciado del psicópata, ya sea cónyuge, hijos, familia, en definitiva. Pero, para el psicópata, esos seres queridos que son de su posesión no alcanzan el estatus de igualdad sino que para él son meros objetos, por valiosísimos que estos sean.

Para el psicópata, su mujer, su novia, su amada, es su posesión. La quiere bella, la quiere perfecta, pero sobre todo la quiere para su pertenencia, para su orgullo y para su satisfacción. Si el psicópata sufre por un mal causado en la persona amada no es tanto por la idea de que su amada sufra sino porque ello supone una gran ofensa para él. Si alguien hiere al objeto de su amor, es un agravio hacia él porque le han deteriorado una pertenencia, quizás la más importante; si alguien mata a la persona amada, no puede haber mayor ofensa para el psicópata porque le han arrebatado su bien más preciado.


El deseo de venganza, la superioridad y la omnipotencia

En cierto modo, todos, psicópatas o no, compartimos esa forma de sentimiento. Si nos matan a un ser querido, sentimos un gran dolor porque nos arrebatan algo muy preciado para nosotros y eso desencadena un sentimiento de odio hacia la persona o personas que nos hayan arrebatado la vida del ser querido y, en consecuencia, nace en nosotros una necesidad de venganza, que no necesariamente ponemos en práctica a nuestro antojo, pues podemos canalizarla de muy diversas formas y, generalmente, apelamos a la justicia como la forma más civilizada de resarcir el dolor causado.

El psicópata ni más ni menos sufre la pérdida, la agresión o el deterioro de la persona amada, de quien se considera dueño y señor. Por eso él es el más agraviado u ofendido cuando alguien agrede o mata al objeto de su amor. Por eso, también, hay psicópatas que no tienen el menor inconveniente en cargarse a su pareja, a su cónyuge o incluso a sus hijos; como son sus pertenencias, se puede deshacer de ellas en el momento que quiera. Si estos seres no son como el psicópata quiere o le gusta que sean, tiene todo el derecho de quitárselos de en medio porque no le sirven para su satisfacción. Pero si es otro quien decide por voluntad propia agredir, violar o matar a la persona amada de un psicópata, entonces toda la fuerza de la venganza caerá sobre él o ella porque se ha atrevido a agredir de esa forma a un todopoderoso ser que está por encima de todos los demás, que tiene más derechos que nadie y que se merece mucho más que cualquier otro ser y, por tanto, se puede permitir y se permite tomarse la justicia por su mano y devolver el daño hecho incluso multiplicado puesto que la categoría del agredido (el psicópata) está por encima de cualquier otra categoría.

El psicópata ha nacido para ser dueño y señor de todo y de todos los que le rodean, ha nacido para hacer única y exclusivamente su voluntad. Tanto Robert como Zeca se sienten dueños de todo lo que quieren o desean y se creen con el total derecho de hacer lo que les plazca con las demás personas y de considerarlas a todas como en una escala inferior, en una escala de servidumbre. Los demás existen en función del psicópata. Esto es algo que Robert y Zeca han aprendido desde bien pequeños con Marilia, si bien sus tácticas de persuasión son muy diferentes. Zeca, a lo bruto, como es él, como el “tigriño” de su madre cuando era pequeño, hasta mostrándole su culo. Robert, como corresponde a su reputación, de manera más sofisticada, educada y provista de correcta hipocresía. Pero ambos, mostrando esa faceta infantil de entre dominio, dependencia y desprotección hacia Marilia, que la hacen ser necesitada y que los conecta con su cualidad de madre.


La culpabilidad de los otros

Tened en cuenta también, como creo ya haber escrito en algún otro de mis posts, que el psicópata nunca se considera culpable o responsable de nada; como él está por encima de todo y de todos y a él se debe todo respeto, cortesía o sumisión porque es un ser superior, él se arroga a sí mismo el derecho de la omnipotencia, mientras que siempre será el otro quien se convierta en reo de culpabilidad.

Cuando Robert, en un momento del sepelio de su hija, le da sus quejas al psiquiatra que se ha encargado del caso de Normita interpelándole sobre por qué la dejó salir para ir a la fiesta, éste, con toda razón, le responde que cómo iba a imaginar él que yendo acompañada por su padre pudieran violarla.


Robert Ledgard

Expuestas estas premisas paso a analizar el rol de Robert Ledgard, el psicópata protagonista de La piel que habito, encarnado por un Antonio Banderas que, para mi gusto, supo abordar con extrema sensibilidad su interpretación, sin llegar a hacer huso de recursos estereotipados ni exagerados, como podrían ser al estilo de Hannibal Lecter, por poner un ejemplo. El psicópata integrado ejerce su psicopatía como la cosa más normal del mundo, simplemente obedece a su naturaleza, y el doctor Ledgard es un eminente científico que lleva a cabo experimentos sofisticados y progresistas en función de un buscado bien para el ser humano, por mucho que para ello se salte todo tipo de reglas deontológicas y convierta a personas en cobayas humanas. Pero Albert Ledgard no es un vulgar delincuente perseguido por la justicia, como lo es Zeca, su contraparte en esta película o la otra cara de la psicopatía, no, él es un científico reconocido y respetado, por mucho que sus experimentos sean abortados oficialmente por un comité que no los considera éticos.

Ledgard posee una bella mujer, Gal y una hija, Norma (Blanca Suárez) y, por mor de aquellos enredos almodovarianos, muy bien contados en La piel que habito y sobre cuyos pormenores no me voy a detener, las pierde a ambas. Las dos mueren por medio del suicidio, si bien sus muertes se habían empezado a gestar en sendos momentos anteriores de sus correspondientes historias a consecuencia de las actuaciones, en cada caso, de dos hombres sobre los que Ledgard deja caer el peso de su venganza por considerarlos culpables, por mucho que él mismo también hubiera formado parte de la trama y, en cierto modo, tuviera su grado de responsabilidad para con ellas. Estos dos hombres son Zeca, a quien mata después de violar salvajemente a Vera (Elena Anaya), aunque en realidad lo culpa, con más saña si cabe, de un hecho anterior que tuvo horribles consecuencias, y Vicente (Jan Cornet), en cuya persona realiza una maquiavélica transformación.


