Otro campo de visión de la Visionaria Enmascarada

miércoles, 13 de marzo de 2013

LA PSICOPATÍA EN EL CINE (II)


“Una casa en las afueras”




Interesante, a mi juicio, este film español que tuve ocasión de ver hace unos días en la tele, Una casa en las afueras, del año 1995, porque creo que hay alguna peli más con ese mismo título. Ésta, dirigida por Pedro Costa y protagonizada por Juan Echanove, Emma Suárez y la niña Tania Henche, una delicia de criatura que hace un papel fundamental en la obra, narra una historia basada en hechos reales.

Comencé a verla sin conocer nada en absoluto sobre esta cinta, sin antecedentes previos, además la pillé ya empezada y perdí las primeras escenas, con cierta expectación pero también con algo de reticencia por mi parte, pues, no suelen gustarme esas películas cuyos guiones, basados en truculentas historias que normalmente tienen que ver con circunstancias relativas al pasado, con hechos criminales sucedidos entre las cuatro paredes de una vivienda que, al parecer conserva cierto embrujo o memoria energética de lo sucedido allí dentro en otros tiempos, tienen mucho que ver con eventos o entidades del más allá, con fantasmas del pasado adheridos a las paredes de la casa y ese tipo de temas entre esotéricos y fantásticos que, si no son muy bien tratados, corren el peligro de resultar en auténticos bodrios, aunque reconozco que también las ha habido bastante buenas en la historia del cine.

Pero, a medida que me metía en la trama del film pude comprobar que ésta no, ésta no aludía a seres fantasmagóricos ni a manifestaciones del pasado que se hicieran tangibles en los muros de la vivienda. Ni siquiera se trataba de una alusión a un tema candente de actualidad como pudiera ser la “burbuja inmobiliaria” ni tampoco el de los penosos desahucios. Si acaso, algo de fantasmas del pasado sí que acechaban, pero se trataba más bien de esos fantasmas internos que todos tenemos en mayor o menor medida y que el protagonista de este film, un hombre un tanto desequilibrado, los llevó hasta sus últimas consecuencias.

Esta casa no estaba habitada por fantasmas, ésta casa era nueva y, si bien ya tenía sus cimientos al comienzo de la peli, la vemos construirse casi ladrillo a ladrillo, ir tomando forma y consistencia hasta convertirse en una vivienda, pero ¿y en un hogar?. Lo cierto es que, esta casa, un solitario chalet de moderna construcción, totalmente nueva, a estrenar por los protagonistas de la peli, sus habitantes, sí que podría perfectamente dar lugar en siguientes secuelas (ignoro sí ya existe alguna) a nuevas historias con nuevos protagonistas, nuevos habitantes de sus estancias, que pudieran sufrir las consecuencias, provenientes desde un más allá, de los hechos acaecidos dentro de esta inhóspita vivienda que, en un principio, prometía ser un maravilloso, cómodo, acogedor, alegre y moderno hogar, aunque, eso sí, en un entorno solitario, árido y lúgubre que ya presagiaba alguna desgracia.

Después de preguntarme qué clase de misterio escondería esa casa, qué vicisitudes esperaban a esa pareja de enamorados que, por circunstancias de la vida, comienzan a conocerse, entablan una relación y deciden que son idóneos para unirse y formar una familia, comencé a adentrarme en la película. Ella, Yolanda, es una joven madre soltera que trabaja en lo que le sale y tiene una niña pequeña a la que mantener, una mujer que lucha por sacar adelante su vida y la de su hija, y él, Daniel, un ejecutivo, un tipo de esos con dinero y posición, de los que una a primera vista no se enamoraría pero que tiene un aspecto y un carácter bonachón de los que te hacen sentir protegida; además, como no es muy agraciado físicamente, ha desarrollado otros valores personales y es un hombre cortés, cariñoso, atento y detallista. Daniel está ansioso por tener una familia y sabe como engatusar a Yolanda, una mujer que cumple sus nada exigentes ni complicadas expectativas y que pretende que sustituya a su antigua novia, Blanca, la cual supuestamente murió y con la que había hecho planes de vida en común en esa casa que no llegó a construir. Daniel sabe cómo conquistar a Yolanda, y ella, que no ha tenido mucha suerte en el amor, se deja llevar, como lo demuestran esos pasos de baile que vemos a ambos dar en unas clases de danza a las que asisten. Por otra parte, la hija no parece tampoco ser un obstáculo, más bien todo lo contrario, pues, al parecer, a Daniel le gusta la idea de ocuparse de las dos, de llevarlas a formar parte de su vida, y muestra cierta debilidad por la niña, Patricia, a la que sabe atraer con su cariño y sus regalos y está decidido a considerar como una hija propia.

