“La piel que habito”
-Las dos caras de la
psicopatía-
Con un
abordaje diferente, ya os hablé hace unos días sobre La piel que habito en mi blog
“Adictos en serie”,
tras un visionado por televisión en el canal 1. Hoy mi enfoque se
centra en el tema de la Psicopatía
en el cine, sección a la
que vengo dedicando un pequeño espacio en este otro,“Inmersos
en la vida diaria”.
Aviso:
Este texto podría contener SPOILERS para quienes no hayan visto la
película
Paradoja
y falsas apariencias
La piel que habito es
para mí la película de las mil paradojas y las falsas apariencias.
En este film Almodóvar, como tantas otras veces, juega al juego de
mostrar lo que no es bajo la apariencia de lo que es o desenmascarar
lo que se esconde bajo la apariencia de lo que no es. En el fondo
todos llevamos un hombre o una mujer dentro aunque seamos
respectivamente mujer u hombre, y todos llevamos también una bestia
aunque nuestra apariencia sea de lo más civilizada o angelical.
Todos podemos ser a la vez Bella y Bestia, Ann y King Kong, Pigmalión
y Galatea, María Vargas y el Conde Vincenzo Torlato Favrini, el Dr.
Jekill y Mr. Hyde.
El refranero popular español intenta convencernos de que “el
hábito no hace al monje” o de que “aunque la mona se vista de
seda, mona se queda” y en parte estos dos refranes tienen razón
pues uno conserva en lo más profundo de su ser la esencia de lo que
en realidad es; sin embargo, esa esencia, ese sentir particular de
cada uno, lo expresa de forma tácita en su atuendo, en su estilo, en
sus tendencias a la hora de vestir, en la forma en que se muestra
ante los demás o, más aún, ante el espejo. Como alega el lema de
un reciente spot publicitario: “tu ropa eres tú” (y Norit te la
cuida). Aprendemos el arte de vestir igual que podemos aprender el
arte de desnudarnos. Podemos sentirnos Inés de la Fressange o
podemos identificarnos con Gilda. Podemos enfundarnos en un
“terciopelo azul” o sentir la libertad al desvestirnos graciosa y
sensualmente al ritmo de “You can leave your hat on”.
Pero nadie mejor para jugar a este juego de las apariencias que un
psicópata. El psicópata es un verdadero actor en la vida real.
Adquiere el aspecto que le conviene y se imbuye en el disfraz que
desea mostrar.
Parece que el, por el momento, penúltimo film de Almodóvar está
envuelto en un clima que podría llamar psicopático. A Marilia
(Marisa Paredes), el ama de llaves del Dr. Ledgard (Antonio
Banderas), le gusta vestir el uniforme que la hace sentir cómoda, el
sobrio uniforme que la identifica consigo misma, aquél que le
recuerda su cualidad servil, porque ella, ante todo, ha nacido para
servir a los demás, en especial a Robert, y ese uniforme “la
acerca más a él”. Marilia, pobrecita ella, en realidad viste el
atuendo de la desgracia, luce el disfraz de la tragedia. Como ella
misma comenta en un momento dado de la cinta, lleva la “semilla de
la locura” en su vientre, y es que ella ha parido dos hijos que,
cada uno dentro de una tipología diferente, son auténticos
psicópatas.
Robert Ledgard, el protagonista de La piel que habito
es uno de esos psicópatas integrados que, por circunstancias de la
vida, ha llegado a un estatus social importante y tiene un trabajo,
una posición y un estilo de vida por encima de la media, con una
reputación como eminente científico y cirujano.
Zeca (Roberto Álamo), sin embargo, vivió su infancia fuera
de las fronteras españolas, lejos de su madre, y se crió en un
ambiente de los bajos fondos brasileños, entre delincuentes y
drogadictos, dedicándose al trapicheo con la droga desde muy niño.
Ambos son hijos de Marilia, de padres diferentes, y ellos ni siquiera
saben que son hermanastros.
Robert y Zeca, son auténticos criminales desalmados, pero, mientras
que Zeca es como una especie de bestia humana que no se corta un pelo
a la hora de realizar la fechoría que le venga en gana, ya sea robo,
violación u homicidio, Robert se dedica a otro tipo de fechorías
más sofisticadas, más soterradas o encubiertas.