La venganza y el acto psicopático

Como ya analicé en alguna de mis entradas anteriores sobre el tema, una de las obsesiones más comunes de los psicópatas es la venganza, resarcirse del agravio recibido en su persona directamente o en relación a sus pertenencias, y otra, la puesta en marcha de sus actos psicopáticos en un despliegue de medios sofisticados correspondientes a un plan trazado cuyo cumplimiento supone para el psicópata una gran satisfacción porque implica jugar a un juego en el que mueve las fichas a su gusto y en el que obliga a otros a jugar al ritmo que él les marca.

En cierto modo el psicópata es un justiciero, erigido por él mismo. Él tiene el poder suficiente para considerarse juez, jurado y verdugo, y decidir quién puede vivir y cómo, de qué manera, o quién debe morir, y para ello no tiene ningún inconveniente en ser el ejecutor del castigo.

Recordemos en El cabo del miedo cómo Max Cady ponía en marcha su plan de venganza urdido en sus años de prisión con el que dar su merecido al abogado Sam Bowden, utilizando para ello a las personas a las que éste más quiere, su mujer y su hija adolescente. O recordemos también la venganza tramada por Ted Crawford en Fracture, o tantas venganzas cuya puesta en marcha hemos podido saborear los aficionados a la serie Mentes Criminales, en las que hemos visto asesinos en serie repetir una y otra vez sus mismos rituales macabros en los que infligían dolor a víctimas inocentes, personas que nada tenían que ver con ellos pero en las que se ensañaban por el simple hecho de identificarlas de alguna manera o en alguna medida con su agresor, generalmente en su infancia.

Estos crímenes repetitivos que para ser llevados a cabo implican una parafernalia complicada y llamativa mediante la cual el psicópata se erige en actor, mago, sacerdote o demiurgo y toma en sus manos la vida y el devenir de su víctima, es, en cierto modo, una especie de reclamo, de búsqueda de un público que lo admire y le aplauda. De manera que, considero que en un acto criminal psicopático normalmente coinciden esos dos componentes: el de dar rienda suelta a su necesidad o su derecho de venganza y el de la puesta en escena de su singular actividad, como si de un artista se tratase, para la que necesita un público, unos espectadores; como permitiéndose llevar a cabo o hacer reales sus más íntimas o disparatadas fantasías, en las que el otro ser humano no es más que un títere en sus manos. Esa venganza puede ser tanto directa como indirecta, según se realice en la persona que el psicópata considera su agresor o en otra que haga las veces, que sustituya, por ejemplo, a una madre que no lo quiso cuando niño, a un padre maltratador, a una maestra que le hizo la vida imposible, a un compañero que se burló, etc., cuyo acto criminal vengativo resultaría como en un acto de catarsis.

Cuando ese derecho a la venganza se gesta durante la primera infancia al haber desprovisto al niño pre-psicópata de un ser tan querido como pueda ser una madre y realizado ante sus ojos actos del todo sanguinarios, mediante los cuales le haya sido arrebatada su más valiosa posesión -no olvidemos que el niño, en una de las primeras etapas de su infancia, es, ante todo, un ser eminentemente posesivo- puede dar lugar a psicópatas del tipo de Dexter, el protagonista de la famosa serie televisiva, que es selectivo a la hora de poner en marcha su venganza, permitiéndose matar solamente a asesinos inconvictos o criminales cuyos actos depravados los ejecuten contra niños o niñas. Dexter, mediante la puesta en escena de su particular ejecución de justicia, de alguna manera venga la muerte o la injuria de víctimas inocentes cuyas fotografías muestra al reo antes de morir.

Igualmente Robert Ledgard, uno de los hermanos psicópatas de Almodóvar, ejerce en su genial obra de complejo cambio de identidad un acto psicopático de venganza, con los ingredientes necesarios para convertirlo en una gran obra artística, aunque el método sea ejecutado más que por técnicas pictóricas o escultóricas, por experimentos científicos, y más que por medio del pincel o el cincel, por medio del bisturí, y en lugar de hacer desaparecer al culpable mediante su ejecución mortal, lo hace desaparecer convirtiéndolo en otra persona, anulando su identidad, eliminando a Vicente, escenificando así un singular acto de magia con el que demuestra un poder que lo coloca por encima de las demás personas.

Como Dexter, Ledgard hace saber a su víctima el porqué de su ejecución. Durante el acto preliminar o preparatorio, así como Dexter muestra a sus víctimas las fotografías de las que a su vez lo fueron a manos de ellos, Ledgard le refiere a Vicente que todo lo que está haciendo con él se debe a la violación, perpetrada por él, en la persona de su hija, una frágil adolescente que sufre de problemas psíquicos a consecuencia de haber contemplado la tragedia de los estragos causados en la piel de su madre en un incendio debido al efecto de las llamas y su posterior suicidio, la cual, pocos días después de la supuesta violación, se suicida también, como su progenitora, tirándose por la ventana de su habitación.
Para que una venganza adquiera la fuerza de un acto legítimo y pueda servir a su fin es necesario que la víctima de tal venganza conozca la causa de su condena y ejecución.

De todas formas, Ledgard, como todo psicópata, creo que lo que busca en su acto de venganza no es puramente la venganza en sí. Ante todo su principal motivación es la de sentirse omnipotente, la de realizar un acto que nadie más es capaz de realizar, la de permitirse poner sus conocimientos al servicio de una gran creación, de un soberbio espectáculo, la de saber que en sus manos se halla la facultad para decidir entre la vida y la muerte, para, como en el caso de Robert, resucitar a un ser humano que ya estaba muerto, como si de un Dr. Frankenstein se tratase, o poder clonar a su libre albedrío a la persona que se le antoje.