Todo parece suceder de un forma tan ideal y natural, como si fluyera por su propia inercia, que el espectador, inevitablemente, se dice a sí mismo que no puede ser, que en la vida real las cosas no son así, y una comienza a elucubrar sospechas y temores.

Yolanda se ha dejado seducir completamente y la niña también le ha tomado cariño a Daniel y está contenta con la idea de tener un papá.

Es curiosa la escena en la que Yolanda queda para comer con su madre y su hermana para presentarles a Daniel y éste exhibe unas formalidades, una parafernalia y unos ademanes que resultan desfasados hoy día, fuera de lugar, excesivos o demasiado ensayados pero que, sin duda han sido estudiados para caer bien a una futura suegra, a una señora de cierta edad a la que se supone que las buenas maneras, la corrección en las formas y una actitud que recuerde a las buenas costumbres de su época, lograrán conquistar.

Ese detalle, que como era de esperar complace tanto a Yolanda como a su madre, choca con la mirada crítica de la hermana, que encuentra sospechosa la actitud de su futuro cuñado y se crea unos temores que no puede obviar y se siente obligada a prevenir a su hermana. Pero, ni Yolanda ni su madre son capaces de detectar peligro alguno, al contrario, se sienten satisfechas con la decisión de la pareja de contraer matrimonio y, para colmo, Patricia lo adora y se siente afortunada de comenzar una nueva vida en una nueva casa, con un papá que la quiere, la mima y se ocupa de todas sus necesidades, como su educación, llevarla todos los días al colegio, prepararle el desayuno, leerle cuentos antes de dormir, etc., y un fiel perro, Tinto, que será su mascota y su compañero inseparable de juegos al mismo tiempo que cuidará de una casa tan solitaria y apartada del mundanal ruido como lo es esta “casa en las afueras”, tan única y tan en las afueras, que en ella Yolanda, que se queda prácticamente la totalidad del día sola, va perdiendo poco a poco todo contacto con el entorno, con la realidad, con la sociedad y hasta con su madre, su hermana y sus amistades.

No quisiera pecar de indiscreta y desgranar un guión o una trama de una película que tal vez el lector o lectora tenga algún interés por ver, mi intención no es la de cargarme la intriga de un argumento y menos de un desenlace, sin embargo puede que en cierto modo lo escrito a continuación revele ciertas cosas que tiren por tierra el suspense creado en este film, pero necesito hacerlo para llegar a mis conclusiones sobre el tema que para mí es central y en el que baso mis conjeturas.

De manera que, a partir de aquí, quien haya visto la película o no le importe conocer ciertos detalles que le desarmarán la trama, tiene mi permiso para seguir leyendo, pero quien tenga interés por verla y le gusten las sorpresas, lo mejor es que se abstenga de seguir leyendo. Quien avisa no es traidor.



A partir de aquí, contiene SPOILERS:


Una vez han formado pareja, familia, mejor dicho, pues Daniel se siente o manifiesta sentirse como una verdadero padre para Patricia, de la que dice que se le parece cuando Yolanda le enseña por primera vez una foto de la niña, ese trato cariñoso, atento, caballeroso y protector de Daniel hacia Yolanda lo va cambiando poco a poco por otro posesivo, manipulador, despótico, desagradable, al mismo tiempo que la va apartando de las demás personas, la va acorralando, cercando, tanto física como psíquicamente, imponiéndole sus gustos, sus criterios, sus órdenes, y derribando los gustos de ella, sus expectativas sobre el hogar y la familia, sus ilusiones, sus deseos de trabajar y realizarse; desprestigiando lo que ella hace por embellecer la casa, cerrándole puertas y vedándole la entrada a ciertas habitaciones, hasta que termina por no dejarla salir para nada de la casa, impidiéndole siquiera pasear por los solitarios alrededores. Al mismo tiempo la va convenciendo para cambiar su look, de manera que la va transformando, casi sin que ella misma lo advierta, en otra persona, remodelándola a su gusto, convirtiéndola en un objeto de su propiedad, realizando una auténtica labor de dominio.