Paradójicamente Robert no se esconde bajo ninguna máscara visible
para cometer sus crímenes, como hace Zeca, que asalta bancos
cubierto al estilo de los cacos, aunque las cámaras de vigilancia lo
descubren en un acto criminal manifiesto, por lo que mata a uno de
los vigilantes, y, al ser perseguido por la policía, se ve obligado
a esconderse bajo la piel de un disfraz de tigre salvaje. Pero ese
disfraz de tigre no hace sino resaltar las cualidades de bestia
humana de las que Zeca hace alarde. Zeca actúa, por así decirlo, a
pecho descubierto, escondiéndose después donde puede y como puede,
y refleja en sus atuendos la clase de persona que es. Robert, por el
contrario, actúa desde la ocultación, desde la simulación,
encubierto por una reputación de persona importante, de científico
que realiza experimentos en bien de la humanidad, y para ello no
necesita de ninguna otra máscara adicional, él puede mostrar su
rostro con total libertad y sus fechorías quedan encubiertas tras la
fachada de la medicina o la investigación científica. La apariencia
de Robert, en oposición a la de Zeca, es elegante y depurada y viste
de manera convencional acorde a su trabajo y a su estatus social.
Sin embargo, hay un momento de la película en que Robert, para poder
llevar a cabo sus planes, necesita actuar por la fuerza, utilizar la
violencia, como si el acto de secuestro que lleva a cabo no fuera
perpetrado por él sino por algún esbirro, para lo cual se fabrica
una especie de máscara que le desfigura sus facciones y lo hace, en
cierto modo, irreconocible, actuando con nocturnidad.
El
amor del psicópata
Como ya he dejado entrever en otras ocasiones, el psicópata no ama
de una manera convencional, en el sentido de albergar sentimientos
hacia otra persona que implicarían alguna forma de empatía. En todo
amor erótico hay implícito un factor de posesión, en mayor o menor
grado según la persona que es sujeto del mismo; conlleva también
una atracción sexual, pero no tiene por qué implicar unos
sentimientos de deseo del bien para la otra persona, no tiene por qué
mover a la entrega hacia el otro ni a la empatía.
En el amor de pareja se supone que lo ideal es la entrega mutua, un
intercambio de sentimientos amorosos, de darse a sí mismo y de
deseo, de necesidad del otro y generalmente, a pesar de ciertos
desacuerdos provocados por los respectivos egos, es de esa manera
como la gente normal se plantea una relación de pareja o un
matrimonio. “Yo te quiero para mí, te deseo físicamente, deseo
compartir mi vida o mi tiempo contigo y deseo para ti todo el bien
posible, quiero tu felicidad”, podría ser éste el resumen de la
idea genérica que las personas tenemos sobre el amor.
Pero, por lo que llevo observado de los psicópatas, ellos o ellas sí
que son capaces de enamorarse y hasta de dedicar una faceta de
exclusividad al ser amado. Sin embargo habría que tener en cuenta
que ese amor, esa exclusividad estaría enfocada en la posesión, la
persona amada sería como el bien más preciado del psicópata, ya
sea cónyuge, hijos, familia, en definitiva. Pero, para el psicópata,
esos seres queridos que son de su posesión no alcanzan el estatus de
igualdad sino que para él son meros objetos, por valiosísimos que
estos sean.
Para el psicópata, su mujer, su novia, su amada, es su posesión. La
quiere bella, la quiere perfecta, pero sobre todo la quiere para su
pertenencia, para su orgullo y para su satisfacción. Si el psicópata
sufre por un mal causado en la persona amada no es tanto por la idea
de que su amada sufra sino porque ello supone una gran ofensa para
él. Si alguien hiere al objeto de su amor, es un agravio hacia él
porque le han deteriorado una pertenencia, quizás la más
importante; si alguien mata a la persona amada, no puede haber mayor
ofensa para el psicópata porque le han arrebatado su bien más
preciado.