Robert ante todo añora a Gal como su más preciada y bella posesión y, actos vengativos aparte, siente una ineludible necesidad de volver a dar vida a la que tiempo atrás fuera su amante compañera, a la que no se ha resignado a perder. Consciente de que él puede hacer lo que se le antoje, toma prestada la vida de un ser humano que, según su criterio, no merece vivir, y lo convierte en la persona que a él le viene en gana, porque Vera está creada a imagen y semejanza de Gal y ella le ha de servir para crear a su vez ese tipo de piel humana resistente a todo y en especial al fuego con la que podrá proteger y conservar para siempre a esa imagen de mujer que es la ideal para él y que mantiene encerrada en su mansión (recordad Unacasa en las afueras) con la misma cautela y celo que si de una valiosísima joya se tratase dentro de la caja fuerte.

Pero Robert Ledgard no es un psicópata convencional, Robert Ledgard es ante todo un personaje de Pedro Almodóvar y desde esa óptica habría que analizar el personaje que encarna Antonio Banderas y que quedó poseído por el espíritu de Gal. Pero esa ya sería otra cuestión que no tiene cabida aquí y para la que quizás un día de estos encuentre su lugar y momento entre mis páginas.


V. E.

miércoles, 13 de marzo de 2013

LA PSICOPATÍA EN EL CINE (II)


Una casa en las afueras”




Interesante, a mi juicio, este film español que tuve ocasión de ver hace unos días en la tele, Una casa en las afueras, del año 1995, porque creo que hay alguna peli más con ese mismo título. Ésta, dirigida por Pedro Costa y protagonizada por Juan Echanove, Emma Suárez y la niña Tania Henche, una delicia de criatura que hace un papel fundamental en la obra, narra una historia basada en hechos reales.

Comencé a verla sin conocer nada en absoluto sobre esta cinta, sin antecedentes previos, además la pillé ya empezada y perdí las primeras escenas, con cierta expectación pero también con algo de reticencia por mi parte, pues, no suelen gustarme esas películas cuyos guiones, basados en truculentas historias que normalmente tienen que ver con circunstancias relativas al pasado, con hechos criminales sucedidos entre las cuatro paredes de una vivienda que, al parecer conserva cierto embrujo o memoria energética de lo sucedido allí dentro en otros tiempos, tienen mucho que ver con eventos o entidades del más allá, con fantasmas del pasado adheridos a las paredes de la casa y ese tipo de temas entre esotéricos y fantásticos que, si no son muy bien tratados, corren el peligro de resultar en auténticos bodrios, aunque reconozco que también las ha habido bastante buenas en la historia del cine.

Pero, a medida que me metía en la trama del film pude comprobar que ésta no, ésta no aludía a seres fantasmagóricos ni a manifestaciones del pasado que se hicieran tangibles en los muros de la vivienda. Ni siquiera se trataba de una alusión a un tema candente de actualidad como pudiera ser la “burbuja inmobiliaria” ni tampoco el de los penosos desahucios. Si acaso, algo de fantasmas del pasado sí que acechaban, pero se trataba más bien de esos fantasmas internos que todos tenemos en mayor o menor medida y que el protagonista de este film, un hombre un tanto desequilibrado, los llevó hasta sus últimas consecuencias.

Esta casa no estaba habitada por fantasmas, ésta casa era nueva y, si bien ya tenía sus cimientos al comienzo de la peli, la vemos construirse casi ladrillo a ladrillo, ir tomando forma y consistencia hasta convertirse en una vivienda, pero ¿y en un hogar?. Lo cierto es que, esta casa, un solitario chalet de moderna construcción, totalmente nueva, a estrenar por los protagonistas de la peli, sus habitantes, sí que podría perfectamente dar lugar en siguientes secuelas (ignoro sí ya existe alguna) a nuevas historias con nuevos protagonistas, nuevos habitantes de sus estancias, que pudieran sufrir las consecuencias, provenientes desde un más allá, de los hechos acaecidos dentro de esta inhóspita vivienda que, en un principio, prometía ser un maravilloso, cómodo, acogedor, alegre y moderno hogar, aunque, eso sí, en un entorno solitario, árido y lúgubre que ya presagiaba alguna desgracia.

Después de preguntarme qué clase de misterio escondería esa casa, qué vicisitudes esperaban a esa pareja de enamorados que, por circunstancias de la vida, comienzan a conocerse, entablan una relación y deciden que son idóneos para unirse y formar una familia, comencé a adentrarme en la película. Ella, Yolanda, es una joven madre soltera que trabaja en lo que le sale y tiene una niña pequeña a la que mantener, una mujer que lucha por sacar adelante su vida y la de su hija, y él, Daniel, un ejecutivo, un tipo de esos con dinero y posición, de los que una a primera vista no se enamoraría pero que tiene un aspecto y un carácter bonachón de los que te hacen sentir protegida; además, como no es muy agraciado físicamente, ha desarrollado otros valores personales y es un hombre cortés, cariñoso, atento y detallista. Daniel está ansioso por tener una familia y sabe como engatusar a Yolanda, una mujer que cumple sus nada exigentes ni complicadas expectativas y que pretende que sustituya a su antigua novia, Blanca, la cual supuestamente murió y con la que había hecho planes de vida en común en esa casa que no llegó a construir. Daniel sabe cómo conquistar a Yolanda, y ella, que no ha tenido mucha suerte en el amor, se deja llevar, como lo demuestran esos pasos de baile que vemos a ambos dar en unas clases de danza a las que asisten. Por otra parte, la hija no parece tampoco ser un obstáculo, más bien todo lo contrario, pues, al parecer, a Daniel le gusta la idea de ocuparse de las dos, de llevarlas a formar parte de su vida, y muestra cierta debilidad por la niña, Patricia, a la que sabe atraer con su cariño y sus regalos y está decidido a considerar como una hija propia.

Todo parece suceder de un forma tan ideal y natural, como si fluyera por su propia inercia, que el espectador, inevitablemente, se dice a sí mismo que no puede ser, que en la vida real las cosas no son así, y una comienza a elucubrar sospechas y temores.