Su carácter hacia ella lo va volviendo poco a poco más agrio desaprobando cada vez más todo lo que ella hace, desea o le gusta, en un intento de hacerla sentir culpable por no saber complacerlo, por no acertar con lo que se supone se espera de una esposa. Pero, a u vez, va creando una distancia entre ella y su hija, a la que trata casi como si él la hubiera parido, a la que quiere por encima de todo y de la que se ocupa más que si de él mismo se tratara. Prácticamente se va ocupando cada vez más de todas las tareas referentes a la niña, aislando así a su madre, desprestigiándola y haciéndola pasar a ocupar un segundo lugar en la relación con ella, como si fuera una inútil o simplemente una figura innecesaria. Pero al mismo tiempo vamos dándonos cuenta de cómo la niña para él se convierte en un objeto de su posesión, un objeto manipulable y moldeable a su antojo. Daniel parece estar chiflado por la niña, parece quererla más que a nada ni a nadie en el mundo, pero la triste realidad, la que el espectador ya ha comenzado a ver, es que esta preciosa niña es sólo una muñeca, un juguete en las manos de Daniel.

Un buen día, Yolanda está loca de contenta porque ve truncada su impuesta soledad por la visita sorpresa de su madre y su hermana acompañadas por una antigua amiga de la protagonista a la que hacía mucho tiempo que no veía. Cuando llega Daniel ella está súper ilusionada y ha decidido hospedar a tan extraordinarias huéspedes, pues, en ese magnífico caserón hay sitio más que de sobra. Pero la inesperada reacción de Daniel consigue dejar a todos helados y con los pelos de punta y las visitantes se preguntan por qué razón son tan mal recibidas en esa casa y por ese hombre del que tenían noticias de ser tan atento, gentil y educado. Realmente ninguna es capaz de entender esa reacción tan sumamente inesperada y grosera.

La situación se va haciendo insostenible y Yolanda comienza a investigar el pasado de su marido y a rebelarse a sus imposiciones, con lo que se busca que él comience a maltratarla incluso ya físicamente.

Como muchos ya habréis llegado a suponer, Daniel es un psicópata o al menos esa es la deducción que yo saco del personaje. Para mí Daniel reúne todas las características de la típica personalidad del psicópata de libro.

No me quiero extender mucho más en detalles de la trama de la película y sin embargo quería comentar algo que desvelará por completo datos que se cargarán definitivamente el suspense del film pero que considero importantes para poder desenmascarar las motivaciones que pueden llegar a llevar a un psicópata a la consecución de unos fines y su manera de llevarlos a cabo. Así que vuelvo a hacer advertencias:


SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS...

Como habréis podido sospechar los que habéis leído hasta aquí, después de ir convirtiendo a la persona de Yolanda en un ser totalmente inútil para él, en un cero a la izquierda, cuya presencia ya se ha vuelto molesta y es más cómodo y aconsejable prescindir de ella puesto que ya ha comprobado que ella se niega a hacer lo que él pretende y a ser como él quiere, sin más la mata e incluso le pide a la niña, que se ha convertido en su ojito derecho y en su ingenuidad quiere muchísimo a ese hombre, al que considera su padre y su benefactor, que la ayude a enterrarla trayéndole piedras para cubrir su improvisada tumba en el terreno aledaño a la puerta de la casa. Estos hechos, que la niña por su corta edad no es capaz de asimilar o comprender, él pretende manipularlos en la inexperta mente de ella, convenciéndola de que su madre se ha ido y haciéndole entrar esa idea por la fuerza en su infantil cabecita, castigándola o pegándole cuando ella se muestra dubitativa o insegura acerca de los hechos que han llevado a la desaparición de su madre, hasta convencerla de que su “mamá se ha ido”. Desaparición que él, con un cinismo pasmoso y valiéndose de las circunstancias que le resultan aprovechables para que las cosas parezcan lo que él quiere que parezcan, trastoca y manipula ante los atónitos y desconcertados ojos de la madre y la hermana y los suspicaces de la policía que investiga el caso.

Como suelen hacer los psicópatas cuando han creado una mentira que llega a hacerse insostenible, crean una complicada trama en la que unos argumentos van superponiéndose a otros, desdiciéndose, trastocándolo todo hasta crear un enredo del que no hay forma humana de salir.