El
deseo de venganza, la superioridad y la omnipotencia
En cierto modo, todos, psicópatas o no, compartimos esa forma de
sentimiento. Si nos matan a un ser querido, sentimos un gran dolor
porque nos arrebatan algo muy preciado para nosotros y eso
desencadena un sentimiento de odio hacia la persona o personas que
nos hayan arrebatado la vida del ser querido y, en consecuencia, nace
en nosotros una necesidad de venganza, que no necesariamente ponemos
en práctica a nuestro antojo, pues podemos canalizarla de muy
diversas formas y, generalmente, apelamos a la justicia como la forma
más civilizada de resarcir el dolor causado.
El psicópata ni más ni menos sufre la pérdida, la agresión o el
deterioro de la persona amada, de quien se considera dueño y señor.
Por eso él es el más agraviado u ofendido cuando alguien agrede o
mata al objeto de su amor. Por eso, también, hay psicópatas que no
tienen el menor inconveniente en cargarse a su pareja, a su cónyuge
o incluso a sus hijos; como son sus pertenencias, se puede deshacer
de ellas en el momento que quiera. Si estos seres no son como el
psicópata quiere o le gusta que sean, tiene todo el derecho de
quitárselos de en medio porque no le sirven para su satisfacción.
Pero si es otro quien decide por voluntad propia agredir, violar o
matar a la persona amada de un psicópata, entonces toda la fuerza de
la venganza caerá sobre él o ella porque se ha atrevido a agredir
de esa forma a un todopoderoso ser que está por encima de todos los
demás, que tiene más derechos que nadie y que se merece mucho más
que cualquier otro ser y, por tanto, se puede permitir y se permite
tomarse la justicia por su mano y devolver el daño hecho incluso
multiplicado puesto que la categoría del agredido (el psicópata)
está por encima de cualquier otra categoría.
El psicópata ha nacido para ser dueño y señor de todo y de todos
los que le rodean, ha nacido para hacer única y exclusivamente su
voluntad. Tanto Robert como Zeca se sienten dueños de todo lo que
quieren o desean y se creen con el total derecho de hacer lo que les
plazca con las demás personas y de considerarlas a todas como en una
escala inferior, en una escala de servidumbre. Los demás existen en
función del psicópata. Esto es algo que Robert y Zeca han aprendido
desde bien pequeños con Marilia, si bien sus tácticas de persuasión
son muy diferentes. Zeca, a lo bruto, como es él, como el “tigriño”
de su madre cuando era pequeño, hasta mostrándole su culo. Robert,
como corresponde a su reputación, de manera más sofisticada,
educada y provista de correcta hipocresía. Pero ambos, mostrando esa
faceta infantil de entre dominio, dependencia y desprotección hacia
Marilia, que la hacen ser necesitada y que los conecta con su
cualidad de madre.
La
culpabilidad de los otros
Tened en cuenta también, como creo ya haber escrito en algún otro
de mis posts, que el psicópata nunca se considera culpable o
responsable de nada; como él está por encima de todo y de todos y a
él se debe todo respeto, cortesía o sumisión porque es un ser
superior, él se arroga a sí mismo el derecho de la omnipotencia,
mientras que siempre será el otro quien se convierta en reo de
culpabilidad.
Cuando Robert, en un momento del sepelio de su hija, le da sus quejas
al psiquiatra que se ha encargado del caso de Normita interpelándole
sobre por qué la dejó salir para ir a la fiesta, éste, con toda
razón, le responde que cómo iba a imaginar él que yendo acompañada
por su padre pudieran violarla.
Robert
Ledgard
Expuestas estas premisas paso a analizar el rol de Robert Ledgard,
el psicópata protagonista de La piel que habito,
encarnado por un Antonio Banderas que, para mi gusto, supo abordar
con extrema sensibilidad su interpretación, sin llegar a hacer huso
de recursos estereotipados ni exagerados, como podrían ser al estilo
de Hannibal Lecter, por poner un ejemplo. El psicópata integrado
ejerce su psicopatía como la cosa más normal del mundo, simplemente
obedece a su naturaleza, y el doctor Ledgard es un eminente
científico que lleva a cabo experimentos sofisticados y progresistas
en función de un buscado bien para el ser humano, por mucho que para
ello se salte todo tipo de reglas deontológicas y convierta a
personas en cobayas humanas. Pero Albert Ledgard no es un vulgar
delincuente perseguido por la justicia, como lo es Zeca, su
contraparte en esta película o la otra cara de la psicopatía, no,
él es un científico reconocido y respetado, por mucho que sus
experimentos sean abortados oficialmente por un comité que no los
considera éticos.