Yolanda se ha dejado seducir completamente y la niña también le ha tomado cariño a Daniel y está contenta con la idea de tener un papá.

Es curiosa la escena en la que Yolanda queda para comer con su madre y su hermana para presentarles a Daniel y éste exhibe unas formalidades, una parafernalia y unos ademanes que resultan desfasados hoy día, fuera de lugar, excesivos o demasiado ensayados pero que, sin duda han sido estudiados para caer bien a una futura suegra, a una señora de cierta edad a la que se supone que las buenas maneras, la corrección en las formas y una actitud que recuerde a las buenas costumbres de su época, lograrán conquistar.

Ese detalle, que como era de esperar complace tanto a Yolanda como a su madre, choca con la mirada crítica de la hermana, que encuentra sospechosa la actitud de su futuro cuñado y se crea unos temores que no puede obviar y se siente obligada a prevenir a su hermana. Pero, ni Yolanda ni su madre son capaces de detectar peligro alguno, al contrario, se sienten satisfechas con la decisión de la pareja de contraer matrimonio y, para colmo, Patricia lo adora y se siente afortunada de comenzar una nueva vida en una nueva casa, con un papá que la quiere, la mima y se ocupa de todas sus necesidades, como su educación, llevarla todos los días al colegio, prepararle el desayuno, leerle cuentos antes de dormir, etc., y un fiel perro, Tinto, que será su mascota y su compañero inseparable de juegos al mismo tiempo que cuidará de una casa tan solitaria y apartada del mundanal ruido como lo es esta “casa en las afueras”, tan única y tan en las afueras, que en ella Yolanda, que se queda prácticamente la totalidad del día sola, va perdiendo poco a poco todo contacto con el entorno, con la realidad, con la sociedad y hasta con su madre, su hermana y sus amistades.

No quisiera pecar de indiscreta y desgranar un guión o una trama de una película que tal vez el lector o lectora tenga algún interés por ver, mi intención no es la de cargarme la intriga de un argumento y menos de un desenlace, sin embargo puede que en cierto modo lo escrito a continuación revele ciertas cosas que tiren por tierra el suspense creado en este film, pero necesito hacerlo para llegar a mis conclusiones sobre el tema que para mí es central y en el que baso mis conjeturas.

De manera que, a partir de aquí, quien haya visto la película o no le importe conocer ciertos detalles que le desarmarán la trama, tiene mi permiso para seguir leyendo, pero quien tenga interés por verla y le gusten las sorpresas, lo mejor es que se abstenga de seguir leyendo. Quien avisa no es traidor.



A partir de aquí, contiene SPOILERS:


Una vez han formado pareja, familia, mejor dicho, pues Daniel se siente o manifiesta sentirse como una verdadero padre para Patricia, de la que dice que se le parece cuando Yolanda le enseña por primera vez una foto de la niña, ese trato cariñoso, atento, caballeroso y protector de Daniel hacia Yolanda lo va cambiando poco a poco por otro posesivo, manipulador, despótico, desagradable, al mismo tiempo que la va apartando de las demás personas, la va acorralando, cercando, tanto física como psíquicamente, imponiéndole sus gustos, sus criterios, sus órdenes, y derribando los gustos de ella, sus expectativas sobre el hogar y la familia, sus ilusiones, sus deseos de trabajar y realizarse; desprestigiando lo que ella hace por embellecer la casa, cerrándole puertas y vedándole la entrada a ciertas habitaciones, hasta que termina por no dejarla salir para nada de la casa, impidiéndole siquiera pasear por los solitarios alrededores. Al mismo tiempo la va convenciendo para cambiar su look, de manera que la va transformando, casi sin que ella misma lo advierta, en otra persona, remodelándola a su gusto, convirtiéndola en un objeto de su propiedad, realizando una auténtica labor de dominio.

Su carácter hacia ella lo va volviendo poco a poco más agrio desaprobando cada vez más todo lo que ella hace, desea o le gusta, en un intento de hacerla sentir culpable por no saber complacerlo, por no acertar con lo que se supone se espera de una esposa. Pero, a u vez, va creando una distancia entre ella y su hija, a la que trata casi como si él la hubiera parido, a la que quiere por encima de todo y de la que se ocupa más que si de él mismo se tratara. Prácticamente se va ocupando cada vez más de todas las tareas referentes a la niña, aislando así a su madre, desprestigiándola y haciéndola pasar a ocupar un segundo lugar en la relación con ella, como si fuera una inútil o simplemente una figura innecesaria. Pero al mismo tiempo vamos dándonos cuenta de cómo la niña para él se convierte en un objeto de su posesión, un objeto manipulable y moldeable a su antojo. Daniel parece estar chiflado por la niña, parece quererla más que a nada ni a nadie en el mundo, pero la triste realidad, la que el espectador ya ha comenzado a ver, es que esta preciosa niña es sólo una muñeca, un juguete en las manos de Daniel.

Un buen día, Yolanda está loca de contenta porque ve truncada su impuesta soledad por la visita sorpresa de su madre y su hermana acompañadas por una antigua amiga de la protagonista a la que hacía mucho tiempo que no veía. Cuando llega Daniel ella está súper ilusionada y ha decidido hospedar a tan extraordinarias huéspedes, pues, en ese magnífico caserón hay sitio más que de sobra. Pero la inesperada reacción de Daniel consigue dejar a todos helados y con los pelos de punta y las visitantes se preguntan por qué razón son tan mal recibidas en esa casa y por ese hombre del que tenían noticias de ser tan atento, gentil y educado. Realmente ninguna es capaz de entender esa reacción tan sumamente inesperada y grosera.

La situación se va haciendo insostenible y Yolanda comienza a investigar el pasado de su marido y a rebelarse a sus imposiciones, con lo que se busca que él comience a maltratarla incluso ya físicamente.

Como muchos ya habréis llegado a suponer, Daniel es un psicópata o al menos esa es la deducción que yo saco del personaje. Para mí Daniel reúne todas las características de la típica personalidad del psicópata de libro.