La cosa se complica sobremanera cuando el perro intenta descubrir la tumba de Yolanda y comienza a escarbar sobre las piedras, en una inquietante escena en la que la niña intenta por todos los medios impedir que esto suceda y que Daniel se aperciba de ello, como así ocurre, así que, de mala manera, ordena a la niña que aleje de allí al perro. Pero, lógicamente, el animal ya ha olfateado el sitio y le tiene querencia, tiene puesto en marcha ese instinto que es inherente a la naturaleza del perro y del cual no se puede desprender, lo que le cuesta también la vida al can.

La niña, en principio, ante la desaparición del animal, cree que se ha ido, y el sufrimiento que ha empezado a padecer desde la desaparición de su madre, acrecentado por el trato de Daniel, que se ha vuelto confuso para ella y que comienza a hacerla sentir totalmente desprotegida y sola, se vuelve insoportable para Patricia cuando su único amigo, Tinto, ya tampoco está, hasta que termina comprendiendo que el animal ha corrido la misma suerte que su madre.

La pequeña ya desconfía de Daniel y comienza a sumirse en un pozo sin salida y a requerir el consuelo y la compañía de su abuela y de su tía, las cuales intentan descubrir la verdad con la ayuda de la policía y recuperar el contacto con la niña, contacto que él les deniega y hace todo lo posible por mantenerlas alejadas.

Llegados a este punto en el que Daniel se siente acorralado, el espectador teme lo peor, que termine cargándose a la niña.

Ahora, por favor, los valientes que hayáis leído hasta aquí pero que no queráis conocer el final hasta no haber visto la peli de principio a fin, cerrad ya vuestro ordenador, o pasad de página de inmediato. Necesito dialogar con los que la han visto sobre un final que, en principio, me resultó algo confuso pero que analizándolo a posteriori creo que logré entender.


SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS !!!

Hasta aquí hemos llegado a un punto de máxima tensión, de inusitado desconcierto, de latidos del corazón acelerados, de terror en el alma, de inquietud extrema, en que vemos a Daniel alcanzar a la niña, que huía de la casa después de haber logrado soltarse de las ataduras y la mordaza que él le había puesto para que la policía no la descubriera, ya que la había sacado del colegio y la mantenía encerrada en la casa como una posesión más.

Aprovechando la visita de un policía al que ha de atender Daniel, la pequeña logra soltarse y escapar. Pero, por aquellos terrenos desérticos, áridos y llanos, difícilmente podría ocultarse, de manera que Daniel no tarda en descubrirla y sale tras ella. Aquí llega la escena cumbre en la que, juntos ambos, Daniel y Patricia, en el ocaso del día, en medio del extenso descampado, tienen un bis a bis que pone los pelos de punta, con el hombre apuntando con su negra pistola a la sien de la niña, y una se hace la composición de lugar, preparándose para lo peor, intentando desdramatizar, distanciarse, de que lo que va a suceder ya es esperado y no tiene vuelta de hoja, y cuanto antes lo acepte una menos sufrirá ante tal escena.

Así, preparándome para lo peor estaba yo cuando, sorprendentemente, Daniel aparta su pistola y le dice a la niña que huya, que se aleje de allí lo más deprisa que pueda, que corra, que se vaya y no vuelva nunca. Mientras Patricia corre campo a través, él permanece pensativo imaginando a la pequeña contar toda la verdad de lo sucedido, descubriendo todos los detalles, desenmascarando la personalidad de quien decía ser su padre.

Confieso que este final me sorprendió y me hizo dudar de que Daniel fuera un verdadero psicópata. ¿Por qué? Pues porque para una persona normal, ante una situación de éstas, se suele desencadenar un sentimiento de empatía, de manera que, al identificarnos con el hombre que ha dejado escapar a la niña, con el verdugo que ha concedido la libertad a su víctima, identificamos un sentimiento de misericordia, de compasión o de arrepentimiento. Eso fue lo que me confundió y me hizo dudar...

Pero, sinceramente, recapacitando me doy cuenta de que nada más lejos. ¿Por qué permite Daniel que Patricia escape y se queda dándole vueltas a unas palabras que, puestas en boca de la niña, a buen seguro lo van a delatar? No olvidemos que Daniel es un psicópata y un psicópata no deja de serlo por arte de magia, porque se le ablande el corazón, porque sienta lástima o porque de repente le dé un cargo de conciencia. En absoluto. El psicópata nunca actúa así y esto debemos tenerlo muy claro y no olvidarlo nunca. Lo recalco para aquellas personas que todavía crean en una posible redención, en algún momento de arrepentimiento, sentimiento de culpa o deseo de cambio. No os engañéis, por favor, el psicópata es psicópata y no puede ser de otra manera.