Ledgard posee una bella mujer, Gal y una hija, Norma
(Blanca Suárez) y, por mor de aquellos enredos almodovarianos,
muy bien contados en La piel que habito y sobre
cuyos pormenores no me voy a detener, las pierde a ambas. Las dos
mueren por medio del suicidio, si bien sus muertes se habían
empezado a gestar en sendos momentos anteriores de sus
correspondientes historias a consecuencia de las actuaciones, en cada
caso, de dos hombres sobre los que Ledgard deja caer el peso de su
venganza por considerarlos culpables, por mucho que él mismo también
hubiera formado parte de la trama y, en cierto modo, tuviera su grado
de responsabilidad para con ellas. Estos dos hombres son Zeca, a
quien mata después de violar salvajemente a Vera (Elena
Anaya), aunque en realidad lo culpa, con más saña si cabe, de un
hecho anterior que tuvo horribles consecuencias, y Vicente (Jan
Cornet), en cuya persona realiza una maquiavélica transformación.
La
venganza y el acto psicopático
Como
ya analicé en alguna de mis entradas anteriores sobre el tema, una
de las obsesiones más comunes de los psicópatas es la venganza,
resarcirse del agravio recibido en su persona directamente o en
relación a sus pertenencias, y otra, la puesta en marcha de sus
actos psicopáticos en un despliegue de medios sofisticados
correspondientes a un plan
trazado cuyo cumplimiento
supone para el psicópata una gran satisfacción porque implica jugar
a un juego en el que mueve las fichas a su gusto y en el que obliga a
otros a jugar al ritmo que él les marca.
En
cierto modo el psicópata es un justiciero, erigido por él mismo. Él
tiene el poder suficiente para considerarse juez,
jurado y verdugo, y
decidir quién puede vivir y cómo, de qué manera, o quién debe
morir, y para ello no tiene ningún inconveniente en ser el ejecutor
del castigo.
Recordemos
en El cabo del miedo
cómo Max Cady
ponía en marcha su plan de venganza urdido en sus años de prisión
con el que dar su merecido al abogado Sam Bowden,
utilizando para ello a las personas a las que éste más quiere, su
mujer y su hija adolescente. O recordemos también la venganza
tramada por Ted Crawford en
Fracture, o
tantas venganzas cuya puesta en marcha hemos podido saborear los
aficionados a la serie Mentes Criminales,
en las que hemos visto asesinos en serie repetir una y otra vez sus
mismos rituales macabros en los que infligían dolor a víctimas
inocentes, personas que nada tenían que ver con ellos pero en las
que se ensañaban por el simple hecho de identificarlas de alguna
manera o en alguna medida con su agresor, generalmente en su
infancia.
Estos crímenes repetitivos que para ser llevados a cabo implican una
parafernalia complicada y llamativa mediante la cual el psicópata se
erige en actor, mago, sacerdote o demiurgo y toma en sus manos la
vida y el devenir de su víctima, es, en cierto modo, una especie de
reclamo, de búsqueda de un público que lo admire y le aplauda. De
manera que, considero que en un acto criminal psicopático
normalmente coinciden esos dos componentes: el de dar rienda suelta a
su necesidad o su derecho de venganza y el de la puesta en escena de
su singular actividad, como si de un artista se tratase, para la que
necesita un público, unos espectadores; como permitiéndose llevar a
cabo o hacer reales sus más íntimas o disparatadas fantasías, en
las que el otro ser humano no es más que un títere en sus manos.
Esa venganza puede ser tanto directa como indirecta, según se
realice en la persona que el psicópata considera su agresor o en
otra que haga las veces, que sustituya, por ejemplo, a una madre que
no lo quiso cuando niño, a un padre maltratador, a una maestra que
le hizo la vida imposible, a un compañero que se burló, etc., cuyo
acto criminal vengativo resultaría como en un acto de catarsis.