No me quiero extender mucho más en detalles de la trama de la película y sin embargo quería comentar algo que desvelará por completo datos que se cargarán definitivamente el suspense del film pero que considero importantes para poder desenmascarar las motivaciones que pueden llegar a llevar a un psicópata a la consecución de unos fines y su manera de llevarlos a cabo. Así que vuelvo a hacer advertencias:


SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS...

Como habréis podido sospechar los que habéis leído hasta aquí, después de ir convirtiendo a la persona de Yolanda en un ser totalmente inútil para él, en un cero a la izquierda, cuya presencia ya se ha vuelto molesta y es más cómodo y aconsejable prescindir de ella puesto que ya ha comprobado que ella se niega a hacer lo que él pretende y a ser como él quiere, sin más la mata e incluso le pide a la niña, que se ha convertido en su ojito derecho y en su ingenuidad quiere muchísimo a ese hombre, al que considera su padre y su benefactor, que la ayude a enterrarla trayéndole piedras para cubrir su improvisada tumba en el terreno aledaño a la puerta de la casa. Estos hechos, que la niña por su corta edad no es capaz de asimilar o comprender, él pretende manipularlos en la inexperta mente de ella, convenciéndola de que su madre se ha ido y haciéndole entrar esa idea por la fuerza en su infantil cabecita, castigándola o pegándole cuando ella se muestra dubitativa o insegura acerca de los hechos que han llevado a la desaparición de su madre, hasta convencerla de que su “mamá se ha ido”. Desaparición que él, con un cinismo pasmoso y valiéndose de las circunstancias que le resultan aprovechables para que las cosas parezcan lo que él quiere que parezcan, trastoca y manipula ante los atónitos y desconcertados ojos de la madre y la hermana y los suspicaces de la policía que investiga el caso.

Como suelen hacer los psicópatas cuando han creado una mentira que llega a hacerse insostenible, crean una complicada trama en la que unos argumentos van superponiéndose a otros, desdiciéndose, trastocándolo todo hasta crear un enredo del que no hay forma humana de salir.

La cosa se complica sobremanera cuando el perro intenta descubrir la tumba de Yolanda y comienza a escarbar sobre las piedras, en una inquietante escena en la que la niña intenta por todos los medios impedir que esto suceda y que Daniel se aperciba de ello, como así ocurre, así que, de mala manera, ordena a la niña que aleje de allí al perro. Pero, lógicamente, el animal ya ha olfateado el sitio y le tiene querencia, tiene puesto en marcha ese instinto que es inherente a la naturaleza del perro y del cual no se puede desprender, lo que le cuesta también la vida al can.

La niña, en principio, ante la desaparición del animal, cree que se ha ido, y el sufrimiento que ha empezado a padecer desde la desaparición de su madre, acrecentado por el trato de Daniel, que se ha vuelto confuso para ella y que comienza a hacerla sentir totalmente desprotegida y sola, se vuelve insoportable para Patricia cuando su único amigo, Tinto, ya tampoco está, hasta que termina comprendiendo que el animal ha corrido la misma suerte que su madre.

La pequeña ya desconfía de Daniel y comienza a sumirse en un pozo sin salida y a requerir el consuelo y la compañía de su abuela y de su tía, las cuales intentan descubrir la verdad con la ayuda de la policía y recuperar el contacto con la niña, contacto que él les deniega y hace todo lo posible por mantenerlas alejadas.

Llegados a este punto en el que Daniel se siente acorralado, el espectador teme lo peor, que termine cargándose a la niña.

Ahora, por favor, los valientes que hayáis leído hasta aquí pero que no queráis conocer el final hasta no haber visto la peli de principio a fin, cerrad ya vuestro ordenador, o pasad de página de inmediato. Necesito dialogar con los que la han visto sobre un final que, en principio, me resultó algo confuso pero que analizándolo a posteriori creo que logré entender.


SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS !!!

Hasta aquí hemos llegado a un punto de máxima tensión, de inusitado desconcierto, de latidos del corazón acelerados, de terror en el alma, de inquietud extrema, en que vemos a Daniel alcanzar a la niña, que huía de la casa después de haber logrado soltarse de las ataduras y la mordaza que él le había puesto para que la policía no la descubriera, ya que la había sacado del colegio y la mantenía encerrada en la casa como una posesión más.

Aprovechando la visita de un policía al que ha de atender Daniel, la pequeña logra soltarse y escapar. Pero, por aquellos terrenos desérticos, áridos y llanos, difícilmente podría ocultarse, de manera que Daniel no tarda en descubrirla y sale tras ella. Aquí llega la escena cumbre en la que, juntos ambos, Daniel y Patricia, en el ocaso del día, en medio del extenso descampado, tienen un bis a bis que pone los pelos de punta, con el hombre apuntando con su negra pistola a la sien de la niña, y una se hace la composición de lugar, preparándose para lo peor, intentando desdramatizar, distanciarse, de que lo que va a suceder ya es esperado y no tiene vuelta de hoja, y cuanto antes lo acepte una menos sufrirá ante tal escena.

Así, preparándome para lo peor estaba yo cuando, sorprendentemente, Daniel aparta su pistola y le dice a la niña que huya, que se aleje de allí lo más deprisa que pueda, que corra, que se vaya y no vuelva nunca. Mientras Patricia corre campo a través, él permanece pensativo imaginando a la pequeña contar toda la verdad de lo sucedido, descubriendo todos los detalles, desenmascarando la personalidad de quien decía ser su padre.

Confieso que este final me sorprendió y me hizo dudar de que Daniel fuera un verdadero psicópata. ¿Por qué? Pues porque para una persona normal, ante una situación de éstas, se suele desencadenar un sentimiento de empatía, de manera que, al identificarnos con el hombre que ha dejado escapar a la niña, con el verdugo que ha concedido la libertad a su víctima, identificamos un sentimiento de misericordia, de compasión o de arrepentimiento. Eso fue lo que me confundió y me hizo dudar...