El psicópata suele elaborar planes que le sirvan de satisfacción y es lo único que busca. A veces se ve obligado a improvisar o cambiar sus planes sobre la marcha puesto que, una vez traspasada la barrera de lo legal, prácticamente no puede sostener su trama, sus coartadas, sus alegaciones, sin caer en manos de la justicia. Cuando un criminal psicópata es apresado por la ley, un asesino en serie, por ejemplo, suele tener tendencia a, en lugar de mostrar arrepentimiento, alardear de sus fechorías, enorgullecerse de ellas, se siente por encima de los demás mortales que no son capaces de traspasar esas barreras, se siente superior, dueño de todo y de todos, como un dios. Si es apresado le dará la vuelta a la tortilla y, ante la imposibilidad de cambiar su situación, sí que puede cambiar las circunstancias, seguir mintiendo y manipulando los hechos para que, en lugar de parecer lo que son, parezcan lo que él quiere que parezcan, lo que a él, a su extraordinario ego, le conviene que parezcan. De esta manera, una vez que Daniel ya comprende que no tiene escapatoria posible, lo único que le queda es sacar provecho de esa situación y el testimonio de la niña le ha de servir como el canto de un juglar que pregona las hazañas de un héroe.


Epílogo:

Hay algo que me gustaría añadir sobre todo para quienes no estén familiarizados con la actuación de los psicópatas. El psicópata no cambia a lo largo de una relación, no es que al principio se enamore de verdad, dé rienda suelta a unos sentimientos y después se canse, se aburra o se trastoquen esos sentimientos por alguna causa o pierda el interés o la motivación. No, nada de eso, el psicópata es que nunca ha llegado a tener esos sentimientos, solamente los ha fingido, han formado parte de la parafernalia de su plan que quizás no entendamos pero mediante el cual busca de alguna manera su satisfacción. Pero suelen ser muy buenos actores y muy convincentes y generalmente en una pareja en que el hombre, por ejemplo, es psicópata (estadísticamente hay mayor número de psicópatas hombres que mujeres), la mujer estará totalmente convencida de que la ama, la respeta y está colado por sus huesos hasta que comienza a preguntarse qué mosca le ha picado a ese hombre, qué lo está haciendo cambiar, qué pasa con ella que ya no es capaz de satisfacerlo y miles de preguntas más que intentará plantear o plantearse dentro de los límites de lo que para ella es racional. Pero hemos de saber que un psicópata no piensa, no siente, no reacciona, no discurre y no actúa como las personas que consideramos normales. Hemos de imaginar como una especie de alienígena que viniera del espacio exterior y cuya idiosincrasia, manera de pensar o de hacer las cosas, su mentalidad y todo su ser sea tan diferente al nuestro que fuera imposible la comprensión entre ambos.

Cuando, en una relación con un psicópata creemos que nos estamos entendiendo, que existe reciprocidad, empatía o intercambio equitativo, nada más lejos, quitémonos esa idea de la cabeza, es falsa y lo único que puede hacer es que nos dañemos más si es que hemos caído en las redes de alguna persona de estas características. Creedme, el psicópata no cambia; finge, imita, actúa, interpreta... y, sobre todo, manipula y engaña. En sus manos somos objetos destinados a su satisfacción, jamás nos verán como a iguales y por lo tanto se pueden permitir hacer lo que quieran con nosotros. Y tened muy en cuenta que jamás se arrepienten; no os dejéis engañar.

V. E.

viernes, 8 de marzo de 2013

Casco en bici obligatorio


Me pregunto si está demostrado estadísticamente o de alguna otra manera que el casco salve la vida del ciclista. Yo, sinceramente, creo que lo único que demuestra esta absurda medida que al parecer nos van a imponer a l@s que como yo nos gusta pasear en bici, hacer los recados o las compras pertinentes en bici o simplemente desplazarnos por ciudad en bici porque nos parece una forma más práctica, rápida, económica y saludable de ir de un lado a otro por ciudad, es la necesidad de los ayuntamientos de encontrar la manera de sacar un dinero extra que son capaces de buscar hasta debajo de las piedras.