Cuando
ese derecho a la venganza se gesta durante la primera infancia al
haber desprovisto al niño pre-psicópata de un ser tan querido como
pueda ser una madre y realizado ante sus ojos actos del todo
sanguinarios, mediante los cuales le haya sido arrebatada su más
valiosa posesión -no olvidemos que el niño, en una de las primeras
etapas de su infancia, es, ante todo, un ser eminentemente posesivo-
puede dar lugar a psicópatas del tipo de Dexter,
el protagonista de la famosa serie televisiva, que es selectivo a la
hora de poner en marcha su venganza, permitiéndose matar solamente a
asesinos inconvictos o criminales cuyos actos depravados los ejecuten
contra niños o niñas. Dexter, mediante la puesta en escena de su
particular ejecución de justicia, de alguna manera venga la muerte o
la injuria de víctimas inocentes cuyas fotografías muestra al reo
antes de morir.
Igualmente Robert Ledgard, uno de los hermanos psicópatas de
Almodóvar, ejerce en su genial obra de complejo cambio de identidad
un acto psicopático de venganza, con los ingredientes necesarios
para convertirlo en una gran obra artística, aunque el método sea
ejecutado más que por técnicas pictóricas o escultóricas, por
experimentos científicos, y más que por medio del pincel o el
cincel, por medio del bisturí, y en lugar de hacer desaparecer al
culpable mediante su ejecución mortal, lo hace desaparecer
convirtiéndolo en otra persona, anulando su identidad, eliminando a
Vicente, escenificando así un singular acto de magia con el que
demuestra un poder que lo coloca por encima de las demás personas.
Como Dexter, Ledgard hace saber a su víctima el porqué de su
ejecución. Durante el acto preliminar o preparatorio, así como
Dexter muestra a sus víctimas las fotografías de las que a su vez
lo fueron a manos de ellos, Ledgard le refiere a Vicente que todo lo
que está haciendo con él se debe a la violación, perpetrada por
él, en la persona de su hija, una frágil adolescente que sufre de
problemas psíquicos a consecuencia de haber contemplado la tragedia
de los estragos causados en la piel de su madre en un incendio debido
al efecto de las llamas y su posterior suicidio, la cual, pocos días
después de la supuesta violación, se suicida también, como su
progenitora, tirándose por la ventana de su habitación.
Para que una venganza adquiera la fuerza de un acto legítimo y pueda
servir a su fin es necesario que la víctima de tal venganza conozca
la causa de su condena y ejecución.
De todas formas, Ledgard, como todo psicópata, creo que lo que busca
en su acto de venganza no es puramente la venganza en sí. Ante todo
su principal motivación es la de sentirse omnipotente, la de
realizar un acto que nadie más es capaz de realizar, la de
permitirse poner sus conocimientos al servicio de una gran creación,
de un soberbio espectáculo, la de saber que en sus manos se halla la
facultad para decidir entre la vida y la muerte, para, como en el
caso de Robert, resucitar a un ser humano que ya estaba muerto, como
si de un Dr. Frankenstein se tratase, o poder clonar a su
libre albedrío a la persona que se le antoje.
Robert ante todo añora a Gal como su más preciada y bella posesión
y, actos vengativos aparte, siente una ineludible necesidad de volver
a dar vida a la que tiempo atrás fuera su amante compañera, a la
que no se ha resignado a perder. Consciente de que él puede hacer lo
que se le antoje, toma prestada la vida de un ser humano que, según
su criterio, no merece vivir, y lo convierte en la persona que a él
le viene en gana, porque Vera está creada a imagen y semejanza de
Gal y ella le ha de servir para crear a su vez ese tipo de piel
humana resistente a todo y en especial al fuego con la que podrá
proteger y conservar para siempre a esa imagen de mujer que es la
ideal para él y que mantiene encerrada en su mansión (recordad Unacasa en las afueras) con la misma cautela y celo que si de
una valiosísima joya se tratase dentro de la caja fuerte.
Pero Robert Ledgard no es un psicópata convencional, Robert Ledgard
es ante todo un personaje de Pedro Almodóvar y desde esa óptica
habría que analizar el personaje que encarna Antonio Banderas y que
quedó poseído por el espíritu de Gal. Pero esa ya sería otra
cuestión que no tiene cabida aquí y para la que quizás un día de
estos encuentre su lugar y momento entre mis páginas.
V.
E.