Pero, sinceramente, recapacitando me doy cuenta de que nada más lejos. ¿Por qué permite Daniel que Patricia escape y se queda dándole vueltas a unas palabras que, puestas en boca de la niña, a buen seguro lo van a delatar? No olvidemos que Daniel es un psicópata y un psicópata no deja de serlo por arte de magia, porque se le ablande el corazón, porque sienta lástima o porque de repente le dé un cargo de conciencia. En absoluto. El psicópata nunca actúa así y esto debemos tenerlo muy claro y no olvidarlo nunca. Lo recalco para aquellas personas que todavía crean en una posible redención, en algún momento de arrepentimiento, sentimiento de culpa o deseo de cambio. No os engañéis, por favor, el psicópata es psicópata y no puede ser de otra manera.

El psicópata suele elaborar planes que le sirvan de satisfacción y es lo único que busca. A veces se ve obligado a improvisar o cambiar sus planes sobre la marcha puesto que, una vez traspasada la barrera de lo legal, prácticamente no puede sostener su trama, sus coartadas, sus alegaciones, sin caer en manos de la justicia. Cuando un criminal psicópata es apresado por la ley, un asesino en serie, por ejemplo, suele tener tendencia a, en lugar de mostrar arrepentimiento, alardear de sus fechorías, enorgullecerse de ellas, se siente por encima de los demás mortales que no son capaces de traspasar esas barreras, se siente superior, dueño de todo y de todos, como un dios. Si es apresado le dará la vuelta a la tortilla y, ante la imposibilidad de cambiar su situación, sí que puede cambiar las circunstancias, seguir mintiendo y manipulando los hechos para que, en lugar de parecer lo que son, parezcan lo que él quiere que parezcan, lo que a él, a su extraordinario ego, le conviene que parezcan. De esta manera, una vez que Daniel ya comprende que no tiene escapatoria posible, lo único que le queda es sacar provecho de esa situación y el testimonio de la niña le ha de servir como el canto de un juglar que pregona las hazañas de un héroe.


Epílogo:

Hay algo que me gustaría añadir sobre todo para quienes no estén familiarizados con la actuación de los psicópatas. El psicópata no cambia a lo largo de una relación, no es que al principio se enamore de verdad, dé rienda suelta a unos sentimientos y después se canse, se aburra o se trastoquen esos sentimientos por alguna causa o pierda el interés o la motivación. No, nada de eso, el psicópata es que nunca ha llegado a tener esos sentimientos, solamente los ha fingido, han formado parte de la parafernalia de su plan que quizás no entendamos pero mediante el cual busca de alguna manera su satisfacción. Pero suelen ser muy buenos actores y muy convincentes y generalmente en una pareja en que el hombre, por ejemplo, es psicópata (estadísticamente hay mayor número de psicópatas hombres que mujeres), la mujer estará totalmente convencida de que la ama, la respeta y está colado por sus huesos hasta que comienza a preguntarse qué mosca le ha picado a ese hombre, qué lo está haciendo cambiar, qué pasa con ella que ya no es capaz de satisfacerlo y miles de preguntas más que intentará plantear o plantearse dentro de los límites de lo que para ella es racional. Pero hemos de saber que un psicópata no piensa, no siente, no reacciona, no discurre y no actúa como las personas que consideramos normales. Hemos de imaginar como una especie de alienígena que viniera del espacio exterior y cuya idiosincrasia, manera de pensar o de hacer las cosas, su mentalidad y todo su ser sea tan diferente al nuestro que fuera imposible la comprensión entre ambos.

Cuando, en una relación con un psicópata creemos que nos estamos entendiendo, que existe reciprocidad, empatía o intercambio equitativo, nada más lejos, quitémonos esa idea de la cabeza, es falsa y lo único que puede hacer es que nos dañemos más si es que hemos caído en las redes de alguna persona de estas características. Creedme, el psicópata no cambia; finge, imita, actúa, interpreta... y, sobre todo, manipula y engaña. En sus manos somos objetos destinados a su satisfacción, jamás nos verán como a iguales y por lo tanto se pueden permitir hacer lo que quieran con nosotros. Y tened muy en cuenta que jamás se arrepienten; no os dejéis engañar.

V. E.

viernes, 8 de marzo de 2013

Casco en bici obligatorio


Me pregunto si está demostrado estadísticamente o de alguna otra manera que el casco salve la vida del ciclista. Yo, sinceramente, creo que lo único que demuestra esta absurda medida que al parecer nos van a imponer a l@s que como yo nos gusta pasear en bici, hacer los recados o las compras pertinentes en bici o simplemente desplazarnos por ciudad en bici porque nos parece una forma más práctica, rápida, económica y saludable de ir de un lado a otro por ciudad, es la necesidad de los ayuntamientos de encontrar la manera de sacar un dinero extra que son capaces de buscar hasta debajo de las piedras.

Sí, amig@s, ¿alguien piensa que si nos imponen la obligatoriedad del caso a los ciclistas en ciudad es por protegernos?, pero, si sobramos gente..., si cuanto menor sea el número de habitantes por ciudad, menor será el índice de paro.

¿Cómo es que los gobiernos no están haciendo nada por evitar el creciente número de suicidios que se está dando cuando hay personas que llegan a un punto en sus vidas que no encuentran una opción que les posibilite seguir haciéndolo? ¿No están los gobernantes robando el dinero de los contribuyentes, de los ciudadanos de a pie, que somos las personas más vulnerables a causa de esta maldita crisis que nos consume hasta el punto de que hay gente que no encuentra ya medios a su alcance para vivir en una sociedad que está planteada para el consumo y por el consumo?

No hay dinero para ayudas, no hay fondos para subvenciones. Para mí es más que evidente que uno de los medios más cómodos al alcance de los ayuntamientos es la práctica de la temible multa. Claro que, me digo, qué ilusos si pretenden que hoy día los ciudadanos, que apenas tenemos para cubrir las necesidades diarias (los que las tenemos), estaremos dispuestos a pagar multas, en el caso concreto que nos ocupa, los aficionados a circular en bici, por no llevar el casco puesto en nuestros desplazamientos por ciudad.