Sí, amig@s, ¿alguien piensa que si nos imponen la obligatoriedad del caso a los ciclistas en ciudad es por protegernos?, pero, si sobramos gente..., si cuanto menor sea el número de habitantes por ciudad, menor será el índice de paro.

¿Cómo es que los gobiernos no están haciendo nada por evitar el creciente número de suicidios que se está dando cuando hay personas que llegan a un punto en sus vidas que no encuentran una opción que les posibilite seguir haciéndolo? ¿No están los gobernantes robando el dinero de los contribuyentes, de los ciudadanos de a pie, que somos las personas más vulnerables a causa de esta maldita crisis que nos consume hasta el punto de que hay gente que no encuentra ya medios a su alcance para vivir en una sociedad que está planteada para el consumo y por el consumo?

No hay dinero para ayudas, no hay fondos para subvenciones. Para mí es más que evidente que uno de los medios más cómodos al alcance de los ayuntamientos es la práctica de la temible multa. Claro que, me digo, qué ilusos si pretenden que hoy día los ciudadanos, que apenas tenemos para cubrir las necesidades diarias (los que las tenemos), estaremos dispuestos a pagar multas, en el caso concreto que nos ocupa, los aficionados a circular en bici, por no llevar el casco puesto en nuestros desplazamientos por ciudad.

Sí, ya sé que de esto deviene otra pregunta pertinente: ¿por qué no vamos a llevar el casco puesto cuando circulemos en bici si, como parece, va a salir una ley que lo haga obligatorio? Pues porque montar en bicicleta es uno de los ejercicios más saludables y satisfactorios, de esos capaces de aumentar nuestra tasa de endorfinas y no solo por el ejercicio del pedaleo en sí, sino por la libertad y la ligereza que permite sentir a quien lo practica. Libertad de movimientos, al sentirte desprovisto de cualquier peso añadido, o de incómodas ataduras o artilugios que nos imposibiliten o hagan más incómodos los ademanes o giros de cabeza para mirar hacia los lados para controlar la circulación a nuestro alrededor, para tener un campo de visibilidad suficiente para abordar la tarea de cruzar o, en definitiva, poder practicar un ejercicio que en sí debería proporcionar toda la libertad del mundo, toda esa sensación de sentirnos libres de ataduras, de sentir el oxígeno del aire rozando nuestra piel, los poros de nuestra cabeza despejados de cualquier opresión y el masaje relajante que proporciona nuestra cabellera al viento.

Pero a alguien se le ha ocurrido que es hora de “salvar vidas a los ciclistas” y para ello nada mejor que obligarle a llevar su casco puesto, aun a riesgo de provocarle ciertas incomodidades que le convertirán el sano y placentero ejercicio de pasear en bici en una tarea incómoda que le supondrá adicionar una carga más o menos pesada, molesta, incordiante y que, en la mayoría de los casos no está demostrado que sirva de mucho en caso de accidente, más bien, pienso yo, que favorecerá provocarlo, debido, como decía antes, al impedimento de la buena visibilidad o facilidad de movimientos o giros rápidos y efectivos de cabeza en momentos de la circulación en que se necesite la libertad total y absoluta de reflejos.

Ahora, lo que no tengo muy claro es si lo que pretenden es multarnos para sacar de alguna forma ese dinerito extra que les está haciendo falta o tal vez lo que esperan conseguir es deshacerse de un buen número de "molestos ciclistas que obstruyen o ponen en peligro el tráfico en las ciudades", que, ante la incomodidad de llevar el casco puesto o el temor a ser multados, se retirarán de la circulación.

Yo, aparte de expresar mi sincera opinión y adhesionarme a las plataformas o asociaciones de ciclistas que no están de acuerdo con la puesta en marcha de esta ley y tratan de impedir que se promulgue, voy a terminar este post con una imagen fotográfica, porque, como muy sabiamente dirían los orientales: “una imagen vale más que mil palabras”. Ésta corresponde a una instantánea de una famosa película que supongo que la mayoría habréis visto, El Sexto Sentido, sí, justamente esa en la que el niño protagonista en ocasiones veía muert@s...



V. E.


viernes, 1 de marzo de 2013

Pagar a cambio de nada



Hoy quería hablaros de que ahora las cosas no son como antes. Menuda perogrullada, lo sé, pero es que es así, aunque... tampoco estoy segura del todo..., es que creo que precisamente están volviendo a ser como antes.

No recuerdo ya desde hace cuánto en España veníamos disfrutando de una política social que, al menos, nos permitía hacer todo tipo de trámites relativos a organismos oficiales o gubernamentales, a la administración pública y demás, de manera gratuita. Y es que, casi sin darnos cuenta, todas aquellas personas que habíamos nacido y vivido nuestra infancia en la época franquista, que hemos sido testigos de una transición y que hemos gustado el cambio y saboreado la democracia, nos habíamos ido acostumbrando a vivir con toda naturalidad aquello que, en principio, nos parecía como una panacea, como un cuento de ficción en un país de maravillas.

Recuerdo los tiempos en que cualquier trámite, por pequeño o grande que fuera, no solo te obligaba a hacer colas interminables, a demorar un tiempo precioso en el que te iban enviando de un lugar a otro, de una ventanilla a otra y de un día a otro sin que uno vislumbrara siquiera el final de tales periplos. A veces aún ocurre, para qué nos vamos a engañar. Pero no cabe duda de que la informatización de cualquier trámite o proceso lleva un camino adelantado inimaginable en aquellos tiempos. Algunas solicitudes incluso las podemos hacer cómodamente sentados ante nuestro ordenador y, mientras los trámites van llevando su curso, podemos dedicarnos a nuestras tareas diarias.

Otra de las cosas que aún recuerdo como pintorescas era lo que había que pagar por cualquier trámite por mínimo que fuera. Cualquier impreso, papel para formulario, instancia, sello, timbre, certificación, etc., había que pagarlo. Uno iba a pedir una información y para que te la pudieran dar debías rellenar un formulario, que no era más que un papel impreso en el que responder a unas cuestiones, el cual debías pagarlo. Una vez pagado lo retirabas de ventanilla, te sentabas a rellenarlo y debías presentarte en otra ventanilla o mostrador para entregarlo. Para que constara como entregado debían plasmar en él un sello, y para que pudieran plasmarlo en tu documento, debías pagar unas tasas. Para que quedara constancia de que tú habías abonado esas tasas, te daban (mejor dicho, vendían) otro documento impreso que debías firmar y entregar en otra ventanilla, pero claro, naturalmente tenías que pagarlo. Una vez pagado ya lo podías retirar, firmar y entregar en la siguiente ventanilla, pero, ojo, no te lo podían recoger si no pagabas otra cantidad en concepto de entregado. Muy bien, tú pagabas, entregabas ese justificante y cuando creías que ya estaba todo solucionado, el funcionario o funcionaria correspondiente te advertía de que no serviría de mucho si tú no guardabas una copia del mismo, por lo que era necesario adquirir un papelito igual, solo que éste rosa, que había que pagarlo, por supuesto, y se compraba en otro mostrador. Después de hacer una nueva cola en el mostrador donde venden las copias en rosa, debías llevarlo firmado a la ventanilla anterior y, como es natural, al entregarlo, pagar una cantidad por ello, si no, por supuesto, no te lo admitían. Bueno, no había más remedio que pagar porque no se iba uno a dejar el trámite a medias, pero, ya que estabas pagando la que creías era la última tasa de la gestión del día, el funcionario o funcionaria te advertía que era necesaria una copia de color amarillo para enviar a Madrid, ya que, en su defecto, todo el trámite que habías hecho y que te había llevado una mañana entera desde las 8 hasta bien entrada la hora de comer, no tendría validez alguna y era como si no hubieras entregado el papel blanco relleno y sellado ni te hubieras llevado la copia rosa; el amarillo era el que definitivamente te permitiría acceder a tramitar tu solicitud, sea cual fuere.
Así que no quedaba otra que aguantar un poco el hambre, volver a hacer otra cola, ésta en el mostrador de instancias dirigidas a la central, o sea, la capital, o sea, Madrid, comprar un sobre en el estanco de enfrente, volver a hacer cola para entregar el sobre y que el empleado introdujera tu papelito amarillo dentro, y pagar unas tasas que incluían los sellos de correos, el diez por ciento del sueldo del empleado de la oficina que debía echar el sobre en el buzón, el cafelito del empleado de correos al que le tocara manipular la saca donde se incluía tu sobre, las dietas del empleado del ministerio que debía hacerse cargo de la recogida y distribución de las instancias una vez en Madrid y un tanto por ciento del abrigo de pieles que el ministro de finanzas le regalaría a su señora esposa el día 14 de febrero, día de la festividad de San Valentín.
Una vez abonadas todas las tasas, completados todos los trámites, entregados todos los papelitos, firmados todos los documentos, después de haber aguantado todas las colas pertinentes, ya podías irte a tu casa con esa agradable sensación del deber cumplido y las cosas bien hechas, y qué bien te sentaba el cocido después del desgaste de energía sufrido con tanto ir y venir del mostrador a la ventanilla, de la ventanilla al estanco y del estanco al mostrador. Ya podías echarte a dormir una buena siesta después con la conciencia tranquila.