Sí, ya sé que de esto deviene otra pregunta pertinente: ¿por qué no vamos a llevar el casco puesto cuando circulemos en bici si, como parece, va a salir una ley que lo haga obligatorio? Pues porque montar en bicicleta es uno de los ejercicios más saludables y satisfactorios, de esos capaces de aumentar nuestra tasa de endorfinas y no solo por el ejercicio del pedaleo en sí, sino por la libertad y la ligereza que permite sentir a quien lo practica. Libertad de movimientos, al sentirte desprovisto de cualquier peso añadido, o de incómodas ataduras o artilugios que nos imposibiliten o hagan más incómodos los ademanes o giros de cabeza para mirar hacia los lados para controlar la circulación a nuestro alrededor, para tener un campo de visibilidad suficiente para abordar la tarea de cruzar o, en definitiva, poder practicar un ejercicio que en sí debería proporcionar toda la libertad del mundo, toda esa sensación de sentirnos libres de ataduras, de sentir el oxígeno del aire rozando nuestra piel, los poros de nuestra cabeza despejados de cualquier opresión y el masaje relajante que proporciona nuestra cabellera al viento.

Pero a alguien se le ha ocurrido que es hora de “salvar vidas a los ciclistas” y para ello nada mejor que obligarle a llevar su casco puesto, aun a riesgo de provocarle ciertas incomodidades que le convertirán el sano y placentero ejercicio de pasear en bici en una tarea incómoda que le supondrá adicionar una carga más o menos pesada, molesta, incordiante y que, en la mayoría de los casos no está demostrado que sirva de mucho en caso de accidente, más bien, pienso yo, que favorecerá provocarlo, debido, como decía antes, al impedimento de la buena visibilidad o facilidad de movimientos o giros rápidos y efectivos de cabeza en momentos de la circulación en que se necesite la libertad total y absoluta de reflejos.

Ahora, lo que no tengo muy claro es si lo que pretenden es multarnos para sacar de alguna forma ese dinerito extra que les está haciendo falta o tal vez lo que esperan conseguir es deshacerse de un buen número de "molestos ciclistas que obstruyen o ponen en peligro el tráfico en las ciudades", que, ante la incomodidad de llevar el casco puesto o el temor a ser multados, se retirarán de la circulación.

Yo, aparte de expresar mi sincera opinión y adhesionarme a las plataformas o asociaciones de ciclistas que no están de acuerdo con la puesta en marcha de esta ley y tratan de impedir que se promulgue, voy a terminar este post con una imagen fotográfica, porque, como muy sabiamente dirían los orientales: “una imagen vale más que mil palabras”. Ésta corresponde a una instantánea de una famosa película que supongo que la mayoría habréis visto, El Sexto Sentido, sí, justamente esa en la que el niño protagonista en ocasiones veía muert@s...



V. E.


viernes, 1 de marzo de 2013

Pagar a cambio de nada



Hoy quería hablaros de que ahora las cosas no son como antes. Menuda perogrullada, lo sé, pero es que es así, aunque... tampoco estoy segura del todo..., es que creo que precisamente están volviendo a ser como antes.

No recuerdo ya desde hace cuánto en España veníamos disfrutando de una política social que, al menos, nos permitía hacer todo tipo de trámites relativos a organismos oficiales o gubernamentales, a la administración pública y demás, de manera gratuita. Y es que, casi sin darnos cuenta, todas aquellas personas que habíamos nacido y vivido nuestra infancia en la época franquista, que hemos sido testigos de una transición y que hemos gustado el cambio y saboreado la democracia, nos habíamos ido acostumbrando a vivir con toda naturalidad aquello que, en principio, nos parecía como una panacea, como un cuento de ficción en un país de maravillas.

Recuerdo los tiempos en que cualquier trámite, por pequeño o grande que fuera, no solo te obligaba a hacer colas interminables, a demorar un tiempo precioso en el que te iban enviando de un lugar a otro, de una ventanilla a otra y de un día a otro sin que uno vislumbrara siquiera el final de tales periplos. A veces aún ocurre, para qué nos vamos a engañar. Pero no cabe duda de que la informatización de cualquier trámite o proceso lleva un camino adelantado inimaginable en aquellos tiempos. Algunas solicitudes incluso las podemos hacer cómodamente sentados ante nuestro ordenador y, mientras los trámites van llevando su curso, podemos dedicarnos a nuestras tareas diarias.