Al cabo de unos tres meses, aproximadamente, recibías una carta, con un llamativo sobre color crema, con membrete oficial del Ministerio, que te traía a la puerta de tu casa un cartero con gorra y uniforme azul marino y que te pedía que firmaras un impreso, ya que el documento venía certificado, pero no lo podías abrir hasta que no pagaras el importe de la certificación; hasta entonces el cartero no soltaba el sobre de su mano. Una vez abonado el importe y echada la firmita, el cartero se iba y tú corrías a por un cuchillo (que siempre se suele encontrar alguno antes que un abrecartas en una casa) para abrir el sobre con la expectación lógica por conocer la respuesta a tu solicitud, aquella que en su día te costó tanto sudor.

Uffff, noooo, desgraciadamente, tu solicitud había sido denegada porque tenías que haber acompañado la documentación de un papel verde que, era más caro, pero te aseguraba que tu solicitud fuera aceptada y te hubieran concedido la posibilidad de presentar otro informe más exhaustivo que casi casi te garantizaba el acceso a formar parte de unos archivos de los cuales tus datos pasarían a formar parte para, en el día de mañana, optar por acceder a la información sobre una de esas ayudas posibles que el gobierno tenía previsto poner en marcha, si alcanzaban los presupuestos del estado, y cuya concesión dependería de los hijos que hubieras tenido hasta entonces y que no hubieran cumplido los 21 años y, por supuesto, que estuvieran vivos y bautizados en la fe católica.

Ahora, con el gobierno de Rajoy, no sé si volverán a obligarnos a profesar la fe católica, aunque tampoco creo que Rajoy pretenda ser más papista que el Papa, y si el susodicho dimite ¿por qué no vamos a poder dimitir nosotros?, pero, por el momento, ya nos están haciendo pagar por entregar solicitudes, demandas de ayudas y papeleos o trámites de ese tipo. Es decir, que tal y como nos están planteando la vida a los ciudadanos de a pie, a los que creíamos pertenecer a esa mayoritaria clase media, que ahora ya se encuentra camino del tercermundismo, la mendicidad o la vagabundería, que nos estamos viendo obligados a solicitar ayudas gubernamentales para poder sobrevivir en una sociedad que se está empobreciendo a pasos agigantados, ayudas que sabemos, porque la ingenuidad en estos tiempos es mala consejera, que no nos concederán porque el dinero blanco escasea mientras que el dinero negro ha volado de nuestras fronteras, resulta que debemos pagar por ello; o sea, que hemos de hacer un desembolso a cambio de nada, pagar por un servicio que es ficticio, virtual en el más puro significado del término, es decir, que pretenden hacernos caer en el antaño famoso timo de la estampita.

Así, por entregar una solicitud de ayuda económica ante una situación de urgente necesidad a la que el ciudadano no puede hacer frente porque su precaria economía no le alcanza, deberá pagar 20€, los cuales, como la lógica debe hacernos pensar, son a fondo perdido, es decir, que se trata de un desembolso a cambio de nada, porque sabemos que si nos están pidiendo dinero por entregar un papel es porque no hay para esa ayuda que pretendemos. Vamos, como si un pordiosero en la puerta de Mercadona te extiende su mano farfullando que necesita una ayuda para comer y tú le dices que te adelante 10 € para ver si le puedes dar algunos alimentos de los que compres y, cuando sales con tu bolsa llena le espetas que lo sientes mucho pero que no has tenido bastante para comprar nada para él, que todo lo que llevas en tu bolsa es para tu casa y que tu dinero no te alcanzaba y has tenido que echar mano de sus 10€.


V. E.


Después de escribir este artículo, de denuncia pero en un tono jocoso con el que intentaba desdramatizar la situación que estamos viviendo actualmente en España, me entero de un nuevo suicidio, ocurrido en mi localidad, de una persona a la que, encontrándose en una situación de extrema necesidad familiar, los Servicios Sociales han denegado ayuda. ¡Imposible desdramatizar!