Otra de las cosas que aún recuerdo como pintorescas era lo que había que pagar por cualquier trámite por mínimo que fuera. Cualquier impreso, papel para formulario, instancia, sello, timbre, certificación, etc., había que pagarlo. Uno iba a pedir una información y para que te la pudieran dar debías rellenar un formulario, que no era más que un papel impreso en el que responder a unas cuestiones, el cual debías pagarlo. Una vez pagado lo retirabas de ventanilla, te sentabas a rellenarlo y debías presentarte en otra ventanilla o mostrador para entregarlo. Para que constara como entregado debían plasmar en él un sello, y para que pudieran plasmarlo en tu documento, debías pagar unas tasas. Para que quedara constancia de que tú habías abonado esas tasas, te daban (mejor dicho, vendían) otro documento impreso que debías firmar y entregar en otra ventanilla, pero claro, naturalmente tenías que pagarlo. Una vez pagado ya lo podías retirar, firmar y entregar en la siguiente ventanilla, pero, ojo, no te lo podían recoger si no pagabas otra cantidad en concepto de entregado. Muy bien, tú pagabas, entregabas ese justificante y cuando creías que ya estaba todo solucionado, el funcionario o funcionaria correspondiente te advertía de que no serviría de mucho si tú no guardabas una copia del mismo, por lo que era necesario adquirir un papelito igual, solo que éste rosa, que había que pagarlo, por supuesto, y se compraba en otro mostrador. Después de hacer una nueva cola en el mostrador donde venden las copias en rosa, debías llevarlo firmado a la ventanilla anterior y, como es natural, al entregarlo, pagar una cantidad por ello, si no, por supuesto, no te lo admitían. Bueno, no había más remedio que pagar porque no se iba uno a dejar el trámite a medias, pero, ya que estabas pagando la que creías era la última tasa de la gestión del día, el funcionario o funcionaria te advertía que era necesaria una copia de color amarillo para enviar a Madrid, ya que, en su defecto, todo el trámite que habías hecho y que te había llevado una mañana entera desde las 8 hasta bien entrada la hora de comer, no tendría validez alguna y era como si no hubieras entregado el papel blanco relleno y sellado ni te hubieras llevado la copia rosa; el amarillo era el que definitivamente te permitiría acceder a tramitar tu solicitud, sea cual fuere.
Así que no quedaba otra que aguantar un poco el hambre, volver a hacer otra cola, ésta en el mostrador de instancias dirigidas a la central, o sea, la capital, o sea, Madrid, comprar un sobre en el estanco de enfrente, volver a hacer cola para entregar el sobre y que el empleado introdujera tu papelito amarillo dentro, y pagar unas tasas que incluían los sellos de correos, el diez por ciento del sueldo del empleado de la oficina que debía echar el sobre en el buzón, el cafelito del empleado de correos al que le tocara manipular la saca donde se incluía tu sobre, las dietas del empleado del ministerio que debía hacerse cargo de la recogida y distribución de las instancias una vez en Madrid y un tanto por ciento del abrigo de pieles que el ministro de finanzas le regalaría a su señora esposa el día 14 de febrero, día de la festividad de San Valentín.
Una vez abonadas todas las tasas, completados todos los trámites, entregados todos los papelitos, firmados todos los documentos, después de haber aguantado todas las colas pertinentes, ya podías irte a tu casa con esa agradable sensación del deber cumplido y las cosas bien hechas, y qué bien te sentaba el cocido después del desgaste de energía sufrido con tanto ir y venir del mostrador a la ventanilla, de la ventanilla al estanco y del estanco al mostrador. Ya podías echarte a dormir una buena siesta después con la conciencia tranquila.

Al cabo de unos tres meses, aproximadamente, recibías una carta, con un llamativo sobre color crema, con membrete oficial del Ministerio, que te traía a la puerta de tu casa un cartero con gorra y uniforme azul marino y que te pedía que firmaras un impreso, ya que el documento venía certificado, pero no lo podías abrir hasta que no pagaras el importe de la certificación; hasta entonces el cartero no soltaba el sobre de su mano. Una vez abonado el importe y echada la firmita, el cartero se iba y tú corrías a por un cuchillo (que siempre se suele encontrar alguno antes que un abrecartas en una casa) para abrir el sobre con la expectación lógica por conocer la respuesta a tu solicitud, aquella que en su día te costó tanto sudor.

Uffff, noooo, desgraciadamente, tu solicitud había sido denegada porque tenías que haber acompañado la documentación de un papel verde que, era más caro, pero te aseguraba que tu solicitud fuera aceptada y te hubieran concedido la posibilidad de presentar otro informe más exhaustivo que casi casi te garantizaba el acceso a formar parte de unos archivos de los cuales tus datos pasarían a formar parte para, en el día de mañana, optar por acceder a la información sobre una de esas ayudas posibles que el gobierno tenía previsto poner en marcha, si alcanzaban los presupuestos del estado, y cuya concesión dependería de los hijos que hubieras tenido hasta entonces y que no hubieran cumplido los 21 años y, por supuesto, que estuvieran vivos y bautizados en la fe católica.

Ahora, con el gobierno de Rajoy, no sé si volverán a obligarnos a profesar la fe católica, aunque tampoco creo que Rajoy pretenda ser más papista que el Papa, y si el susodicho dimite ¿por qué no vamos a poder dimitir nosotros?, pero, por el momento, ya nos están haciendo pagar por entregar solicitudes, demandas de ayudas y papeleos o trámites de ese tipo. Es decir, que tal y como nos están planteando la vida a los ciudadanos de a pie, a los que creíamos pertenecer a esa mayoritaria clase media, que ahora ya se encuentra camino del tercermundismo, la mendicidad o la vagabundería, que nos estamos viendo obligados a solicitar ayudas gubernamentales para poder sobrevivir en una sociedad que se está empobreciendo a pasos agigantados, ayudas que sabemos, porque la ingenuidad en estos tiempos es mala consejera, que no nos concederán porque el dinero blanco escasea mientras que el dinero negro ha volado de nuestras fronteras, resulta que debemos pagar por ello; o sea, que hemos de hacer un desembolso a cambio de nada, pagar por un servicio que es ficticio, virtual en el más puro significado del término, es decir, que pretenden hacernos caer en el antaño famoso timo de la estampita.

Así, por entregar una solicitud de ayuda económica ante una situación de urgente necesidad a la que el ciudadano no puede hacer frente porque su precaria economía no le alcanza, deberá pagar 20€, los cuales, como la lógica debe hacernos pensar, son a fondo perdido, es decir, que se trata de un desembolso a cambio de nada, porque sabemos que si nos están pidiendo dinero por entregar un papel es porque no hay para esa ayuda que pretendemos. Vamos, como si un pordiosero en la puerta de Mercadona te extiende su mano farfullando que necesita una ayuda para comer y tú le dices que te adelante 10 € para ver si le puedes dar algunos alimentos de los que compres y, cuando sales con tu bolsa llena le espetas que lo sientes mucho pero que no has tenido bastante para comprar nada para él, que todo lo que llevas en tu bolsa es para tu casa y que tu dinero no te alcanzaba y has tenido que echar mano de sus 10€.


V. E.


Después de escribir este artículo, de denuncia pero en un tono jocoso con el que intentaba desdramatizar la situación que estamos viviendo actualmente en España, me entero de un nuevo suicidio, ocurrido en mi localidad, de una persona a la que, encontrándose en una situación de extrema necesidad familiar, los Servicios Sociales han denegado ayuda. ¡Imposible desdramatizar!